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Un error de renderizado

El ministro de Seguridad de Israel, el ultraderechista Itamar Ben-Gvir, en una imagen de archivo.
20 de marzo de 2026 22:21 h

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Hace un par de semanas, Irán anunció que había matado a Ben Gvir, a Netanyahu y a David Barnea en una serie de ataques con misiles. Lo vi en Twitter, como se ven ahora casi todas las cosas, y lo primero que hice fue salir de ahí y buscarlo en Google para comprobar si aquello tenía cuerpo fuera de las redes sociales. No lo tenía. Ningún medio, ningún teletipo, ni siquiera la versión prudente de “fuentes sin confirmar” lo secundaba. Así que lo descarté. O eso creí hacer, porque hay noticias que uno no se cree, pero sí se imagina creyendo. Noticias que no quieres que sean verdad, no exactamente, al menos, pero cuya posibilidad te empuja a asomarte un segundo más de la cuenta. No por la muerte en sí, que no arregla nada, más bien por la intuición incómoda de que a veces la historia parece avanzar a saltos, como si se empeñase en proteger a los peores y castigar a los demás con su permanencia en el mundo.

Pensé entonces en aquella fotografía de unos soldados leyendo el periódico el día que el mundo supo que Hitler había muerto. La imagen, con unos militares de piernas cruzadas sujetando el periódico, no mostraba, en absoluto, una celebración desatada. La escena era de alivio contenido, del alivio que se esculpe en el rostro de la gente que no sonríe del todo ante la evidencia, porque todavía no sabe qué es lo que viene después. Una noticia así no arregla el mundo, pero lo mueve un centímetro en la dirección correcta. O eso nos gusta pensar.

Durante unos días esa sensación flotó por Internet, por el aire, pero sin llegar a ser nunca del todo aire. En la Wikipedia de Ben Gvir apareció incluso una fecha de defunción que luego desapareció y yo, que ya había decidido no creérmelo, seguí entrando a diario a ver si por algún resquicio la realidad decidía parecerse al rumor. Llegué a varias conclusiones que se contradecían entre sí. La primera: un país como Israel no anunciaría fácilmente la muerte simultánea de su primer ministro, su ministro de Seguridad Nacional y el jefe del Mossad. La segunda, es que precisamente por eso, una muerte así sería utilizada hasta el último milímetro, convertida en martirio y en justificación para todo lo que viniera después. La tercera fue la más sencilla y, por tanto, la más difícil de aceptar: no había pasado nada de eso. Internet, mientras tanto, hacía su trabajo; es decir, convertir la duda en una forma más de entretenimiento. Netanyahu no apareció en público durante días, hay quien decía que no había cogido su avión en toda la semana y otra gente recordaba que había faltado a reuniones del Consejo de Seguridad, a las que nunca faltaba. Y todo encajaba a la perfección, como encajan siempre las teorías de la conspiración, que están hechas a la medida de lo que uno está dispuesto a creer. Hasta que Israel publicó un vídeo.

Era un vídeo institucional en el que Netanyahu aparecía dando parte de la situación de la guerra y no tardó en aparecer gente que señalaba que el vídeo estaba generado por Inteligencia Artificial. Empezaron a proliferar entonces capturas de pantalla de aquel vídeo oficial en las que Netanyahu parecía tener seis dedos. Fui al frame de la sospecha y, frente a la pantalla, no encontré una prueba de vida ni de muerte, lo único que pude ver con claridad era el reflejo exacto de mis propios sesgos. Efectivamente, en un rincón de la mano derecha, un pliegue caprichoso de la luz simulaba una sexto dedo en la mano. Estaba ahí, solo había que querer verlo con muchas ganas. Sin embargo, uno intenta ser un animal racional y acaba por enterrar el pensamiento mágico. Al final, lo único relevante de que siga vivo es que la historia, la infamia de Israel, la selle una sentencia del tribunal de La Haya, y no el estruendo de un misil iraní.

Lo único que queda detrás de esta historia, a la vista, sobre todo, de que ni Ben Gvir, ni Netanyahu ni el director del Mossad han abandonado, todavía, este mundo camino al más ardiente de los siete infiernos, es la facilidad pasmosa con la que estamos dispuestos a hipotecar la realidad a cambio de un alivio narrativo.

Es muy positivo que estos tres individuos sigan vivos porque su final no debería pertenecer a la épica militar de los misiles que los convierta en mártires de su propia causa. Su final debe pertenecer a la prosa helada y parsimoniosa de la sentencia judicial de un tribunal de Derechos Humanos que manche sus nombres para siempre y no deje espacio a los ardides de un error de renderizado.

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