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La izquierda busca un plan en pleno auge de la extrema derecha
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OPINIÓN | 'No importa el futuro de la izquierda', por Ada Colau

Operación Rufián

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, durante la rueda de prensa ofrecida este miércoles sobre financiación autonómica, entre otros asuntos. EFE/Biel Aliño
14 de febrero de 2026 22:22 h

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No es un secreto que la división de la izquierda merma gravemente sus posibilidades electorales. El inquietante ascenso de Vox en todos los frentes ha despertado el temor a un giro autoritario similar al que ya están viviendo Estados Unidos, Argentina o Italia. La desafección a la democracia cada vez está más extendida entre las nuevas generaciones. El gobierno de Pedro Sánchez destaca los buenos datos de la economía española, pero la clase trabajadora y la clase media, ya casi indistinguibles, sufren para llegar a fin de mes, encontrar un trabajo estable y con un salario digno o alquilar una vivienda a un precio razonable. La situación no es tan dramática como en 1929, cuando el viernes negro de Wall Street desató una crisis global que arrojó a la pobreza y el desamparo a millones de ciudadanos, pero hay un malestar real que sirve de combustible a la ultraderecha. El movimiento de los indignados impulsó el crecimiento de la izquierda alternativa, pero una agresiva campaña de acoso de los medios conservadores y una mala estrategia de los nuevos partidos surgidos al calor del 15-M condujo a la irrelevancia a una alternativa que podría haber saneado la vida política. Encerrados en burbujas narcisistas, muchos líderes se quemaron enseguida, víctimas de sus propias contradicciones. Podemos, que llegó a sumar 71 diputados, ahora solo tiene 4. Desde su punto de vista, son la aldea de Astérix, el último bastión de la izquierda contra la oleada reaccionaria. Otros, sin embargo, pensamos que cada día se parecen más a esos soldados japoneses que no se enteraron de que su país se había rendido y continuaron luchando en la jungla, pensando que el Imperio del Sol Naciente algún día lograría la victoria definitiva sobre sus enemigos. 

Gabriel Rufián ha planteado la unión de todas las fuerzas políticas situadas a la izquierda del PSOE. No está claro si pretende asumir el liderazgo de una coalición que agrupara a independentistas y progresistas en un proyecto capaz de servir de dique de contención a las huestes de Vox, cada vez más envalentonadas. La sopa de letras en que se ha convertido la constelación de partidos que se disputan el espacio ocupado durante muchos años por IU produce el mismo estupor que el ingente número de partidos legalizados durante la Transición. Conservo un librito que servía como guía en esos años de recién estrenada democracia. Casi todos los partidos de izquierdas que aparecían en ese folleto desaparecieron sin dejar ningún recuerdo en la memoria colectiva. La derecha también sufrió esa dispersión, pero la desaparición de Fuerza Nueva despejó el camino al PP, que absorbió a la mayoría de los nostálgicos del franquismo con un discurso a medio camino entre el pragmatismo y el nacionalismo español. El PCE no desapareció, pero se quedó en los márgenes, desempeñando un papel testimonial. El bipartidismo gozó de buena salud durante décadas, pero la crisis de 2008 dibujó un nuevo paisaje. Cobró fuerza la tesis de que PP y PSOE eran lo mismo, las dos caras del régimen del 78, lo cual favoreció las actitudes antisistema. Durante el 15-M, volvió a circular la retórica revolucionaria. De nuevo, se puso de moda el Che, se habló de “jarabe vietnamita”, de “asaltar los cielos” y se exaltaron a figuras como Gudrun Ensslin y Ulrike Meinhof, dos de las dirigentes de la Fracción del Ejército Rojo, un grupo terrorista de extrema izquierda que acabó con la vida de 33 personas. 

El sarampión revolucionario remitió pronto, entre otras cosas, porque los líderes surgidos del 15-M se acomodaron al sistema y adoptaron el estilo de vida burguesa que tanto habían criticado. Decepcionados, muchos de los que votaron a Podemos en sus inicios, desviaron su mirada hacia Vox. Poco a poco, el discurso antisistema cambió de mantras. En vez de “asaltar los cielos”, ahora se habla de «remigración» y los nuevos ídolos no son guerrilleros con boina y una metralleta colgada del hombro, sino los soldados de los Tercios de Flandes, idealizados en novelas y ensayos históricos. Pedro Insúa, profesor de filosofía e historiador aficionado, afirma que los Tercios no eran tropas mercenarias y brutales, sino la quintaesencia del genio hispano y la vanguardia de la vasta misión civilizadora del Imperio español. Hace años, solo se leían cosas así en los ensayos del perturbado Ernesto Giménez Caballero, el “Groucho Marx” del fascismo, según acertadas palabras de Francisco Umbral. El pseudohistoriador Javier Rubio Donzé, creador de Academia Play, se mueve en la misma onda delirante. En sus vídeos con dibujitos infantiles, se blanquea a Torquemada y Franco, mientras se demoniza a la izquierda. En circunstancias normales, estos delirios solo producirían irrisión, pero hoy en día constituyen un motivo de preocupación, pues proporcionan argumentos a la ofensiva reaccionaria que cada vez seduce a más jóvenes. 

