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El Gobierno perseguirá la desinformación en redes

Elon Musk,  dueño de X y Grok, Tesla y SpaceX
3 de febrero de 2026 21:53 h

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El tema promete ser altamente controvertido, es muy complejo y lleno de aristas. Sánchez ha anunciado un paquete de medidas para combatir los contenidos ilegales online y la desinformación que incluye la persecución penal a los CEO de las plataformas digitales que los permitan. De especial interés, implantar “un sistema, una huella de odio y polarización que seguirá, cuantificará y revelará cómo las plataformas digitales alimentan la división y amplifican el odio”. Se prohibirá -y es lo que más se está destacando- el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Australia ya lo hizo y Francia prepara medidas similares rebajando a 15 años el listón para acceder a esas plataformas on line. Han ido más allá incluso: las autoridades francesas han registrado este martes la sede social de X en París y han citado a declarar a su dueño, Elon Musk, el próximo 20 de abril en la capital francesa. La Fiscalía impulsa la investigación considerando que probablemente los algoritmos sesgados han distorsionado el funcionamiento de un sistema automatizado de procesamiento de datos.

Ya empiezan a surgir críticas en todos los grados al proyecto español. La principal, que es un recorte de libertades y un ataque a la libertad de expresión. Y en buena parte -si se mira sin matices- lo es. Pero estamos inmersos en una guerra en la que las principales redes sociales se han convertido en instrumentos de la desestabilización a través de los bulos y de la promoción de la ultraderecha y del fascismo. Sin paliativos. Elon Musk, en concreto, se fotografió haciendo el saludo nazi. Y ya se avisa, desde ahora mismo, que vuelve a la política para influir en las elecciones de medio mandato de Estados Unidos en noviembre.

Internet, aquel invento del siglo XX que lo cambió todo, comenzó a ser accesible para la gran mayoría a finales de los años 90. Tan inmenso hallazgo permitía poner en contacto a individuos separados por miles de kilómetros y al instante, compartir ideas, información. Abría todo el universo del conocimiento, de la cultura, del entretenimiento… y de la bazofia también. “La información se reproduce en las grietas de la posibilidad” escribió uno de los grandes pioneros, John Perry Barlow, en Wired. Lo peor es que por esas grietas se coló también la desinformación, la basura... y la codicia.

El modelo tradicional de comunicación entró en crisis. En apenas una década Estados Unidos daba unas cifras alucinantes de difusión para Internet: de cero a 75 millones de usuarios digitales. La prensa escrita había perdido la venta de 13 millones de ejemplares. Internet era un bocado demasiado jugoso para que la ambición lo perdiera. Hoy es un monstruo que influye en múltiples aspectos de la vida y que, muy voraz, todavía quiere más.

El periodista Pedro de Alzaga explicaba en Derribar los muros (Roca Editorial 2019), en un magnífico capítulo, cómo se había producido todo el proceso en el periodismo. En la fase final “el medio no solo busca elaborar y distribuir información, sino que sale al encuentro de la audiencia, allí donde esté” (…) incluso “adaptando la información a esos colectivos”.  

Así empezó. Entregamos nuestra privacidad a la red. Saben qué nos gusta, qué compramos, qué leemos, qué música escuchamos y hasta nuestros estados emocionales. Y ese material ha adquirido un valor incalculable. Las grandes redes como Facebook, Tik Tok, X (antes Twitter), y WhatsApp o Instagram (de Facebook), son una mina de información y, al mismo tiempo, minería del producto.

Facebook fue investigada en Estados Unidos y en el Reino Unido por manipular información de cincuenta millones de usuarios de la red social.  Ellos lo llamaron “fuga de datos” y se saldó, en 2019, con una multa de cinco mil millones de dólares por violar la privacidad de los usuarios. Era más que eso, el caso de Cambridge Analytica (la consultora política vinculada precisamente a esa fuga) aportó suficientes pruebas de la dimensión del problema: el análisis de datos facilitados alegremente por los usuarios se usó para influir en procesos electorales. En definitiva, el rastro tecnológico que dejamos sirve como base para elaborar perfiles a los que ofrecer contenidos personalizados que convenzan e inclinen hacia un candidato político. Y lo mismo ocurre en la venta de productos comerciales. En la venta de ideología, también. Y los fascismos disponen de grandes medios económicos (que terminan rentabilizando) y de nulos escrúpulos. El primero en censurar el proyecto del gobierno español ha sido Santiago Abascal, dado el filón de adeptos adquiridos en Internet entre jóvenes poco formados.

Hasta ahora todos los intentos de censurar Internet -si se quiere usar ese verbo- han sido contraproducentes para el país que lo ha intentado, se saldan con protestas. Además, en el universo abierto existen medios para burlar las prohibiciones y se están usando. Sobre todo, a través de VPN, una red privada virtual que cifra su conexión a internet y oculta su dirección IP al redirigir su tráfico a través de un servidor remoto seguro. Francia también se propone legislar contra ella.

Sin la menor duda, ni la más leve, lo ideal sería que jóvenes y mayores se responsabilizaran de ellos mismos y navegaran por las redes con criterio, pero eso ahora es una utopía. Esto es una guerra. Desatada hace tiempo por quienes con muchos más medios para ganarla ya han sembrado y consolidado la desinformación. Solo con mirar a Donald Trump, a Elon Musk y el resto de los colegas de esas plataformas y redes se entiende.

En España también se entienden muchas cosas al ver la proliferación de bulos que se tragan sin ser cuestionados, el aumento de los insultos, de la violencia que sus propagadores buscan con ellos. La desinformación que siembran políticos indeseables y lanzan los medios a su servicio con el mismo o mayor grado de malignidad impregna las redes. Es una cadena que se retroalimenta. Un campo de batalla que sube en intensidad y se expande a la vida cotidiana. Y crece y crece sin tino y nadie le pone freno. Un engendro bestial y no deja de alimentarse.

Y que a nadie le quepa duda: es un camino al caos que dominarán los más sucios.  Algo hay que hacer. Probablemente en varios frentes. Cortar los bulos, insultos y amenazas, como sea. Sin miramientos. Con la explicación suficiente para que las personas responsables sepan la gran parte que les toca en la solución del problema, cuántos grifos de intoxicación han de cerrar. U otras formas de combatirlos. 

PD.

  Con lágrimas incontenibles leo el canto de amor al periodismo, tal como siempre lo ha ejercido él, que ha dejado nuestro compañero Carlos Hernández en una carta póstuma. Ha muerto hoy a los 56 años.  Incluso nos advierte a todos “de lo que se os viene encima si no lo remedáis”. Y deja como lema adquirido a adoptar esto:

  “Una persona joven, muy querida, que era consciente de que su final podía llegar en cualquier momento, me dijo: ”La vida es un privilegio“. Entonces no supe valorar sus palabras. Querido lector, lectora: exprime la vida, sé feliz, valora lo que de verdad importa, huye de lo tóxico y practica la empatía… mucha empatía”.

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