A mi madre le gusta ir al banco

El anciano valenciano de 78 años que recoge firmas por la "humanización" de la atención en las oficinas bancarias, Carlos San Juan. EFE /Kai Försterling

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Antes de que Carlos Sanjuan pusiera en marcha su campaña en change.org para pedir a los bancos que no excluyan a las personas mayores, muchos ya sabíamos lo que estaba ocurriendo. A mí me lo contaba mi madre: “He ido a sacar dinero y me quieren obligar a hacerlo en la calle”. También le ofrecen una aplicación, o le obligan a ir antes de las 11h si quiere atención personal.

Mi madre llevó minifalda y pelo corto cuando era escandaloso, se separó cuando era ilegal divorciarse y siempre ha vivido de su trabajo. Anotaba al revés los teléfonos de sus amigos demócratas en la agenda para que, en caso de detenerla, no pillaran a todos los demás. A sus 75 años, se encontró un día con que la empleada del banco le dijo: “Venga, que le enseño cómo sacar dinero en la calle, que para usted es estupendo, así no espera colas y viene a la hora que usted quiera”. Mi madre no soporta que la traten con paternalismo. Y detecta la trampa: primero restringen el horario de atención personal y después te ofrecen la solución a la cola generada por ellos mismos. Así que le contestó: “Ustedes a mi generación la tienen que respetar”.

Tiene razón, como las más de 500.000 personas que han firmado la petición.

Muchas personas mayores no saben o no quieren manejar aplicaciones incomprensibles para ellos y si no se les ofrece atención presencial se les condena a la dependencia, pues necesitan a terceros para tareas en las que son autónomos. Viven en la realidad tangible, para ellos la verdadera y, sin embargo, se sienten cada vez más asediados en ese mundo que encoge y parece cada vez más marginal, frente al mundo digital que se expande.

Pero ojo. Una forma de envejecer es perder capacidades a medida que se cumplen años. Otra, la propia de una época de cambio constante y acelerado, es perder capacidades personales cuando se implantan tecnologías que sustituyen a las que dominábamos. La paradoja de nuestro tiempo es que cada maravillosa innovación, pizpireta y juvenil, nos envejece. Esto ha ocurrido siempre pero ahora es tan rápido que el cambio puede resultarnos cognitivamente agotador mientras el miedo a perdernos algo, a quedar fuera de la conversación -el célebre FoMO, fear of missing out- genera ansiedad. La rebelión de los mayores contra los bancos nos hace ver que todos vamos a perder capacidades debido a la innovación tecnológica, antes de hacernos mayores. Y también nos muestra que la forma más fácil de solucionar un problema es no crearlo. No es necesario un gran despliegue de pomposos planes digitales. Basta con que dejen a una persona en la caja atendiendo a los clientes que no quieren subirse a ciertos trenes. Sencillo, ¿no?

Quizá mucha gente aún crea la fantasía de que el paso del tiempo solventará el problema de la exclusión generacional: cuando fallezca el último mohicano de la generación analógica, por fin habremos llegado al glorioso futuro digital y se acabarán las fricciones. Es un error, no hay gente analógica y gente digital. Formamos parte de un continuum con toda clase de grises. De hecho, ese planteamiento binario es una de las grandes falacias de la revolución digital. La revolución tecnológica va a generar -lo está haciendo ya- brechas digitales generacionales cada diez años, quizá cada cinco, porque será imposible o demasiado trabajoso comprender lo que cambia, encontrarle sentido para la vida de una e incorporarlo. Dicho de otro modo, los hoy ultramodernos de Tik Tok o el metaverso son los viejunos de mañana. Y dicho del mismo modo: los bancos que hoy quieren forzar a los septuagenarios a usar las aplicaciones o la calle mañana querrán obligar a otros a entrar en el metaverso.

Además de agradecer a los mayores que nos hayan puesto sobre aviso, conviene descartar la fantasía de que cuando mueran los analógicos se acabará la exclusión digital producida por la edad. Más vale prepararnos como sociedad y avisar a los sectores económicos: siempre tendrán que manejarse con personas de distinto perfil digital, unos más adaptados y otros menos; unos más proclives a innovar y otros menos. Si no se destinan energía y recursos a asegurar esto, el cambio generará fricciones y nos desarraigará sin movernos del sitio. William Gibson escribió que “el futuro ya está aquí, pero está mal repartido”. Repartirlo bien significa aceptar que todos vivimos ahora, pero no todos en el presente.

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