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Un 3 de diciembre cualquiera

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“No sufro una parálisis cerebral. Tengo una parálisis cerebral, sufro a la gente”.

Esta traducción patatera de la frase que escuché decir a la cómica estadounidense Tina Friml, es la manera más descriptiva de definir mi estado de ánimo permanente

No soy consciente del momento en el que la candidez infantil que me hacía pensar que tenía el don de caer bien a todo quisqui, dio paso a la amargura de no saber cuánta de esa gente en realidad solo pensaba que era gilipollas. Llamémoslo amargura o suspicacia, me da igual, no pienso renunciar a ella.

Desde un punto de vista completamente profesional y aséptico, mi psicólogo culpa de todo a la ignorancia. Lo comparto. Sin embargo, invariablemente, la pregunta que lanzo a renglón seguido es hasta cuándo vamos a considerar la ignorancia supina acerca del mundo que nos rodea un eximente válido.

Por si alguien se lo pregunta: No, no estoy agradecida a mi discapacidad a no ser porque mi otra opción era espicharla; si mañana me dicen que un chip que va a enviar toda mi memoria cerebral al escritorio del Pentágono, va a formatear mis conexiones neuronales, solo pediré que confirmen la hora para llegar en punto a la implantación; y, no, no me atormentan los porqués.

Tengo la capacidad de ser feliz tan intacta como el resto de mi generación. Incluso puede que me divierta un poco la forma de menospreciar constantemente mis atributos (si son muchos o pocos, no los voy a valorar aquí), y de subestimar lo zángana y caradura que puedo llegar a ser (si es mucho o poco...).

Como discapacitada reivindico vivir mi vida mediocre y gris sin sentirme como Meryl Streep si de repente apareciera en El Provencio. También exigiría integración si pensara que es necesario, pero me inclino a pensar que con que se respeten nuestros derechos como ciudadanos (por supuesto, incluyo el de reunión, el de hacer uso de la vía pública sin poner en riesgo nuestra integridad, el de acceso a una vivienda digna, etc.), lo demás, ya tal.

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