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OPINIÓN | 'El rescate del perro Boro', por Rafael Narbona

El rescate del perro Boro

Captura de EFETV de 'Boro', el perro de una de las heridas en el accidente de trenes de Adamuz del pasado domingo.
24 de enero de 2026 22:22 h

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Creo que la mayoría de los ciudadanos de España y otros países se han conmovido con la historia de Boro, el perro mestizo de Ana y Raquel, dos hermanas que sobrevivieron al trágico accidente ferroviario de Adamuz. Ana pudo salir del tren por su propio pie, pero Raquel, que está embarazada de cinco meses, se encuentra en la UCI, luchando por su vida. Poco después del accidente, Ana apareció ante los medios, con la cara magullada y lágrimas en los ojos. Contó que se despidió de su hermana con la mirada, pensando que no volvería a verla nunca más y que observó con impotencia cómo agonizaban otros pasajeros. Después, añadió que viajaba con ellos su perro Boro, un mestizo de Schnauzer y perro de aguas, y suplicó ayuda para localizarlo, pues había huido aterrorizado por el impacto. Emocionada, afirmó que los animales “también son familia”. Sus palabras sacudieron la sensibilidad de cualquier persona con un criterio moral sano y razonable. Días más tarde, el padre de Ana y Raquel hizo un llamamiento parecido, asegurando que sus hijas querían mucho al perro y que representaría mucho para ellas reencontrarse con él. Ana, algo más serena, comentó que Raquel intentó proteger a Boro con su cuerpo y que por eso se golpeó en la cabeza, sufriendo una conmoción cerebral. 

Las personas de buen corazón se conmovieron con la historia y PACMA se ofreció a colaborar con la Guardia Civil para rescatar a Boro. De inmediato, surgieron otras ofertas de animalistas con experiencia en este tipo de situaciones. Tras un avistamiento bajo la lluvia, los rescatistas pudieron finalmente atraerse a Boro, retenerlo y devolverlo a su familia. Ya en compañía de su perro, Ana saludó a los medios desde el asiento trasero de un coche y dio las gracias con la cara aún llena de heridas. Ahora solo hay que esperar la recuperación de Raquel. No dudo que se alegrará cuando abra los ojos y vea a Boro, al que protegió con tanto cariño y coraje. En las redes sociales, se ha celebrado masivamente el rescate, pero también han surgido voces que han deplorado el “despilfarro” de recursos empleados para rescatar a Boro. No han faltado los demagogos que han recordado el amor de Hitler a su perra Blondi. Se trata de comentarios basados en la ignorancia y la mala fe. Hitler amaba tanto a Blondi, un pastor alemán, que ordenó envenenarla con una cápsula de cianuro. Quería probar el efecto del veneno que guardaba para suicidarse. El suboficial Fritz Tornow abrió la boca a Blondi y la obligó a masticar la cápsula, lo cual le causó una muerte dolorosa entre convulsiones. De ahí que Hitler decidiera combinar el cianuro con un disparo en la cabeza para no sufrir tanto como su “amada” perra. Hitler también ordenó que mataran a tiros a los cuatro cachorros de Blondi y a los dos perros de Eva Braun. 

Otra muestra del “amor” de Hitler a los animales se puso de manifiesto cuando ordenó que todas las familias judías del Reich sacrificaran a sus perros, gatos, pájaros o cualquier animal de compañía. Así lo cuenta en sus Diarios el prestigioso filólogo judío Victor Klemperer, primo del célebre director de orquesta Otto Klemperer. Victor confiesa que sacrificar a sus dos gatos fue una de las experiencias más dolorosas de la larga lista de humillaciones sufridas por ser judío. Ser despojado de su cátedra de filología en la Universidad de Dresde por las leyes raciales no le afectó tanto como acudir al veterinario con su esposa para cumplir esa odiosa imposición. Ambos salieron de la consulta profundamente acongojados. Victor se libró de ser deportado gracias a su esposa Eva, que no era judía y permaneció a su lado hasta el final de la guerra. Expulsados de su hogar, aprovecharon la confusión desatada por el bombardeo de Dresde para escapar de la Gestapo, que ya había decidido su deportación a un campo de exterminio. 

En Estados Unidos, maltratar a un animal es un delito federal castigado hasta con cinco años de prisión. Entre otras cosas, porque se ha comprobado que la crueldad con los animales suele ser el rito de iniciación de los asesinos en serie. Cuando torturar y matar a un animal comienza a resultarles poco estimulante, buscan algo más emocionante, como torturar, violar y matar a un ser humano. Arthur Schopenhauer apuntó que “la compasión por los animales está íntimamente asociada con la bondad del carácter y se puede afirmar que el que es cruel con los animales no puede ser una buena persona”. Algunos afirman que los derechos están ligados a los deberes, lo cual excluiría a los animales de la posibilidad de estar protegidos por la ley. Fernando Savater repite a menudo que hablar de los derechos de los animales es tan absurdo como hablar de los derechos del triángulo isósceles. Es un argumento falaz e inconsistente, pues un triángulo isósceles carece de la capacidad de experimentar emociones como el miedo, la angustia o el desamparo. ¿Y qué deberes se pueden exigir a un recién nacido o una persona afectada por el Alzheimer? Si vinculamos los derechos a los deberes, desembocamos en la rampa de Auschwitz, donde se seleccionaba a los que ya no podían trabajar para ser enviados a las cámaras de gas. Además, establecer escalas para garantizar derechos es sumamente peligroso. En una situación de crisis, como la pandemia del COVID-19, ¿se puede establecer claramente que un joven como el asesino de Pioz tiene más derecho a un respirador que un anciano decente? Este tipo de especulaciones son sumamente peligrosas y pueden utilizarse para justificar aberraciones como la eugenesia, los asesinatos extrajudiciales o la tortura. 

