Los mercaderes del dogma: el desahucio de la compasión
Los más vulnerables ha quedado registrado al descalificar abiertamente medidas de ayuda y acogida humanitaria a las personas migrantes tildándolas de decisión «populista y demagógica». Con este tipo de declaraciones, que han provocado que colectivos de la propia comunidad cristiana califiquen su postura de «vergonzosa» por aproximarse a las voces extremistas, Sanz Montes se comporta más como un activista de extrema derecha con mitra que como un pastor de almas, incendiando la convivencia en lugar de sembrar Caridad.
A este tándem de la intolerancia se une el incombustible José Ignacio Munilla, actual obispo de Orihuela-Alicante. Aunque en los últimos tiempos pretenda mantener un perfil mediático aparentemente más discreto en comparación con sus años de omnipresencia tertuliana, sus intervenciones siguen rezumando el mismo clericalismo rudo y dogmático de siempre. Munilla, que llegó a calificar públicamente la acogida e integración de migrantes en situación de extrema vulnerabilidad como una simple «estrategia para conseguir otros fines», encarna a la perfección la obsesión inquisitorial por fiscalizar la vida privada y los derechos reproductivos de los ciudadanos, mientras mira sistemáticamente hacia otro lado ante las injusticias estructurales de los mercados.
La paradoja resulta sangrienta. Estos prelados exigen un control absoluto sobre las leyes del Estado civil y pretenden dictar la moral pública, pero guardan un silencio sepulcral ante los desahucios reales provocados por los fondos buitre y la especulación inmobiliaria. La institución que dirigen gestiona un inmenso y opaco patrimonio inmobiliario que jamás ponen a disposición de la emergencia social. Prefieren blindar los privilegios fiscales de sus palacios y usar el púlpito para difundir el miedo a una supuesta “invasión” humanitaria, pisoteando sin pudor el mandato expreso del propio Papa Francisco de acoger, proteger e integrar al migrante.
Por fortuna, esta iglesia oficial, radical y desvergonzada no representa al conjunto de los creyentes. Frente al dogmatismo feroz e inhumano de Argüello, Sanz Montes y Munilla, subsiste en España una corriente viva de prelados con mentalidad abierta, sacerdotes comprometidos en los barrios obreros, religiosas en primera línea de la exclusión social y comunidades laicas de base. Ellos sí entienden que el Evangelio se conjuga arrimando el hombro con los desfavorecidos y defendiendo la justicia social, y no lanzando soflamas ideológicas desde la comodidad palaciega.
Personajes como Argüello y sus aliados ultras representan la versión más oscura del nacionalcatolicismo: obispos que tienen cualquier cosa menos el espíritu del carpintero de Nazaret. Al transformar la cruz en un ariete político y utilizar la miseria y las tragedias de los desamparados para sembrar el odio, han consumado la peor de las expulsiones: han desahuciado de forma definitiva la compasión, la misericordia y la decencia del seno de su propia Iglesia.
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