Empatía

EFE/Jorge Torres/Archivo.

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Yo no sé si la empatía cotiza en bolsa, como les ha dicho –o advertido- el lunes de esta semana la ministra Teresa Ribera a las compañías eléctricas ante el aumento escandaloso del precio de la luz. Lo único que sé a ciencia cierta es que, en los cinco días transcurridos desde que la titular de Transición Ecológica pronunció la antológica frase, el precio de la luz se ha mantenido en máximos históricos y el valor de las acciones de Endesa e Iberdrola ha subido. La acción de Naturgy ha descendido, pero muy ligeramente, menos que las de, digamos, Banco Santander, Telefónica o Mapfre.

No me queda claro qué tipo de empatía espera la ministra de las eléctricas, porque existen al menos tres clases: la afectiva, que es la capacidad para experimentar el estado emocional del otro; la cognitiva, que consiste en conocer el estado mental del prójimo y comprender las motivaciones de su pensamiento, y la somática, que lleva a reproducir en el propio cuerpo las manifestaciones físicas de los demás: por ejemplo, sonreír cuando alguien nos sonríe. Como no consta que las empresas tengan alma, cabe presumir que la petición va dirigida a sus administradores y accionistas. Y, para ser francos, no me imagino al presidente de una compañía del Ibex o al CEO de un fondo de inversión poniéndose en los zapatos emocionales del usuario y, mucho menos, somatizando la expresión de este (ceño fruncido, mandíbula apretada, manos empuñadas) al recibir la factura de la luz.

Los ciudadanos no necesitan actos de generosidad de las eléctricas. Lo que necesitan es una buena calidad del servicio, una esmerada atención y unos precios razonables. Si no están satisfechos, ya se cambiarán de empresa, que para eso está el mercado: para que los consumidores puedan decidir libremente su proveedor, porque el cliente, ya se sabe, es el rey. Y que se aprieten las tornas las compañías, porque si no satisfacen a sus clientes, estos las mandan a freír espárragos y sus acciones se hunden. Eso es, al menos, lo que dice la teoría. En el caso práctico que nos ocupa, los usuarios no tienen opciones realmente atractivas para elegir, porque las empresas que prestan el servicio no pasan de un puñado, tienen intereses cruzados en las distintas fases de producción y se rigen por un sistema de fijación de precios que las convierte en un oligopolio de manual.

En estas circunstancias, pedir empatía, como hace la ministra Ribera, suena a por favor, tened un gesto de caridad, por el amor de Dios. La verdad es que no me atrevo a negar de manera categórica que se pueda producir el milagro: que los gerifaltes de las eléctricas, con los rostros desencajados por la somatización de las expresiones de desesperación de los usuarios, se arrepientan de sus pecados y pacten una rebaja sustancial de los precios. Si Trump llegó a la presidencia de EEUU, todo es posible en este mundo. Sin embargo, lo que dicta el sentido común, e incluso las normas del propio capitalismo, es que el Estado debe impedir que se constituyan monopolios u oligopolios, porque estos perjudican el desarrollo del libre mercado. Reclamar empatía nunca está de más, pero lo adecuado sería que el Gobierno interviniera de una vez por todas para regular de mejor manera un mercado tan esencial como el eléctrico y, con más urgencia, para contener el desmadrado precio de la luz.

Adam Smith, considerado el padre del capitalismo, hablaba ya en el siglo XVIII de empatía, aunque sin utilizar esa palabra. Su obra La teoría de los sentimientos morales comienza con la siguiente frase: "Por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros de tal modo que la felicidad de estos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla". Y unas líneas adelante señala: "Como no tenemos la experiencia inmediata de lo que otros hombres sienten, solamente nos es posible hacernos cargo del modo en que están afectados concibiendo lo que nosotros sentiríamos en una situación semejante". Basado en este libro de Smith, un colaborador de The Wall Street Journal dedicó un ditirambo, en un artículo titulado Tiempo para el capitalismo empático, a Henry Ford como la quintaesencia de la empatía por haber llevado la felicidad a los seres humanos con su automóvil Modelo T, gracias a la introducción de un nuevo sistema de producción en cadena que permitió unos precios finales más bajos.

Como se ve, esto de la empatía es como una goma que se puede estirar en la dirección que se desee. La teoría de los sentimientos morales es, sin duda, un libro interesante, sobre todo en las páginas que dedica a argumentar que no basta con la utilidad de una acción para que esta sea merecedora de gratitud social (por lo visto el articulista de WSJ no llegó a este capítulo). Pero no es el que encumbró a su autor para la posteridad. Querámoslo o no, la obra de Smith que ha influido en el curso de la historia es La riqueza de las naciones, donde afirma que el ser humano se comporta por lo general de manera egoísta, para la satisfacción de su interés particular, y que ese comportamiento, al actuar como motor económico, acaba redundando en el bienestar colectivo. Esta es la esencia del capitalismo de toda la vida. Así que, de empatía, poco o nada. Es el egoísmo el que mueve la economía y, cuando este se sale de control, como ha sucedido como el sector eléctrico, lo que corresponde al Estado es meterlo en vereda. Eso es lo que se espera del Gobierno de Pedro Sánchez, más allá de invitar a las compañías del Ibex a ejercicios empáticos.

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Publicado el
3 de septiembre de 2021 - 23:13 h

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