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La estrategia “nazi” de Vox: siempre en la calle y en las redes, siempre lejos de afrontar problemas

El líder de Vox, Santiago Abascal, durante su intervención en el acto de cierre de campaña de su partido antes de las elecciones del próximo 15-M en Castilla y León.
14 de marzo de 2026 22:36 h

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La estrategia de Vox se parece muchísimo a la que desarrolló en su momento el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP), más conocido como Partido Nazi.

No quiero decir con ello que Vox sea nazi. Vox es, hasta donde puede saberse, un partido ultraconservador y neoliberal que sigue reconociéndose, de alguna forma, en lo que fue el Partido Popular de José María Aznar. A diferencia del NSDAP, su enemigo no son los judíos, sino los musulmanes. Sólo disfruta del belicismo por delegación: aplaude cualquier bombardeo que se le ocurra a Donald Trump. Su líder, a diferencia del cabo Adolf Hitler, ni siquiera ha hecho la mili. Estamos en otros tiempos.

Hablamos de estrategia. De cómo acercarse al poder sin dejarse desgastar por el poder.

Entre 1920 y el intento de golpe de estado de 1923, que llevó a Hitler a prisión, el NSDAP fue muy marginal. Tenía mucha más presencia en la calle, gracias a los matones de la Sturmabteilung (SA), que en el Parlamento o el debate político general. En las primeras elecciones de 1924, el NSDAP obtuvo el 6,5% de los votos y entró con 30 diputados en el Reichstag. Hubo nuevas elecciones en diciembre de ese año y el NSDAP, coaligado esta vez con otro partido, perdió votos y escaños: se quedó sólo con 12.

A partir de ahí, con alzas y bajas, el NSDAP fue subiendo paulatinamente. En un ambiente político violento y febril, con frecuentes elecciones que no resolvían gran cosa, Hitler podía haberse aliado con el conservador Henrich Brüning, con el general Kurt von Schleicher (muy cercano al presidente Paul von Hindemburg) o con el monárquico Franz von Papen. Pero no lo hizo. Hubo acuerdos puntuales, que el NSDAP se esforzó en disimular. Lo suyo era la actividad callejera.

Hitler no tuvo prisa. Esperó a tener el mayor grupo en un Reichstag muy fragmentado y, sobre todo, esperó a que Papen se desgastara. Entonces forzó a Hindemburg y al propio Papen y logró convertirse en canciller como si fuera un “hombre nuevo” en la política, pese a que llevaba diez años politiqueando con unos y con otros. Diez años en los que el NSDAP había desarrollado una campaña electoral permanente, sin enfangarse en la gestión. Lo que sucedió luego es otra historia.

Esa es probablemente la explicación de por qué Vox no se desgasta: está siempre en campaña electoral, es decir, en el ambiente idóneo para la demagogia. Siempre en la calle y en las redes, lo más lejos posible de los despachos.

Cuando ha entrado junto al PP en gobiernos autonómicos, ha escogido las consejerías más folclóricas (en su llamada “guerra cultural”, las decisiones más graves son cosas como cuánto se subvenciona a los toros o quién actúa en las fiestas locales) y ha dejado en manos de sus socios los asuntos peliagudos, como, por ejemplo, la sanidad.

Y, en cuanto ha encontrado la menor excusa, se ha largado. Para seguir haciendo campaña. Es posible que Santiago Abascal sea, como dicen, más bien vago. El caso es que como no necesita dedicar la jornada al trabajo real de un político, la gestión de los asuntos públicos o el ejercicio de la oposición parlamentaria, puede permitirse viajar por todos los rincones de la geografía española. Vale, es fácil andar por ahí prometiendo todo y lo contrario. Pero a eso, al menos, le echa horas. A eso, y a purgar sin pausa a cualquiera que le lleve la contraria dentro del partido.

La posición de Vox resulta muy cómoda. El PP le necesita para gobernar y tiene prisa. Abascal, en cambio, podría pasarse la vida prometiendo “echar a Sánchez” mientras debilita al PP. Como resulta evidente, eso tampoco le va mal a Pedro Sánchez.

Habrá que ver qué ocurre si algún día Abascal y los suyos tienen que ponerse a trabajar y gestionar. Es decir, entran por fin en contacto con la realidad.

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