Pasen y lean, pero con mascarilla

Una red crítica con el gobierno recibe el impulso de conocidos difusores de bulos

Pasen y lean. Es gratis. Si pueden y la encuentran a buen precio, usen mascarilla, por favor. Como para el transporte público y las salidas al supermercado, no es obligatorio pero sí muy, muy recomendable para evitar el alto riesgo de contagio. Hay de todo: esparcidores del odio, profesionales de la crispación, apóstoles de la ojeriza, licenciados en ajuste de cuentas y mucho máster en provocación.

Las redes sociales, tan útiles para tanto, y tan dañinas para todo desde que alguien decidió convertirlas en el vertedero sobre el que esparcir todo tipo de basura. Contra el Gobierno, contra el periodismo, contra el ejército, contra la policía, contra los jueces, contra los epidemiólogos, contra los científicos y contra todo lo que tenga una mínima exposición pública.

La crispación era esto. Ríanse ustedes del Parlamento y las lindezas que en ocasiones escucharon cruzarse a los diputados. No es nada comparado con lo que hemos convertido Twitter, Facebook o Instagram. Y ahí seguimos. Sin dedicar un segundo a reflexionar sobre las implicaciones que todo ello tendrá en nuestras vidas y en las vidas de nuestros hijos. Lo que un día sirvió de ágora para el debate y el respetuoso intercambio de pareceres hoy da para poco más que el desahogo, el ataque o la propagación del odio. No sorprende que cada vez más gente decida cerrar sus perfiles o desaparecer temporal o definitivamente de ellas.

El tono, la agresividad, la falta de ideas y el garrafón están dejando una España preciosa. Sin argumentos, pero preciosa. Con bulos, pero preciosa. Con más agresividad de la que se haya visto nunca, pero preciosa. Con dos mitades que ni se respetan ni se reconocen, pero preciosa. Con un odio visceral entre quienes sostienen que el Gobierno lo ha hecho todo mal y la oposición todo bien, pero preciosa. Una España, con perdón, irrespirable, donde no hay opción alguna a la disidencia. Y mucho menos al reconocimiento mutuo.

Ahí tienen ahora la absurda guerra de las caceroladas impulsadas desde las redes sociales. Que España se reencuentra cada tarde a las 8 con el aplauso a los sanitarios, pues ahí están la derecha y la ultraderecha para llamar al sartenazo contra la gestión de Sánchez. Que la sociedad clama por un acuerdo, pues no tardan los mismos en convocar otra jarana para pedir la dimisión de todo el Gobierno.

Aquí cada uno puede opinar lo que quiera y pedir cuantas dimisiones le plazca, lo que no es tan de recibo es que unos vecinos se enfrenten a otros desde los balcones a ver quién tiene la perola más grande y vocifera antes y que esto se fomente desde los partidos de Casado y Abascal para ir creando el marco postpandemia. Unos, para igualar a la izquierda con la frivolidad, la improvisación, la negligencia y el ocultamiento. Y otros, para responsabilizar directamente a Sánchez de la muerte y el contagio de miles de españoles.

Y no será que no haya campo objetivo para la crítica porque errores ha habido muchos y tiempo habrá de subrayarlos, pero ellos tienen tanta prisa por señalar a un culpable que les falta ya solo un hashtag con aquello de "que caiga España, que ya la levantaremos nosotros". Les da igual lo que quede de ella, las mentiras que tengan que propagar o las conspiraciones que tengan que inventar.

Pasarán los años y olvidaremos todo. Se borrará lo malo de esta pandemia porque la memoria tiene esa extraña costumbre de bloquear los peores recuerdos. Las calles volverán a llenarse de niños, de parejas abrazándose y de ancianos del brazo de sus hijos y sus nietos. Saldremos otra vez a cenar con los amigos. Viajaremos. No sabemos cuándo ni cómo será la "nueva normalidad" que nos anuncian, pero seguro que cuanto vivimos nos habrá parecido un mal sueño, si bien habrá algo que quedará escrito para siempre y es este irrespirable y mezquino ambiente de las redes sociales en el que siempre hay un tonto de guardia que acusa al presidente de un Gobierno legítimo de ser un "asesino" o un memo integral que aprovecha las lágrimas sinceras de Ayuso o la consejera de Sanidad de Castilla y León para atizar al doctor Simón o al ministro Ábalos porque tienen "el corazón de piedra", "se ríen de los ciudadanos" y "carecen de sentimientos". Pues esta es la España a la que nos asomamos, por desgracia, cada mañana en las redes sociales mientras contamos muertos. No olviden la mascarilla.

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27 de abril de 2020 - 22:04 h

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