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A mi querida Rosa María Sardà

Rosa María Sardá

Este jueves, en cuanto la noticia de tu muerte ha irrumpido en la vida de los ciudadanos de este país, todos los medios han estallado y con distintas voces se han puesto a hablar de ti, de tus dotes, de tu sentido del humor, de tus infinitas posibilidades en el teatro, en el cine, en la televisión igual que en la vida real, de tu capacidad de transformarte en un instante de un personaje a otro haciendo irreconocible el anterior, de tu compromiso para defender lo que creías justo, de tu simpatía, de tu inteligencia y de tus infinitos conocimientos en tantos aspectos de la justicia que mantuviste siempre en el ámbito de la discreción. Y nosotros, los que te conocíamos desde hace muchos años, los que te conocieron más íntimamente y los que solo te han conocido por las mil caras que mostraste al público, nos hemos quedado atrapados ante la televisión o la radio o el teléfono para saber más de ti, o tal vez para convencernos de lo que de ningún modo queríamos que fuera verdad, o tal vez porque no nos conformábamos con lo que sabíamos, como si no nos bastaran nuestros recuerdos para hurgar en la discreción en que convertiste tu vida y descubrir los infinitos secretos que te llevaste contigo igual que los habías conservado ocultos en tus bolsillos los años que estuviste entre nosotros.

Anotábamos en la memoria palabras que nunca te habíamos oído pronunciar, que un entrevistador o un amigo rescataban ahora de tus manifestaciones como para abrirnos la puerta por la que entrar en el reino poderoso de tu conciencia y conocer sus recovecos, sus caminos y sus ir y venir, para estar más cerca de ti de lo que nunca pudimos estar cuando vivías y guardarte entera en nuestra conciencia y en la profundidad de nuestra memoria para que en ellas sigas viviendo, y te veamos y oigamos cada vez que surja una imagen, o una palabra, o una crítica o una broma, con tu sonrisa, tu ceño fruncido o esa profunda tristeza que supiste dar a tu rostro y a tu gesto, cuando querías hablarnos de los más dolorosos movimientos del alma.

Porque sabemos que vivirás mientras vivas en la memoria colectiva, histórica y cultural del mundo que te vio nacer, crecer, trabajar y morir, pero queríamos darte más vida aún, aportando para ello el don aún vivo de nuestra memoria, convencidos de que tú seguirías viviendo mientras nosotros estuviéramos vivos.

Decían que habías dicho “No nos prepararon para morir”, y es cierto, pero ¿cómo se prepara a alguien para morir como no sea convenciéndolo de que se conforme con el final que el destino le ha asignado? Y aunque así fuera, añadiría muy poco al conocimiento que tenemos de la muerte. Tal vez, quiero creer, que lo que quisiste decir es que no nos han preparado para dejar tras de nosotros una estela del trabajo que hemos hecho, de las alegrías que hemos dado, de las luchas que hemos emprendido para defender la verdad y la justicia. Y podría ser, porque tú nos has dejado mil muestras de estas estelas que van dibujándose entre la niebla en la que vivimos entre tantas prisas y tanta información cierta o no, que poco a poco van aclarándose en cuanto pensamos en ti y en lo que conocemos de tu historia y de tu vida. Pero yo voy un poco más lejos aún, y quizá por un deseo poderoso de encontrar consuelo y sentido no solo a tu muerte tan querida sino también a todas las demás, quiero entender sin que me cueste demasiado convencerme, de que nos estás diciendo que a lo que no nos han preparado en absoluto es a morir transmitiendo a los demás no solo lo que hemos hecho, sino lo que hemos visto claro en los años que hemos estado en esta tierra, lo que hemos descubierto, aquello que va más allá de las opiniones y las ideas, lo que llamaríamos si nos atreviéramos, la verdad de la vida, que alguna tiene que tener además de las que nos proporciona nuestro compromiso político, religioso, familiar, artístico o personal, aquello que tal vez nos haya convertido en personas claras y honestas y sinceras y por lo mismo hayamos conseguido y elaborado una inteligencia generosa e incansable hacia el mundo y hacia los demás.

Así he interpretado yo la tristeza de tu cara cuando en TV te oía decir que “no nos habían preparado para la muerte”, como si temieras que no nos llegara tu legado, el que todos deberíamos haber preparado como tú has hecho, para transmitir a los demás cuando sonara nuestra hora, y no solo por hacer un favor a los que se quedan que buena falta les hará siempre, sino porque debías intuir que el verdadero sentido de la vida se fundamenta en eso, en transmitir a los vivos lo que has descubierto a lo largo de tu vida.

Ésta, bien lo sabemos, es la base de la ciencia y de la música y del arte y de la cultura y por supuesto del teatro y la del progreso más amplio y menos peligroso, la del del amor a los demás y al mundo que hemos conocido. Este es el magnífico regalo que nos has hecho al dejarnos, a cambio de lo cual, mi muy querida amiga, nosotros procuraremos estar a tu altura y te mantendremos viva en nuestra memoria y en nuestro amor, todos los años que nos quedan de vida en esta tierra que nos ha visto nacer. Que así sea.

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Publicado el
12 de junio de 2020 - 09:26 h

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