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Un mes de duelo inesperado por Robe Iniesta
Esta semana me atreví a dar el paso, casi a los 40 años, de ir por primera vez al psicólogo. No voy a entrar en detalles al respecto de qué me llevó allí, simplemente diré que todo transcurría con normalidad hasta que, me dio por reflexionar que encima de todo lo que me pasaba se había muerto “el puto Robe”. Y justo en ese momento, y no cuando hilvanaba mis movidas, es cuando la voz se me quebró.
Me contuve para no arrancar a llorar y mi psicólogo, que escuchaba atentamente, se permitió intervenir para revelarme que no era el único que reaccionaba así a lo de Robe. Me explicó que por lo que sea, esta persona, ha sido importantísima para muchísima gente y que ni de lejos era el primero que se desmoronaba como reflejo de su fallecimiento (detonante de otras cosas, claro).
Ingenuo de mí, nunca pensé que pudiera llegar a adentrarme en un proceso parecido al de un duelo a causa de la muerte de un cantante, de un poeta o de una figura pública a la que no conocía personalmente, como si aún fuese un quinceañero con el lóbulo frontal en proceso de construcción. Es más, llorar por Robe me resulta ridículo, pero es ponerme a pensar en que ya no está por ahí, escribiendo canciones o haciendo de las suyas en Plasencia o en el País Vasco y es como abrir una caja de Pandora que da rienda suelta al desconsuelo y al llanto.
Pero es que no, no lloro por él, sino que lloro por mí, porque se me ha ido algo, una voz, una opinión que sin darme cuenta era uno de los pilares que sostenía mi identidad, una figura de referencia para mi yo del pasado que ya no volverá.
Aunque no compartiese su visión de la vida en muchos aspectos, escuchar Extremoduro era asomarse a un abismo poliédrico, como hurgar en una mente en pleno estado de efervescencia. Una muestra de antistablishment en la que todo estaba permitido, donde no importaba el qué dirán, donde apartarse del mundo y desfogar. Un grito desgarrador, sincero, vulnerable y valiente a la vez. Un asidero lejos del puritanismo. Un rincón de seguridad.
Y es que sus canciones siempre fueron para mí una válvula de escape. Como la anarquía de la ‘Pedrá’, que me acompañaba al instituto en los auriculares; un flujo de pensamientos anómalos y contradictorios, cambiantes estados de ánimo y emociones desatadas. O ‘Ama, ama, ama y ensancha el alma’ que define a la perfección ese idealismo, tal vez ingenuo, de huir de la rueda capitalista, vivir a tu aire y construir un mundo un poco mejor.
En su cima creativa, ‘La Ley Innata’, podías ver cómo Robe había cambiado y madurado junto a ti. Era terapéutico escuchar aquel disco, de canciones hiladas y relacionadas entre sí, por la cascada de emociones que exponía. Robe se abría en canal, pasando de lo más amoroso, reflexivo y vulnerable, a la ira o al sin sentido, en un equilibrio perfecto de calma, caos y cambios de ritmo que te dejaba seco. Y, después de soltarlo todo, derivaba en un clímax de belleza y paz.
Robe era capaz de decir lo que le venía, lo que le salía de los huevos; ofender, decir barbaridades y sobrevivir a la crítica, tenía la habilidad de que sus palabras no sonaran mal. Se le perdonaba por el aura que desprendía y por la capacidad poética de convertir lo mundano, lo guarro, lo disfuncional, lo prohibido y lo soez en oro. Se mostraba inseguro, dolido, frágil y a la vez poderoso, diciendo las cosas tal y como le venían, sin tapujos.
Aunque no me lo esperaba para nada, ahora siento que el mundo es un lugar más feo sin la verborrea de este hombre sin miedo a exponerse. Así lo demostraba en discos que en los que no se permitía más aflicción que la vomitera de emociones descontrolada, sin censura.
Este sentimiento es lo que resuena ahora dentro de mí como una brecha. Que ya no existe ese asidero, esa hecatombe que cuando era un chaval me hacía desconectar de los juicios y de la rectitud de una sociedad enferma y que me permitía habitar confortablemente una fantasía poética, idealista y generacional. Un nexo que me equilibraba y conectaba con otros.
Sin embargo, siento que una vez más Robe me ha salvado sin pretenderlo, porque el muy cabrón ha conseguido morir en el momento exacto en el que yo necesitaba que todo terminase de irse al garete. Era imposible reaccionar sin un derrumbe total, y la resaca de su muerte me ha hecho ver que hay algo en mí que debe recomponerse. Una casualidad que paradójicamente me ha dado el impulso necesario para intentar volver a levantarme.