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La verdad de las mentiras en Canal 9

Los trabajadores de Canal 9 anunciando el cierre de la cadena.

Iolanda Màrmol

Siempre pensé que cuando saliera de Canal 9 compraría una docena de ejemplares de 1984, de George Orwell, y los dejaría sobre la mesa de algunos directivos. Error. Hubiese necesitado muchos más. Y repartirlos no sólo en la tele, sino también en el Palau de la Generalitat Valenciana.

Pero la vida no es siempre como una la planifica, cuando conocí la noticia del cierre, no corrí a comprar los libros. Llegué a casa. Abrí el Ipad. Y escribí de forma automática. Sólo me detuve un momento para poner el título: Mis mentiras en Canal 9. Luego Twitter hizo el resto.

Lo que cuento es cierto. Pero es sólo un grano de arena, una pequeña pincelada, lo primero que yo recordé de lo mucho que he vivido en Canal 9. Es cierto que la Generalitat ejercía un control férreo de la información. Es cierto que imponía temas, enfoques, prohibiciones. Algunas veces con órdenes claras, otras de forma indirecta, porque todos sabemos que hay muchas maneras de manipular.

Pero también es cierto que muchos redactores no aceptamos estas consignas con resignación. Hicimos nuestras pequeñas rebeliones, ya sé que insuficientes. He visto a editores negarse a abrir el informativo con la noticia impuesta. Les he visto dimitir. Y yo, en mi papel como redactora, trataba siempre de hacer directos. Porque en los directos se improvisa, los textos no se escriben. El control es más complejo. Y es cierto que luego llegaba la llamada “ya sabes que no decimos recortes sino ajustes”, pero a mí durante un tiempo me pareció que era la única forma de rebelarme. Contarlo en directo y exponerme después a la llamada al orden.

Nunca firmé las piezas en las que me cambiaban los textos. Un clásico era que en Madrid las manifestaciones contra el Gobierno de Rajoy “no colapsan” el Paseo del Prado, sino que “transcurren por”, como si la gente hubiese salido a pasear. Y sabemos que una imagen miente más que mil palabras. A mí, en Madrid, desde que ganó Rajoy, me pidieron que no incluyese planos cortos de las pancartas en contra del Gobierno o el presidente.

Hay mucho más. Lo contaba en mi twit. Sacar el perfil bueno de Eduardo Zaplana. Y cuando Camps le sucedió en la Generalitat, órdenes explícitas para que Zaplana no apareciese. Pueden imaginarse lo complicado de montar una pieza en la que él estaba en medio de un grupo, o explicar lo que ha dicho como portavoz del PP en el Congreso sin nombrarle.

Vi a directivos ir y volver cada día en taxi a las instalaciones de Canal 9. Cava y fiesta en despachos cuando el PP ganaba elecciones. Odas a Camps. A Terra Mítica. Contar las bondades de la Copa América. Y otro tanto que yo ignoro. Hubo un despilfarro absoluto del presupuesto para convertir Canal 9 en el No-Do. Sucede igual en muchos medios y me sorprende el revuelto porque es un secreto a gritos.

En mi caso, un día decidí que mis pequeñas rebeliones eran insuficientes. Sentía vergüenza de trabajar en un medio con una reputación pésima. No quería vincularme a esos valores, que no son los míos. Hice autocrítica, decidí marcharme y me adherí al ERE, pero mi solicitud fue denegada.

En estos últimos meses, con el cambio de dirección en la cadena, todo cambió. O casi. De repente, entrevistábamos a los grupos de la oposición. Nadie te llamaba para dar consignas. Hacíamos periodismo. Pero fue demasiado tarde. Canal 9 había perdido toda su credibilidad día a día durante años y eso, en comunicación, se mide en audiencias. Ya nadie nos veía porque habían dejado de creernos. Y de querernos.

Los valencianos no aman a su televisión y no van a reivindicarla. Ahora, centenares de profesionales excelentes, mis compañeros, mis amigos, se quedan sin trabajo. Yo también. Dice Fabra, que prefiere cerrar la tele a cerrar un hospital. La demagogia en estado puro. Me temo que el president ya leyó 1984. Y no tengan ninguna duda, su precampaña electoral empieza hoy.

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