Un infierno
La novela corta A Short Stay in Hell de Steven L. Peck, un biólogo y escritor de Utah, se publicó en 2012 y la editorial Penguin la acaba de reeditar en inglés. No encuentro rastro de que fuera un éxito comercial ni apenas críticas literarias o referencias en la prensa. Pero entiendo por qué a un editor le puede interesar ahora.
Se trata de una historia que empieza con inquietud y va progresando hacia el terror sobre un infierno inspirado en la biblioteca de Babel de Borges. El infierno de Peck está lleno de libros que no entiendes y tiene alguna tortura ocasional.
En medio de sus peripecias por este peculiar infierno, el protagonista, un mormón blanco de Utah, como el autor, se queja de que está rodeado solo de estadounidenses angloparlantes blancos. Ese es uno de los motivos de desasosiego que él repite en el libro: está deseando “escuchar a alguien con una historia diferente que contar”. “La monotonía interminable de todos los que conocía se fundía con la monotonía de este infierno”, dice el narrador. “Homogeneidad en todas partes que se extiende sin fin… El paraíso debía estar tan lleno de diferencias como el infierno lo estaba de monotonía”.
Esa homogeneidad es especialmente chocante para un habitante de Estados Unidos, que sigue siendo una potencia política, económica y cultural en parte gracias a su variedad, siempre viva pese a los intentos de apagarla del actual presidente y de otros como él a lo largo de 250 años de historia.
Este sábado se celebra el aniversario de la Declaración de Independencia, aprobada el 4 de julio de 1776 (escribo más sobre el tema en nuestro Rincón de Pensar este fin de semana). El último recordatorio de la lucha por la esencia del país ha sido la sentencia del Tribunal Supremo sobre los derechos de cualquier persona nacida en Estados Unidos. No importa de dónde venga, no importa quién sea su madre o su padre ni cuál sea su situación, es estadounidense por mucho que un político intente quitarle ese derecho.
El presidente del Supremo, el conservador John Roberts, recordó en su sentencia que el derecho a la ciudadanía estadounidense por haber nacido en Estados Unidos tiene “especial importancia” en “una nación de inmigrantes” construida como un tapiz complicado desde que “la joven república atrajo decenas de miles de inmigrantes del viejo mundo”. Algunos se quieren quedar para siempre, otros no ven la hora de volver al país donde nacieron, pero, “sin importar cuáles sean sus intenciones”, el Supremo dicta que “pueden estar seguros de que sus hijos serán ciudadanos estadounidenses por su nacimiento”. Les protege la Enmienda 14 de la Constitución y la jurisprudencia del Supremo. Las amenazas del presidente de EEUU de recurrir al Congreso para intentar aprobar una ley inconstitucional parecen baldías.
Ahora bien, en parte de la sentencia, sobre si el decreto para intentar anular el derecho de algunos inmigrantes violaba la 14 enmienda, el Supremo decidió en contra del Gobierno solo por un voto (cinco a cuatro). El actual presidente del país terminará su mandato en enero de 2029, pero el Supremo seguirá teniendo su marca por los tres magistrados elegidos por él para la corte de nueve.
La defensa violenta de la uniformidad del poder se funde en la historia de Estados Unidos con la variedad que ha hecho rico en todos los sentidos al país. La historia muestra una sociedad donde se mezcla el infierno y el paraíso con tanta frecuencia que es difícil estar segura de cuál prefiere. Pero también una sociedad que nunca se conforma con la realidad del momento, siempre movida por las ganas de cambiar. El consuelo en el “infierno” es que el “paraíso” está más cerca.
Y, como escribió el ensayista revolucionario Thomas Paine en 1776 para animar a los soldados que luchaban contra la corona británica, “la tiranía, como el infierno, no se vence fácilmente”.
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