Los jóvenes que viven en la España vaciada: “La vida no es de color rosa, pero en la ciudad no saben cómo son los pueblos”
En España ya viven 49 millones de personas y la población aumenta en todas las comunidades autónomas, a excepción de Extremadura, según recogen los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Catalunya, la Comunidad Valenciana y la Comunidad de Madrid son las que más crecen. Aunque el número de habitantes no deja de aumentar, la despoblación de las zonas rurales es un problema que afecta a miles de municipios en España, donde el éxodo rural de los más jóvenes ha agudizado esta tendencia, que sufren de lleno los pueblos más pequeños, que siguen reclamando mejores servicios y oportunidades.
Muchos municipios corren el riesgo de desaparecer. La baja natalidad—hay pueblos donde no nace ningún bebe en todo un año—, la salida de miles de jóvenes en búsqueda de mejores oportunidades y las dificultades en el acceso a servicios de calidad son factores que afectan de lleno a miles de localidades en nuestro país: “No tenemos viviendas, muchas son de fin de semana y vacaciones, y hay personas que quieren venir a vivir aquí, pero no pueden”, cuenta Adrián García, un joven de 26 años que vive en Sorihuela, un pequeño pueblo en la provincia de Salamanca.
En más de la mitad de los municipios de España, el 53,9%, la población ha aumentado o se mantuvo durante el año 2024. Pero España sigue siendo un país desigual, y su población es un ejemplo de ello. De los 8.132 municipios que hay en nuestro país, en 4.975 viven menos de 1.000 personas. Mientras el 40,9% habitaba municipios mayores de 100.000 habitantes el 1 de enero de 2025, tan solo el 2,9% lo hacía en aquellos de 1.000 o menos habitantes, cuya población está más envejecida.
Los jóvenes, el motor de cambio
En Carucedo, un municipio de 478 habitantes en la comarca del Bierzo (León), vive Lucía Rodríguez, una joven de 22 años que trabaja en una fábrica de cervezas del pueblo: “Hace unos años se abrió este negocio para que la gente pudiera probar las cervezas artesanas, comer algo y poder disfrutar de las vistas”. Lucía destaca las ventajas de vivir en un pueblo: “Considero que la vida aquí es mucho mejor, no hay tanta gente ni tanto ruido, es un pueblo muy acogedor, y todos nos llevamos bien”.
Carucedo es uno de los municipios que sufrió la ola de incendios de este pasado verano. Sus habitantes fueron evacuados, y en la fábrica de cervezas del pueblo se quemaron varias naves. Las pérdidas ambientales y patrimoniales del territorio son difíciles de calcular, especialmente en este municipio donde se encuentran Las Médulas, el monumento paisajístico, Patrimonio de la Humanidad, que constituye un importante atractivo turístico en la región.
Maksim Bello (21 años) nació en Rusia y con apenas un año llegó a Carucedo. Ahora busca empleo, pero ha trabajado de soldador, vigilante de seguridad, en la vendimia… El joven resalta las dificultades a las que se enfrentan los pequeños municipios: “La gente de la ciudad no sabe cómo son los pueblos, los ganaderos y agricultores están pasando un mal momento, y no sacan el beneficio que debieran por su trabajo”. A pesar de la realidad que atraviesa el mundo rural, Maksim reconoce que la unión que hay entre los vecinos es una de las fortalezas del lugar: “Esto en la ciudad no ocurre, y yo no lo cambiaría por nada del mundo”, recalca.
Estudiar y vivir en un pueblo
Sorihuela es el pueblo de 255 habitantes al sur de Salamanca en el que vive Adrián. El joven compagina los estudios y el trabajo: “Estudio Ingeniería mecánica en Béjar, que me pilla a 12 kilómetros de casa, por lo que sigo viviendo con mis padres en el pueblo”.
Béjar es un municipio salmantino de 11.990 habitantes que cuenta con un centro universitario: la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de la Universidad de Salamanca. Esta localidad constituye un importante centro de recepción de jóvenes estudiantes que cada año se mudan allí. Adrián es compañero de Óscar, un madrileño de 23 años que decidió estudiar la carrera en Béjar y reconoce estar contento con la decisión: “Es una facultad pequeña, el ambiente es muy familiar y el trato con los profesores es muy bueno”, recalca.
Adrián cuenta que no le costó conseguir empleo en Sorihuela: “Mi padre es autónomo y siempre ha trabajado en el pueblo, dedicándose a la piedra y la albañilería”. Explica que en la zona hay trabajo, pero señala que el éxodo es un problema presente: “Los pueblos sufren mucho la pérdida de habitantes, que se va notando en la gente joven que decide estudiar y luego, cuando vuelve, no encuentra trabajo de lo suyo aquí”.
La vivienda, un problema urbano y rural
Vicente Garrido tiene 26 años y vive en Perales del Puerto, un pueblo extremeño de 877 habitantes, en casa de su pareja: “El acceso a la vivienda no es fácil, cada día sube más el precio y no se construye. Tener hoy una casa en propiedad es un privilegio de los que ya no hay”.
Vicente ha trabajado desde muy joven. Ahora continúa formándose y estudia un ciclo formativo sanitario: “En el pueblo la gente cada vez es más mayor, otros se van jubilando y hay cuatro jóvenes contados. Esto afecta al trabajo”, explica. En cuanto a los retos a los que se enfrenta el municipio, Vicente incide en que “Extremadura está olvidada”, lo que unido a las dificultades que tienen los trabajadores del sector primario, se ha “idealizando la vida en los pueblos, aquí no todo es de color de rosa”, apunta.
Juana Garrido (25 años) también tiene esa sensación. Ella vive en Hontalbilla, un municipio segoviano de 276 habitantes: “La gente cree que la vida en los pueblos es fácil y no es así”. Juana comparte casa y gastos con sus tres hermanos, y la joven cuenta los problemas que tienen los municipios más pequeños: “Hay poca comunicación con las grandes ciudades, y si no tienes carnet de coche no puedes hacer nada”. Cada día, se tiene que desplazar a otra provincia para trabajar en una escuela infantil de un pueblo de Valladolid, pero cuenta que en Hontalbilla están sus orígenes: “Aquí me he criado y quiero mantener vivo el pueblo”, señala la joven.
1