Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Mi compañero de trabajo es falangista (y lo sé desde el principio)

Una bandera preconstitucional de un grupo de ultraderecha, en una imagen de archivo.
6 de febrero de 2026 22:05 h

16

Acabo de empezar a trabajar en un sitio nuevo y he añadido a mi ya extensa lista de epígrafes del Impuesto de Actividades Económicas el código de los servicios técnicos de ingeniería (...) y otras actividades relacionadas con el asesoramiento técnico, porque uno es pobre, pero tiene que saber hacer de todo. Como no tengo coche y, por qué no decirlo, tampoco experiencia previa, me han asignado a un compañero que es el epítome del trabajador con pantalones multibolsillos y forro polar corporativo. Me recoge en la furgoneta por las mañanas y juntos recorremos, a una velocidad que yo pensaba imposible para una cafetera semejante, campos y pueblos y ciudades y los más lejanos puntos de la geografía española. Estoy exagerando, en realidad, solo hemos ido a Cartagena un par de veces y a San Javier a hacer unos levantamientos topográficos y un par de replanteos. El curro es sencillo de entender y voy por ahí con un jalón portaprismas como si fuese Gandalf parando el tráfico y recibiendo de buena gana los rayos láser de una estación total -un cacharro carísimo que sirve para medir cosas- y luego hacemos planos de colores que sirven para que otros técnicos, espero que con más conocimientos que yo, hagan intervenciones sobre el terreno. Así que esta semana he descubierto dos cosas: la primera es que los cascos de obra me quedan de locos, y la segunda es que, escuchando la Cope a diario, me extraña que este compañero mío no haya puesto ya una bomba por alguna parte.

La situación es dantesca porque entre Carlos Herrera y los ciento setenta kilómetros por hora y los comentarios de mi compañero “putos comunistas” y conducir con las rodillas mientras manda mensajes por el móvil y decir todo el tiempo “me cago en tus muertos” a los conductores a los que va adelantando, yo agacho la cabeza y le lío cigarrillos y miro por la ventana ese paisaje descuajeringado por la velocidad centrándome en liarlos con las manos temblorosas sobre el paquete y sobre mis piernas, que tiemblan también pero más por el reprís de la furgo que por los nervios, y me pregunto qué hago yo con un chaleco reflectante al lado de un tipo con un grupo de WhatsApp de Vox que me dice que Abascal es un “maricón” y que él esta vez va a votar a la Falange. Pues no os lo vais a creer pero el tipo me cae bien. Quiero decir, me cae bien porque no me queda otra que que me caiga bien, imagínate que además de todo esto me cayese mal, sería insoportable. Ya sé, porque uno es pragmático, pero nunca estúpido, que no hay que confraternizar con gente que me arrancaría la yugular de un bocado de saber que escribo en este periódico en específico, pero no me queda otra. Además, y quitando lo obvio, es majo de verdad. Todo lo demás es culpa de Abascal.

La otra tarde, mientras estábamos a punto de romper la barrera del sonido en un polígono industrial cerca de la AP-7, me preguntó que yo qué. La pregunta era obtusa, pero vino a interesarse por mi ideología política. Le contesté que yo podría haber sido una leyenda y, que si nos hubiéramos juntado varios, habría sido una epopeya. No lo entendió. Le dije que llevo sin votar desde las europeas de 2014 y es que preferí mentir a discutir con él. Me dijo, “hay que votar, nene, aunque sea a estos rojos de mierda, que si no, pasa lo que pasa. Que antes no se podía votar. Yo ahora voy a votar a la Falange”. El tipo es un oxímoron constante y yo le contesté que hacía muy bien en votar a la Falange -consciente en secreto de que Falange conseguirá un diputado el día en que yo consiga, por lo menos, cinco-. Le insistí en que a mí la política me daba igual, pero sí pude hacerle una apreciación de que me preocupa el clima de odio en el que estamos sumergidos. “Sí, tío”, me contestó. “A mí también me preocupa, pero la culpa es del gobierno de mierda que hay ahora, que lo está dejando todo hecho polvo”. Le dije, y esto es verdad, que este gobierno no es, precisamente, santo de mi devoción, pero que yo creo que el problema del odio lo está generando Vox. “Creo que se están pasando de frenada”, le dije. Y le expuse algunos ejemplos de cómo los de Abascal están montando unas patateras de niño pequeño por cuestiones tontísimas. No sé cómo lo hice, pero me acabó dando la razón.

“Ya te digo que a mí no me está gustando nada Vox, y yo estoy a la derecha de la extrema derecha, ¿eh?, pero no me están gustando”, y hablamos, largo y tendido y a la velocidad del sonido, de que se nos está olvidando lo que fue la guerra civil. Hasta conseguí que me dijera que los suyos fueron peores que los míos, aunque no le dije quiénes eran los míos; lo único que estaba claro era quiénes eran los suyos. Hablamos también de lo terrorífico que sería tener aquí lo que sucede en Estados Unidos; su opinión es que aquí no ocurrirá. Le dije que allí pensaban lo mismo y también me dio la razón. Entretanto miraba el móvil y vi cómo se estaba tratando de crucificar a David Uclés por no asistir a esa patochada de las jornadas cainitas de Pérez-Reverte y pensé que meterse por Uclés por algo que no sea su prosa soporífera y su cuestionable visión de lo que es el realismo mágico es estar en el lado incorrecto de la historia.

Llegué a casa pensando en que el problema nunca ha sido mi compañero, que el pobre hombre bastante tiene con llegar vivo a la siguiente rotonda, sino en la idea de que la radicalización es siempre ruidosa y perfectamente identificable. No lo es. A veces va en furgoneta blanca, escucha al mangurrián de Carlos Herrera, insulta a media A-30, desayuna dos tanques de cerveza y un bocadillo de lomo y, sin embargo, es capaz de mantener una conversación más o menos razonable si nadie le grita consignas al oído. El problema no es ese votante que duda, que se contradice, que incluso concede. El problema es quien ha decidido tensar la cuerda hasta que tipos así -que ya están a la derecha del mapa- empiecen a sentir que Vox se les queda corto, que no odia lo suficiente, que no aprieta lo bastante el acelerador.

Etiquetas
stats