El filósofo judío Martin Buber apuntó que “los ojos de un animal tienen el poder de hablar un gran lenguaje”. Cualquier que haya convivido con un perro, un gato, un caballo o incluso un cordero puede advertir que ese razonamiento no constituye una extravagancia. Albert Camus se estremeció al escuchar el grito de una gallina sacrificada por su madre en el patio familiar. Advirtió que no era el simple automatismo de un organismo vivo, sino una expresión de espanto. Al igual que Leonardo Da Vinci, Lev Tolstói abogaba por el veganismo. El novelista ruso afirmaba que comer carne era un vestigio de primitivismo y que abstenerse de ese hábito debería ser la consecuencia natural de la Ilustración. Muchos escritores, intelectuales, artistas, políticos y algunos líderes religiosos se han alineado con los derechos de los animales: Anatole France, Charles Darwin, Oscar Wilde, Víctor Hugo, Abraham Lincoln, Gandhi, Albert Schweitzer, Jeremy Bentham, Mark Twain, Gabriel Miró, Juan Ramón Jiménez, Bernard Shaw, Paul McCartney, Theophile Gautier, Jane Goodall o el Dalái Lama. En nuestros días, el Nobel sudafricano John M. Coetzee es quizás uno de los animalistas más radicales. Coetzee ha expresado sus ideas mediante un personaje imaginario, la escritora Elizabeth Costello, según la cual los mataderos industriales son el Treblinka de los animales. Coetzee ha recordado que los nazis visitaron los mataderos de Chicago para aprender su funcionamiento y aplicarlo en los 40.000 campos de exterminio repartidos por la Europa ocupada. Los matarifes solo pueden realizar su trabajo “cosificando” a los animales. Es lo que hicieron los nazis con los judíos. No es fácil matar a un ser capaz de sentir. En cambio, no resulta complicado matar y despedazar a una “cosa”. 

La proteína animal no es imprescindible para la supervivencia humana. La Clínica Mayo informa en su página web que “las personas que no comen carne por lo general consumen menos calorías y menos grasa y tienden a pesar menos. También, corren un riesgo más bajo de tener una enfermedad cardíaca en comparación con los no vegetarianos”. El consumo de carne roja incrementa el “riesgo de morir debido a una enfermedad cardíaca, un accidente cerebrovascular o la diabetes”. Es mucho más saludable “una dieta vegana centrada en frutas, verduras, granos o cereales, frijoles (alubias, porotos), arvejas (guisantes, chícharos), lentejas y frutos secos. Tiene un alto contenido de fibra, vitaminas y otros nutrientes”. En cambio, “una alimentación con bajo contenido de frutos secos, semillas, mariscos, frutas y verduras aumenta los riesgos para la salud”. El escritor y periodista Javier Morales ha explicado en su excelente ensayo La hamburguesa que devoró el mundo que el modelo ganadero industrial intensivo, simbolizado por la hamburguesa, es incompatible con la habitabilidad de la Tierra. Al margen del sufrimiento animal, el consumo masivo de carne puede destruir nuestro ecosistema y comprometer la continuidad de la vida. 

¿Quiénes han criticado el rescate de Boro? Los que consideran que amar a un animal es un gesto de pobreza intelectual, inmadurez o incluso un signo de decadencia. Alguien de cuyo nombre no quiero acordarme llegó a decir que el apego excesivo a las “mascotas” ponía en peligro nuestra civilización. No voy a perder el tiempo rebatiendo sandeces, pero sí quiero señalar que la palabra “mascota” no es la más adecuada para referirse a un animal. Un perro no es un complemento o un juguete. No es algo de usar y tirar. Tras su domesticación, el perro y el gato han perdido su entorno natural. Ya no pueden vivir sin la ayuda de los humanos. El rescate de Boro no ha constituido un obstáculo para atender a las víctimas de nuestra especie. Y ha servido para atenuar el dolor de una familia. Raquel, que sigue en la UCI, agradecerá el esfuerzo realizado, pues intentó proteger a Boro y Ana, su hermana, ahora dispone de un apoyo emocional que le servirá para superar el trauma. Solo un desalmado puede contemplar con desagrado esta historia. Los que no son así, los que demandan un trato ético y compasivo con el resto de las especies, celebrarán esta nota de esperanza en mitad de una horrible tragedia. La historia de Boro revela que España no es el país de los toros y la caza, sino una sociedad que ha progresado moralmente y que comienza a asimilar la reflexión de la novelista estadounidense Sigrid Nunez en su extraordinaria novela El amigo, galardonada con el National Book Award: el día en que ya no seamos capaces de experimentar amor a los animales, “será un día terrible para todo ser viviente, […] nuestra caída hacia la violencia y la barbarie será mucho más veloz”.

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