Pactos en la izquierda, ¿para qué?
Una parte de las variopintas izquierdas españolas intenta conseguir un pacto electoral. Y la parte que de momento no se aviene, Podemos, plantea una pregunta interesante: ¿para qué?
La coalición que gobierna España desde 2018 hasta la fecha ha venido denominándose “la izquierda” (o “los socialcomunistas” si se mira desde la lejanía ultramontana), pero depende de un partido que tiende al centro (Esquerra Republicana), de otro históricamente asentado en el centro-derecha (PNV) y de un tercero (Junts) rotundamente conservador. Y eso no ha dejado de notarse.
Ahora, cuando los sondeos predicen un tsunami de derecha extrema, todo son prisas. Parece razonable trabajar para que tantos votos de izquierda no sigan perdiéndose por las rendijas de la ley d´Hondt. Ahora bien, ¿cuáles son los objetivos, más allá de ese asunto de pura mecánica electoral?
La izquierda, incluyendo en ella al PSOE, ha fallado a millones de sus votantes naturales, básicamente los trabajadores, las mujeres y los jóvenes. No es fácil hacer políticas progresistas cuando se depende de los votos de Carles Puigdemont, pero el asunto se complica definitivamente cuando no se definen con claridad los grandes problemas (salarios y vivienda) y cuando no se plantean soluciones lo bastante ambiciosas.
España sufre, desde la gran crisis de 2008 y el “austericidio”, una grave hipotensión salarial. No hacen falta estadísticas, aunque las haya y con datos rotundos, para percibir la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Subir el salario mínimo es mejor que no subirlo, aunque, en realidad, resuelve poca cosa cuando el salario mínimo (17.094 euros anuales) tiende a converger con un salario medio (28.049 euros) objetivamente escaso.
Hablamos de una economía, la española, cuyos sectores más dinámicos (turismo y hostelería, construcción, servicios y atención doméstica) se caracterizan por la baja productividad y los salarios rácanos. Es cierto. El tren de las nuevas tecnologías parece haberse perdido definitivamente, en España y en el conjunto de la Unión Europea. Eso es igualmente cierto.
Pero no deja de ser también cierto que sin un gran pacto salarial entre la derecha realmente existente (la empresa) y la izquierda, a cambio de lo que sea (normalmente, aún más ventajas fiscales), las nuevas generaciones están condenadas a la precariedad. Incluso sin contar con los estragos que hará la Inteligencia Artificial.
La izquierda, por tanto, debe comprometerse a luchar, con una mezcla razonable de pragmatismo y ambición, por un gran pacto sobre los salarios que aúpe a España, al menos, hasta la media europea.
Lo otro es la vivienda, y ahí está el ejemplo de Viena, donde el 60% de los pisos son sociales y protegidos. Se trata de un objetivo a largo plazo con enormes inversiones públicas y, por tanto, requiere de otro gran pacto con la derecha realmente existente (sí, la empresa) para evitar que un vaivén electoral, como el que parece aproximarse ahora, descarrile el proyecto.
¿Para qué ha de unirse la izquierda? Para ofrecer, con un mínimo de solvencia, mejores salarios y más viviendas. Para mirar a largo plazo. Y para no perder tiempo en cuestiones muy secundarias. La civilización europea se basa en el progreso y el bienestar. Cosas como el burka corresponden a las ordenanzas municipales.