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El éxito de la extrema derecha: convertir a los perdedores en víctimas

El presidente de Vox, Santiago Abascal, junto a la líder de AfD, Alice Weidel. (ARCHIVO)
11 de septiembre de 2026 23:22 h

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El triunfo aplastante de Alternativa por Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt supone un paso más en el avance de las extremas derechas en toda Europa. Estos días proliferarán los análisis sobre las razones que llevan a tantas personas, en diferentes lugares y circunstancias a votar a fuerzas políticas que impugnan muchos de los principios básicos de las sociedades democráticas.

La inmigración aparece a menudo como el chivo expiatorio que explica el constante crecimiento de las extremas derechas. Aunque su avance también se produce en lugares con bajos niveles de inmigración, como es el caso de Sajonia-Anhalt con el 9%.

En el caso de Alemania es frecuente señalar el sentimiento de agravio que tienen los “ossis” de los länder del este frente a los “wessis” de la Alemania rica.

En cada país hay causas propias, locales y mutantes, pero el avance de las extremas derechas se produce al mismo tiempo en muchos lugares, no solo de Europa, lo que apunta a la existencia de causas más globales.

Llevamos años intentando encontrar un diagnóstico y sobre todo respuestas. No nos faltan diagnósticos, estamos hiper diagnosticados, pero ninguno compartido. A riesgo de incurrir en una flagrante contradicción me atrevo a apuntar una lectura que podría explicar en parte, solo en parte, este proceso.

Las extremas derechas están siendo capaces de aparecer como la respuesta a la incertidumbre, el descontento, y la frustración generados por problemas y malestares diversos. Lo hacen ofreciendo a todos los que se sienten castigados por la inseguridad económica o frustrados por la pérdida de expectativas o estatus una identidad muy potente, la de víctimas, y presentándose como sus salvadores. Intento explicarme.

¿Qué comparten los ciudadanos que en Alemania votan a AfD con los chalecos amarillos de Francia, los trabajadores del “cinturón del óxido” del medio-oeste de EE.UU. ,los habitantes de las “banlieues” francesas, los trabajadores europeos cuyo salario no les alcanza para llegar a fin de mes, las personas que viven en zonas rurales sin acceso a servicios esenciales, los habitantes de ciudades en los que las instituciones no pueden garantizar su seguridad, los hombres que se sienten discriminados ante lo que califican de abusos de la ideología de género, la población que en España se opone a la instalación de energías renovables en sus municipios, o los jóvenes que en toda Europa sufren la imposibilidad de acceder a una vivienda?

Se trata de personas y colectivos con muchas diferencias entre sí, de clase, edad o lugar de residencia, que comparten el hecho de sentirse perdedores de los grandes procesos disruptivos en marcha. Las causas de este sentimiento son muy diversas y en ocasiones contradictorias.

Si abrimos los ojos y los oídos constataremos un constante aumento y cronificación de las desigualdades sociales. De renta y de riqueza especialmente, pero también de acceso a bienes básicos como la educación, la salud o la vivienda.

Las desigualdades sociales son el gran corrosivo de la democracia. A pesar de su evidencia han estado ausentes de todos los análisis sociológicos y políticos hasta la crisis financiera del 2008. En muchos lugares continúan aún ignoradas por las políticas públicas.

Pero las carencias “materiales” no explican todos los malestares. El 15M no lo protagonizaron los sectores más golpeados por la gran recesión. Ahora, los yacimientos de voto de las extremas derechas no provienen de los colectivos más castigados por las crisis, que suelen expresar su malestar y desconfianza inhibiéndose de los procesos democráticos. Aunque en las elecciones de Sajonia-Anhalt uno de los éxitos de AfD ha sido haber movilizado a antiguos abstencionistas.

A las crecientes desigualdades, en plural, se le suma el malestar por la pérdida de expectativas, de los que las podían tener. Este es un factor que utilizan, por ejemplo, los que sitúan el enfrentamiento intergeneracional como epicentro de los conflictos sociales.

No deberíamos obviar el impacto que tiene la erosión de las identidades que hasta hace poco articulaban las sociedades. Así, muchos hombres viven los avances en igualdad de las mujeres como una ruptura de viejas jerarquías de las que sienten nostalgia.

Todos estos y muchos más son factores que contribuyen a generar el sentimiento de pérdida en amplios sectores de la sociedad. Ante ello las izquierdas han intentado movilizarlos alimentando su condición de perdedores.

Pero en una sociedad construida sobre la ideología del triunfo en la que los triunfócratas se atreven a despreciar a los que consideran perdedores, a nadie le gusta llevar ese cartel. Entre otras cosas porque ser un perdedor conlleva en nuestra sociedad asumir la “culpa” –malditas culpas- de serlo.

El gran acierto de las extremas derechas en todo el mundo está siendo dotar a todos los “perdedores” de una identidad unificadora y mucho más gratificante, la de “víctimas”. Sentirse víctima alivia el malestar, permite responsabilizar a otros de todo lo que nos sucede y cuenta a su favor con la cultura del agravio comparativo, el gran motor de la historia en sociedades cada vez más fragmentadas y tribales.

Si disponer de un diagnóstico es complicado, encontrar respuestas está resultando frustrante. De momento ya sabemos que frente a las extremas derechas no sirven los cordones sanitarios, tampoco la aceptación de su marco ideológico, ni la asimilación de sus políticas. O dejarles gobernar para que fracasen como algunos proponen ahora.

Mucho menos ignorar o menospreciar las causas que llevan a sectores tan amplios de la ciudadanía a abrazarlos como sus salvadores. Tampoco funciona alimentar los miedos, porque abusar del miedo genera pánico y eso lejos de movilizar paraliza.

Las fuerzas progresistas, en el sentido más amplio, están obligadas a construir respuestas en positivo. Comenzando por políticas públicas que garanticen derechos económicos y sociales básicos, que eviten la competencia para acceder a servicios públicos como la sanidad o a las prestaciones sociales. Sin seguridad económica no hay esperanza.

Pero al mismo tiempo necesitamos construir una identidad común que vertebre la sociedad alrededor de la igualdad. Los grandes avances de los últimos siglos han ido acompañados de identidades muy potentes. Baste recordar el papel que jugó la identidad de clase y su fuerza movilizadora. Por supuesto no se trata de la ingenuidad de recuperar viejas categorías que ya no volverán, pero si rescatar la identidad en positivo como fuerza movilizadora.

No será fácil construir un horizonte de esperanza y menos a corto plazo. Tenemos el viento en contra. Una sociedad muy fragmentada, a la que no le faltan identidades, eso sí desvertebradas y en muchas ocasiones confrontadas. Una fragmentación que cuenta a su favor con el papel de redes sociales y cada vez más de la IA.

Todo, en un clima de inseguridad permanente que se alimenta de una agenda pública de la que las extremas derechas se aprovechan. Con la inestimable cooperación, no siempre consciente, de muchos -no todos- los medios de comunicación que en su pugna insomne y de supervivencia por la audiencia se nutren de una atracción fatal por los sucesos negativos.

No hay fórmulas mágicas, pero la desesperanza no es una opción. Necesitamos liberar a los “perdedores” de la identidad de “víctimas” que les ofrecen las extremas derechas. Para conseguirlo la seguridad material, especialmente la económica pero no solo, es una condición básica y ofrecer una identidad alternativa y en positivo deviene inexcusable.

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