Hay que llamar a las cosas por su nombre. Al igual que otros países, España no se desliza hacia la derecha, sino hacia un nuevo fascismo. Vox no se pasea por las calles con símbolos nazis, como Núcleo Nacional, pero plantea las mismas tesis: las elites globalistas utilizan la inmigración para destruir la civilización blanca, cristiana y occidental, la avalancha migratoria podría transformar Europa en un archipiélago de teocracias islámicas, el wokismo pretende destruir la familia tradicional, la sagrada unidad de España solo podrá preservarse ilegalizando a los partidos independentistas. Celebro la iniciativa de Gabriel Rufián, al que considero más apto como agitador que como hombre de Estado, pero no me parece sensato plantear la reconstrucción de la izquierda sin contar con el PSOE y, sobre todo, sin elaborar un discurso capaz de competir con los sugestivos bulos de la derecha. Las mentiras son deleznables, pero poseen un poder hipnotizador. En los años 30, echó raíces la idea de que una conspiración judeo-bolchevique pretendía dominar el mundo. Hoy, el papel de chivo expiatorio se reparte entre los inmigrantes, las elites globalistas, la izquierda woke, el feminismo, el colectivo LGTBIQ+ y los ecologistas. 

Gabriel Rufián no se equivoca al afirmar que los departamentos universitarios y los platós televisivos no son los mejores espacios para crear un discurso capaz de calar en la sociedad. La izquierda debe reconstruirse desde abajo, trabajando a pie de calle. Hay que ir a los barrios, acercarse a la gente, organizar actividades comunitarias. Los “curas rojos” de los 70 actuaron de ese modo y muchas veces convirtieron sus parroquias en focos de resistencia popular contra la dictadura. Mi mujer nació y creció en el barrio obrero de Moratalaz, situado en el extrarradio de Madrid. Allí tenía su parroquia el padre Mariano Gamo, que en 1963 se hizo cargo de Nuestra Señora de la Montaña, donde colocó el cartel “La Casa del Pueblo de Dios”. Entre sus muros, comenzaron a reunirse de forma clandestina las primeras Comisiones Obreras y el incipiente movimiento vecinal. Detenido en 1969 por pedir durante la eucaristía la liberación del pueblo oprimido por la tiranía de una minoría, Gamo fue juzgado por el infame Tribunal de Orden Público y enviado a la cárcel de Zamora, donde pasó tres años. Fue uno de los 120 sacerdotes encarcelados por la dictadura. En 1973, Gamo se negó a que se rezara en su parroquia un padrenuestro por Carrero Blanco. Detenido por el sádico policía Billy el Niño, ingresó en la cárcel de Carabanchel en tres ocasiones. Tras la muerte de Franco, dejó la parroquia y en 1977 se presentó a las elecciones por la Organización Revolucionaria de los Trabajadores (ORT). No salió elegido, pero en los noventa fue diputado regional por Izquierda Unida. Murió a los 92 años, pero hasta que se lo permitió su salud se implicó en movimientos sociales, vecinales y trabajó con las comunidades cristianas de base. 

Mariano Gamo afirmaba en broma que él había creado los Guerrilleros de Cristo Rey, pues uno de los primeros atentados del grupo terrorista de extrema derecha creado —según todos los indicios— por los servicios secretos del Estado (SECED) durante la presidencia de Carrero Blanco, consistió en quemar su parroquia, donde mi mujer iba a celebrar su primera comunión a los pocos días. Mariano Gamo, un hombre valiente y con ingenio, no se dejó intimidar y organizó la celebración en la calle con bancos de un parque público. Los padres de los niños cubrieron el suelo y los bancos con sábanas blancas y flores para crear un ambiente festivo. 

El padre de Mariano Gamo fue asesinado por milicianos republicanos durante la Guerra Civil, lo cual no le impidió alinearse con los más humildes después de un período como capellán del Frente de las Juventudes. Su pérdida no solo no ofuscó su juicio, sino que exacerbó su sentido de la justicia y el compromiso. La izquierda necesita figuras de su talla moral, acreditadas por su trabajo en los barrios, por su cercanía a los problemas de la gente, por su coraje y coherencia. Las estrellas que surgen en la atmósfera tóxica de ciertos platos televisivos o en departamentos universitarios desconectados de la calle no inspiran la misma credibilidad y su trayectoria política suele ser tan fugaz como un cometa. Mucho ruido y pocas nueces. Gabriel Rufián ha puesto el dedo en la llaga, pero creo que hace falta algo más que organizar encuentros, participar en tertulias y firmar pactos. Para que la política sea un arma cargada de futuro, hay que arremangarse, cultivar la humildad y pisar barro.

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