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Está de moda ser un gilipollas

Pancarta en la Universidad Complutense con el logo de Falange
10 de marzo de 2026 22:14 h

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Ya hemos pasado por muchos eslóganes similares, como el de que ser facha es el nuevo punk; puede darnos la sensación de que hasta está bien visto, o, al menos, ya no da cosita ser un fascista, un misógino, un racista, un imbécil en público, en definitiva, porque en alguna parte del progreso hemos dejado atrás las herramientas que, como sociedad, deberíamos tener para meter en vereda o recluir en el silencio social o mediático a toda la piara con la que nos toca convivir en estos tiempos locos y que han popularizado, tristemente, la moda de ser un gilipollas. Está de moda porque hay muchos que están encontrando en el incivismo y en el no-saber estar una manera de desquitarse tras años y años de una corrección cívica impuesta por el regio imperio del sentido común; está de moda porque ahora hay medios de comunicación, influencers y cuentas en redes sociales haciendo apología de ser un gilipollas. Podría poner un ejemplo, pero casi diría, en este caso, que lo mejor que puede hacerse es abrir la ventana y echar un vistazo.

Está de moda sacar pecho, siendo un escritor mediocre, de tildar de “ilegibles” los textos de Leila Guerriero; está de moda, siendo un periodista cutre, entrevistar a David Uclés con la peor de las maldades; está de moda, siendo un ensayista de pelo grasiento, decir no sé qué de las denuncias falsas; está de moda ser 'un tío blanco hetero' porque donde antes encontrabas la muerte civil, ahora tienes cientos de likes y de retuits y hasta puede que te caiga una columna en algún medio de derechas para lucrarte como si fuese una especie de subvención, ellos lo llaman paguita, para que la especie ya no sobreviva, sino que además se propague más allá de las redes sociales y que la manosfera y que la fachosfera crezca y crezca al igual que sus cueros cabelludos de mediana edad y sus decrepitudes sinuosas y sus barrigas lacustres. Todo eso está de moda porque da dinero.

El sociólogo Erving Goffman dedicó buena parte de su vida a explicar que la vergüenza es un mecanismo colectivo y que nos avergonzamos cuando sentimos que estamos fallando a ojos de los demás o cuando nos creemos desacreditados ante el grupo que nos observa, y tenemos el problema, precisamente, de que ahora el grupo que nos observa es exactamente el grupo que nosotros queremos que nos observe o, mejor dicho, es exactamente el grupo que quiere observarnos a nosotros, por lo que si ser un gilipollas, o un fascista, o un homófobo, está de moda, es porque siempre hay otro fascista, otro homófobo u otro gilipollas dispuesto a aplaudir y a celebrar cada barbaridad que se dice; lo que antes suponía un coste reputacional irreparable -como ser racista en público o jalear un genocidio- ahora genera un capital mediático del que uno puede vivir muy bien, sobre todo porque el prestigio ha pasado de ser una divisa única a diversificarse en diferentes capitales que circulan en comunidades muy distintas entre sí. Por eso nadie que considere, pongo un ejemplo, a Antonio Naranjo un buen profesional, considerará de la misma manera a Antonio Maestre y viceversa.

Durante siglos, la vergüenza ha sido uno de los pocos mecanismos que tenía la sociedad para mantener a raya a sus imbéciles; el problema es que ahora, entre el mercado y su propio esfuerzo han encontrado la forma de convertirlos en referentes.

Casi todas las modas, normalmente, aparecen, dan unos bandazos de aquí para allá, hacen que más de uno, años después, se avergüencen, nunca mejor dicho, de haber seguido dicha moda, y acaban desapareciendo cuando dejan de ser interesantes: es el mercado el que las expulsa cuando dejan de generar beneficio; sin embargo, esta moda de ser un completo y absoluto gilipollas tiene unos incentivos bastante sólidos como para que sea el propio sistema el que la alimente porque ser un gilipollas es, por desgracia, una manera de hacer política.

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