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Europa en el nuevo orden mundial

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Parece muy evidente que la época de la diplomacia quedó atrás. Numerosos miembros del gabinete de Donald Trump, comandados por Stephen Miller, afirman sin pudor su creencia de que el mundo no se rige por el derecho, sino por la «ley de la selva». Una ley que dominan los depredadores, que, para sorpresa de nadie, es la forma en la que ellos mismos se autodenominan. Ni qué decir tiene que depredación y convivencia son absolutamente incompatibles.

En estos momentos, hay 3 superpotencias mundiales y, una de ellas, E.E.U.U. ha empezado a dar pasos para comportarse como ese depredador que alardea ser (o ese niño caprichoso, más bien) adueñándose de territorios y, sobre todo, de recursos indispensables para la tecnología que definirá el futuro de la humanidad (como, por ejemplo, las tierras raras que abundan en Groenlandia). Nadie en su sano juicio puede creerse que E.E.U.U. vaya a detener sus ansias expansionistas en la anexión virtual de Venezuela. Lo siguiente parece Groenlandia, pero bien podría ser México, Cuba, Colombia… O Canadá. En cualquier caso, sus miras son claras: hacerse con todo el continente.

¿Alguien se piensa que Rusia o China se van a quedar mirando cómo su rival se fortalece?

Así que, siguiendo la lógica del poder (esa que es contraria a todo síntoma de humanidad), es de suponer que las otras dos superpotencias comenzarán pronto a expandirse. Los movimientos de buques chinos en torno a Taiwan no parecen sino un ensayo de lo que está por venir. Si nadie puede hacer frente a E.E.U.U. en América, tampoco nadie puede hacer frente a China en el Sudeste Asiático.

En cuanto a la tercera superpotencia en discordia, no hace falta ser Nostradamus para ver que un hombre acostumbrado a la violencia como Putin no va a dejar que Rusia se quede atrás en esta competición por expandirse.

El menosprecio de Trump a la Unión Europa y la manera en que aventuró el fin de nuestra civilización en los próximos años no puede sino obedecer a informes privilegiados. Esos informes privilegiados de las inteligencias que aseguran, sin asomo de duda, que Rusia atacará a un país miembro de la Unión y, por tanto, muy probablemente también de la OTAN en los próximos años. Una OTAN comandada por unos Estados Unidos cuyo presidente ya ha dejado más que claro que no piensa mover un solo dedo para defender Europa.

Porque Europa necesita que la defiendan. No es, ni está cerca de serlo, una superpotencia. En esta carrera desquiciada por expandirse para controlar el nuevo orden mundial, Europa se ha quedado trágicamente atrás. Precisamente porque, por mucho que se nos diga lo contrario, Europa ni es ni ha sido nunca una verdadera unión.

Por más que se nos vendiera como una idea de convivencia, lo cierto es que la UE se creó con la intención de competir económicamente con mercados mucho más fuertes como el chino o el americano. Pero jamás funcionó como una unidad. El parlamento europeo no pasó, en ningún momento, de ser un órgano regulador de la toma de decisiones económicas de cada país miembro, pero jamás ejerció como gobierno central. Se respetaron las individualidades de cada nación y, sin saberlo entonces, se sacrificó así el futuro poder del conjunto. Un poder que ahora que las amenazas son enormes e inminentes se hace más necesario que nunca.

Los monstruos han despertado y han puesto a la razón a dormir. Es una desgracia pero es el nuevo orden mundial en que nos movemos. Nos guste o no. La próxima usurpación de Groenlandia a cargo de E.E.U.U., sea mediante intervención militar o expropiación económica, es una humillación para la Unión Europea. Una muestra más de que la época de la diplomacia y el derecho internacional han quedado atrás. Ya solo importa el poder.

Un poder que Europa solo podrá contrarrestar dejando atrás sus discrepancias particulares y convirtiéndose en una unión de facto: con un gobierno centralizado, una economía tendente a la autarquía y un ejército común.

Cualquier otra alternativa, basada en el «sálvese quien pueda» practicado de manera individual por cada país de la Unión implicará condenar definitivamente a nuestra civilización y darle la razón a Trump.

Vamos con retraso. No sigamos retrasándonos por empeñarnos en ser racionales en un mundo inequívocamente irracional. No querer creernos las amenazas, que no son sino intenciones más o menos veladas, es condenarnos a la desaparición.

O somos Europa o no seremos nada.

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