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Carta abierta a los líderes de izquierdas

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¡Que viene el rojo feroz!

Desde el batacazo de la izquierda en las elecciones madrileñas, nos preguntamos qué ha llevado al electorado a votar en masa a la incompetente Díaz Ayuso. Se han dado muchas respuestas y muy válidas a esta cuestión, pero hay una que no aparece nunca. El miedo al rojo feroz y al hombre de la hoz y el martillo que vienen a despojar al país de su riqueza.

En Madrid, el motivador “comunismo o libertad” debería habernos dado la clave. Hagamos un apunte sobre por qué no funcionó en la misma medida el “democracia o fascismo”. La respuesta es muy simple, porque ningún partido dice abiertamente ser fascista, porque los políticos fascistas disfrazan su discurso de odio con proclamas de libertad y democracia.

Sin embargo, el comunismo y el socialismo siguen ahí, a cara descubierta, con la etiqueta bien visible para que el miedo a regímenes como el chino, el cubano y el venezolano formen una imagen vívida y amenazante en el imaginario de los ciudadanos.

Muy poco nos ha favorecido que Unidas Podemos no haya hecho condena expresa de la situación en Venezuela. Por el contrario, la amistad de Pablo Casado con el presidente de Colombia no nos horroriza. El por qué es bastante sencillo, porque el uribismo de Iván Duque se hizo con la mayoría parlamentaria gracias a los ataques al castrochavismo. Prometió a los colombianos la libertad y el bienestar capitalistas ocultando cuidadosamente una política neoliberal que ha ahogado al pueblo hasta sacarlo a las calles y hacerse asesinar por la policía y el ejército de su propio país.

Francamente, no sé cómo es el ideario del PCE actual ni cuáles son las líneas maestras de Izquierda Unida. Lo que sí me consta es que la ministra de trabajo y el ministro de consumo están haciendo una labor excepcional y desmienten el fantasma que el fascismo encubierto ha dibujado. Pero eso no basta.

Pedro Sánchez, que se enfrentó al aparato del partido socialista y ganó la confianza de los militantes, se está comportando con miedo. Tiene tanto miedo por todos los frentes que sus políticas son tímidas, tibias o clara e insultantemente propias de la derecha como son las devoluciones en caliente. ¡Y no es de extrañar! En cuanto abre la boca se le echa encima la derecha que se levanta orgullosa pisando las cabezas de los vulnerables que le han ofrecido sus votos. Los propios barones del PSOE, que se han mantenido aferrados a los sillones bipartidistas del pasado, se le lanzan al cuello. Y, para colmo de la ceguera, en vez de identificar correctamente al adversario, Sánchez dificulta la labor de sus socios de gobierno en vez de aprovechar su potencial.

Mientras tanto, el mundo avanza hacia el encumbramiento de lo peor de la especie. Turquía, Brasil, Colombia, Polonia, Hungría, Filipinas, Israel, la India y no sé cuántos países más refrendan en las elecciones a líderes políticos que hacen mofa de los derechos y las libertades civiles. La propia Francia, con su estandarte de libertad, igualdad y fraternidad está al borde de ser presa de un fascismo electo de Le Pen.

Lo más penoso de todo es que nuestros protofascistas se duelen abiertamente por los pobrecitos indios que mueren a puñados, se llevan las manos a la cabeza por la brutalidad de los israelíes y lloran por la selva amazónica que sus correligionarios están destruyendo. Pero no se sienten identificados, no tienen la menor idea de que es ese tipo de presidente el que sentará sus neoliberales posaderas en los sillones de la Moncloa aupado por sus votos ignorantes.

Toda la izquierda debería sentarse un día y plantearse que los ciudadanos no tenemos la menor idea de qué es lo que hoy día lleva la etiqueta de socialista y de comunista. ¡Educación, señores, educación!

¿Somos de verdad el hombre del saco?

Pues empiecen a explicar la respuesta de una vez y destruyan al fantasma del miedo creado por la ultraderecha que nos va a devorar un día de estos.

Salud y república

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