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Los colaboracionistas de Donald Trump
En el nuevo mapa político de 2026, Delcy Rodríguez y Santiago Abascal tienen mucho en común. Ambos son piezas muy útiles en la estrategia imperialista estadounidense. Ambos envuelven su discurso doméstico en la retórica de la patria, de una soberanía que ninguno de los dos defiende en realidad. Y ambos comparten un aliado o, más bien, un mismo jefe: Donald Trump.
El presidente estadounidense ya lo había avisado. Todo lo que está haciendo aparece negro sobre blanco en un reciente documento oficial: la Estrategia de Seguridad Nacional. Allí deja claro que su objetivo no es expandir la democracia ni defender los derechos humanos; que su prioridad es beneficiar a Estados Unidos. Y que no existe ningún problema en pactar con regímenes autoritarios o que no compartan sus valores, siempre que el acuerdo sea útil para sus intereses.
Todo esto, exactamente esto, es lo que Trump está aplicando en Venezuela. Para sorpresa de María Corina Machado, esa cuestionable Nobel de la Paz que recibió este galardón mientras celebraba la intervención militar de EE UU contra su país. Y que Trump deliberadamente ha dejado a un lado.
Tras el secuestro de Nicolás Maduro, EE UU ha decidido apostar por su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, siempre que entregue buena parte de su petróleo y abandone sus lazos con Rusia, China, Cuba o Irán.
Da igual el discurso que Delcy utilice para su público local: lo que importa es lo que haga, no lo que diga. Si cumple con Estados Unidos, ella y el chavismo podrán seguir en el poder durante una transición que no se sabe hacia dónde se dirigirá. Como dijo el propio Trump, que los venezolanos puedan votar libremente no es una prioridad.
El problema nunca fue que Maduro robara las elecciones –como en efecto hizo–. Venezuela no es menos democrática que Arabia Saudí.
Tampoco el supuesto narcotráfico. Trump acaba de indultar al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años de prisión por narcotráfico; cobró decenas de millones de dólares en sobornos, entre otros, del Chapo Guzmán.
Ni que Maduro se haya podido enriquecer con la corrupción: dudo que le encuentren en Suiza más dinero del que se ha llevado la familia de Trump.
Ni mucho menos los derechos humanos. ¿Cómo le van a preocupar las vidas de los venezolanos al mismo gobernante que pisotea las de sus conciudadanos en Minnesota, con el impune asesinato a tiros de una madre por desobedecer una orden de su milicia particular, los agentes de la policía ICE?
Trump no ha cumplido siquiera el primer año de su vuelta al poder –será el 20 de enero– y apenas doce meses han bastado para ver, en directo y a enorme velocidad, la demolición del orden internacional y de las propias instituciones democráticas en EE UU, un país que evoluciona a pasos agigantados hacia un nuevo régimen autoritario. Nada sorprendente en el mismo presidente que intentó un golpe de Estado tras perder las elecciones, justo cinco años atrás.
Tras convertir Venezuela en una suerte de protectorado, llega Groenlandia en el Risk de Donald Trump. Un objetivo que es probable que consiga, viendo la incapacidad europea para responder a todos sus órdagos durante el último año.
Europa podría mandar tropas, sí. Así lo exige el artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea: “Si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance”. Solo hay un problema: Trump ya tiene a sus tropas en Groenlandia, en la base de Pituffik.
En caso de un conflicto militar abierto, EE UU tampoco necesitaría trasladar tropas a Europa. Ya tiene cerca de 70.000 soldados aquí, en más de 40 bases militares desplegadas por todo el continente.
La presión contra Dinamarca para que “pacíficamente” venda Groenlandia es cada vez mayor. Como si estuviéramos otra vez en el siglo XIX y la opinión de los que allí viven no valiera nada; como hizo Napoleón con la Luisiana francesa, Fernando VII con La Florida española, o el zar Alejandro II con Alaska.
Pero su plan para la UE va mucho más allá de arrebatar Groenlandia a Dinamarca. Y aparece en ese mismo documento que antes citaba: su Estrategia de Seguridad Nacional. Allí se explica tan claro como lo que ha ocurrido en Venezuela.
Donald Trump pide a Europa que aumente su gasto en defensa y elimine regulaciones. Traducido: en ausencia de petróleo que robar, Trump quiere que Europa le compre más armas y permita que sus monopolios tecnológicos se lucren a costa de los europeos sin ninguna cortapisa o control.
La ambición de Trump en Europa también necesita de colaboracionistas. Y no oculta quiénes son: “La creciente influencia de los partidos europeos patrióticos da, en efecto, motivos para un gran optimismo”, dice la Estrategia de Seguridad Nacional.
El Gobierno de EE UU va a favorecer a la extrema derecha europea y no se descartan injerencias en los procesos electorales –exactamente igual a lo que hizo Putin en la primera elección de Trump y con las mismas herramientas, las redes sociales–. Siempre a favor de estos partidos ultras a los que Trump llama “patriotas”. Y que son tan patriotas como el general Pétain.
Es ahí donde Santiago Abascal es un instrumento al servicio de Donald Trump, igual que Delcy Rodríguez –y al menos la venezolana ha llegado a esa posición a la fuerza, no por convicción–. Porque él es su preferido al frente de un dócil gobierno español. Un supuesto patriota al servicio de otra patria. Alguien que defiende los combustibles fósiles frente a las energías renovables en un país sin petróleo ni gas. Alguien dispuesto a asumir sin queja alguna que el chavismo que decía combatir sea ahora protegido por la misma mano que lo impulsa a él. Alguien que no dudaría en elevar el gasto militar del 2% al 5%, como exige Trump.
Solo ese objetivo, elevar tres puntos del PIB el gasto en armas, cuesta 48.000 millones. ¿De dónde saldrían? ¿Es compatible con mantener el actual estado del bienestar?
El papelón de la derecha española estos días, a cuenta de Venezuela, ha sido espectacular. Después de celebrar la supuesta caída de uno de los poquísimos gobiernos autoritarios que les incomoda en todo el mundo (y mira que hay) resulta que lo único que realmente ha caído es su dignidad. Con su silencio ante los abusos de Trump.
Al menos Abascal tiene motivos para agachar la cabeza: él es el elegido por Trump, como Meloni, Orban o Farage. Menos comprensible es la postura de Alberto Núñez Feijóo, callado ante las amenazas contra Europa de EE UU. Tan miope como para criticar a Pedro Sánchez por acudir a una cumbre europea para afrontar esta crisis, en vez de quedarse a escuchar otro discurso del rey en la Pascua Militar.
No hay hoy otro líder mundial que suponga una amenaza mayor para nuestro bienestar que Donald Trump. No hay tampoco ningún otro factor que ponga más en riesgo nuestra soberanía o la paz. Puede parecer algo tan lejano como Groenlandia o Caracas. No lo es.
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