El Nuevo Orden Mundial de Trump, España y los demás
Los ecos llegaron casi antes que el discurso. El secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, habló en la Conferencia de Seguridad de Múnich y, tras los exabruptos del vicepresidente Vance el año pasado, Rubio pasó por ser un emisario cortés y conciliador. Las élites políticas, mediáticas y empresariales contaban maravillas. El esperado, el futuro presidente, el que sí ha entendido el mundo en que vivimos… Luego llegó la realidad. Bastaba con oír el discurso. El viejo orden mundial ya no existe, cuanto se acordó tras el fin de la guerra mundial ha resultado un error que les ha restado autonomía a todos, cuentan con Europa para una restauración aunque bajo la égida estadounidense y “con la agenda de la Administración Trump”. Es Trump el que tiene la clave. “Estados Unidos recogerá una vez más el testigo de la renovación y restauración, impulsado por una visión de un futuro tan orgulloso y soberano y vital como el pasado de nuestra nación” dijo. ¿Cómo podían aplaudir eso los presentes puestos en pie incluso?
Ningún problema en hacerlo solos, pero tienen la deferencia de ofrecer a Europa que coopere en la tarea. Según Rubio, “somos parte de una civilización, la occidental. Estamos unidos por los vínculos más hondos que cualquier nación podría compartir, fraguados a lo largo de siglos de historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje compartidos y, también, por los sacrificios que nuestros antepasados hicieron para la civilización común que se nos legó”. Y seguían aplaudiendo... en distintos idiomas y distintas creencias y variados linajes.
Se trata de luchar “por un modo de vida”. Supremacismo blanco puro y duro como parte fundamental. “El programa es ”increíblemente racista“, señala Amnistía Internacional. Y reprocha los ”discursos mediocres“ de los líderes internacionales en el foro mientras el mundo ”se hunde en el abismo“. Y, como lo de luchar tiene su costo en armas, apuestan naturalmente por el rearme nuclear.
La más digna en la respuesta, quién no los hubiera dicho, fue Kaja Kallas, alta representante de la UE para la Política Exterior: “La civilización de esta Europa progresista y decadente no está en riesgo de desaparecer”, dijo, criticando el discurso de Marco Rubio en otros puntos. También la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, que ha calificado de patada en el culo “lo que todos recibimos como resultado del cambio de actitud del presidente Trump hacia Europa”. Entre los jefes de gobierno, destacó en esa línea, el nuestro: Pedro Sánchez. Dijo no al rearme nuclear, instó a la firma de un nuevo tratado START -el vigente concluye ahora- y alertó de la incertidumbre que crea la IA en el escenario global. Cosa que el trumpismo también está muy interesado en mantener sin controles con sus plataformas tecnológicas. Siguiendo la costumbre, miembros de toda esa oposición que sufre este país, saltaron como hienas contra Sánchez, por no estar a la altura de la historia y de acuerdo con los socios con los que tenemos que estar de acuerdo. Algunos se llevaron las manos a la cabeza ante el desaire a ese nuevo líder surgido en el trumpismo, un radical antiinmigración como todo ese gobierno, aunque es hijo de cubanos. “Solo un autócrata como Sánchez Castejón puede comprometer el papel futuro de España y nuestra seguridad nacional aislándonos” soltó un portacoz como resumen de las críticas del PP.
El New York Times, periódico que procura mantener su dignidad informativa en esos oscuros tiempos, dijo de entrada que “La Europa de hoy es distinta a la que describe el equipo de Trump”. Después emitió un editorial de su Consejo Editorial con un titular nada ambiguo: Trump pone en riesgo provocar un incendio nuclear. El periódico ha dedicado dos años a documentar la aterradora realidad de estas armas, explican, y lo ha reunido en un excepcional documento bajo el epígrafe “Al borde del abismo”. Cuenta las catastróficas consecuencias de una sola detonación y la fragilidad de los sistemas diseñados para prevenir lo impensable. “Un paraguas nuclear más amplio aumenta las probabilidades de que un malentendido o un error provoquen devastación”, concluye, con razón su editorial.
El último barómetro del CIS español destaca que casi el 80% de los españoles ve a Trump como un peligro para la paz mundial. Y, sin embargo, parece que muchos ciudadanos, quizás aturdidos por el “ruido”, no relacionan hechos con consecuencias.
Es un ruido general, bronco, repetitivo, de potentes decibelios, que machaca todos los días de la mañana a la noche, insoportable. Ante una situación tan grave como la que vivimos por los delirios trumpistas y el acatamiento europeo -con excepciones, menos mal- los brazos lapa de la derecha española intensifican sus ataques contra el Gobierno.
Mientras, el faro del mundo libre, condecorado como tal por Ayuso, no solo se arroga el derecho de decidir el destino de otros pueblos, sino que impone el ordeno y mando a sus deseos. Es un ser dañino per se y le siguen aplaudiendo desde lejos. Un grupo de expertos de la ONU alerta de que los archivos de Epstein revelan “posibles crímenes de lesa humanidad, en un contexto de creencias supremacistas, racismo, corrupción, misoginia extrema y mercantilización y deshumanización de mujeres y niñas de distintas partes del mundo”. Se habla de tortura y de prácticas… impronunciables, sin que se rompa el alma. Epstein, uña y carne con Trump durante años. Epstein y piezas de la élite mundial. Marjorie Taylor Greene, excongresista republicana cuenta que Trump bloquea la difusión de los archivos y la maltrecha fiscal general, Pam Bondi, afirma: “Si procesamos a todas las personas que aparecen en los archivos, todo el sistema colapsaría”. ¿Y si no lo hacen, no colapsará?
¿No es más que demasiado? ¿No será hora de ajustar el rumbo? Porque ¿no diríamos que este, con sus apoyos europeos y hasta españoles, lleva claramente al abismo?
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