La incertidumbre de los pesqueros gallegos en aguas de la Groenlandia que ansía Trump: “Otra piedra en el camino”
“Claro que tenemos barcos pescando en aguas de Groenlandia... ¿dónde no los tenemos?”. El tono de Javier Touza oscila entre el orgullo y la resignación. El presidente de la Cooperativa de Armadores de Pesca del Puerto de Vigo (ARVI) no dispone de los datos exactos cuando atiende la llamada de elDiario.es, pero confirma que, ahora mismo son “cuatro o cinco” los que faenan en esa zona, dedicándose principalmente en la captura de un camarón que luego se distribuye a toda Europa. Tras la guerra entre Rusia e Ucrania, la “inestabilidad” en Groenlandia supone para él “otra piedra en el camino” de la zona NAFO (Northwest Atlantic Fisheries Organization) frente a “lo tranquila que fue siempre”.
Esa calma política en el rico Atlántico Noroeste contrastaba con los problemas que la flota viguesa encontraba en muchos otros puntos del planeta: Somalia, golfo de Guinea, Malvinas... Y todo debido a una coexistencia que Touza considera “curiosísima”: “Donde hay pescado hay petróleo, diamantes, fosfatos... Llámese Marruecos, Namibia, Argentina, donde hay pescado hay energía”.
ARVI cuenta con 166 barcos pertenecientes a las 128 empresas asociadas en un enclave, el de Vigo, por el que pasan cada año más de 800 mil toneladas de pescado llegado desde “los principales caladeros del mundo”, como reivindica una asociación clave en un sector que da empleo a 32.000 personas en la ciudad y su área de influencia. Los que faenan en aguas de Groenlandia lo hacen cumpliendo el acuerdo entre el gobierno de la isla, la mayor del mundo, y la Unión Europea. Firmado por primera vez en 2021, y centrado en especies como el bacalao o la gallineta nórdica —aparte del propio camarón— su prolongación actual llegará hasta 2030 si los vaivenes políticos no lo impiden. No es la única relación con la ciudad olívica: los astilleros vigueses han construido en los últimos años modernos pesqueros de 80 metros de eslora o cargueros de última generación para el abastecimiento de los 56.000 habitantes de zona sur de la isla.
En ella, un gobierno con “cada vez más autonomía” dentro de su pertenencia al reino de Dinamarca, “había decretado que no se explotasen ni el petróleo ni el gas para no colaborar con el efecto invernadero”. Una situación que cambiaría si Donald Trump se hiciese con Groenlandia “por lo civil o por lo militar”, es decir, con una compra o una anexión. “Yo no lo veo”, asegura el presidente de ARVI. “Sería el fin de la OTAN y supondría una reconfiguración total de la relación entre Estados Unidos y Europa”. Si eso sucediese, el ansia por explotar los recursos de la isla tendría consecuencias directas sobre la pesca. “Nuestra actividad es incompatible con la búsqueda de minerales y gas en aguas profundas”, prospecciones que “usan ultrasonidos y eso expulsa al pescado”. Touza da por hecho que, en ese escenario, “establecerían zonas de exclusión, como Inglaterra en el Mar del Norte, y no tendríamos nada que hacer”.
Pese a tener un ojo en Groenlandia, el movimiento de Trump que más preocupa a los armadores es el que inició en Venezuela con el secuestro de Nicolás Madura y las consecuencias que puede acabar teniendo sobre el precio del crudo. “El gasoil es nuestro principal coste de explotación, no es igual que el barril cueste 70 dólares que 90”. Touza lo ejemplifica con uno de los buques que faena en las Malvinas: “Ese barco, enorme, consume de doce a quince mil litros de gasoil cada día... ¡cada día! Las campañas de pesca duran cuatro meses, así que una variación de 10 céntimos en el precio de un litro supone mucho dinero en juego”.
“Todo se ha vuelto inestable”
Las inquietudes sobre Groenlandia se suman a un largo listado de caladeros con problemas para la flota gallega. Entre lo más reciente, los actos de piratería en el golfo de Guinea, “porque de Somalia ya no te digo nada”. En Eurasia, después de que la “invasión” de Odessa en 2014 les obligase a cerrar un mercado de más de 50 mil toneladas de marujito —faneca plateada—, reorientaron su actividad hacia Ucrania. Pero llegó la guerra con Rusia y las sanciones que afectaron, sobre todo, a los barcos de armadores gallegos con bandera —y tripulación— rusa, dedicados a la pesca del fletán que, ante el veto internacional, se ven obligados a descargar en países como Marruecos o Cuba. “Son sociedades mixtas que se crearon hace años, no tienen relación con Putin ni están en la mesa de negocación con Ucrania”.
Y eso que el penúltimo escollo lo habían sorteado “porque actuamos de manera inteligente”. La llegada de Milei a la presidencia de Argentina vino acompañada de medidas que, de facto, abrían la puerta a la entrada de la flota asiática. “Pensaron que había que sacar partido de sus concesiones y que se las llevase el mejor postor”, una postura que Touza ve lógica “en un asesor de los que pisan alfombra pero no entiende nada”.
“Esto no funciona así”, señaló el presidente de ARVI antes de recordar que las empresas españolas tienen “una docena” de plantas de elaboración en zonas “deprimidas” como la Patagonia donde generan “miles de puestos de trabajo en tierra”. Por eso, los primeros que se opusieron a esa liberalización fueron los propios gobernadores y sindicatos de las provincias afectadas, que exigieron incentivos e incluso la obligación a la descarga en la costa, algo “de lo que China no quiere saber nada”.
“Primó la cordura”, dice ahora. “Sin seguridad jurídica no puede haber inversión y un nuevo gobierno, llámese Milei o llámese como se llame, no puede romper el statu quo”. Ese ejemplo le sirve para otros escenarios, como África. Están pendientes de un acuerdo entre la UE y Guinea Bissau a la que demandan “estabilidad”. “Quien va a pescar allí son personas y la seguridad de esas personas está bajo nuestra responsabilidad”. Sin embargo, esa misma inestabilidad es la que está llegando a otros mares del globo en los que era desconocida.
“Todo se ha vuelto incierto e inestable, los cisnes negros estan cambiando de color”. Para Touza, desde el atentado a las Torres Gemelas hubo “un cambio de toda la concepción de la vida, y ya no nos puede extraña una operación en la que entran a secuestrar a un presidente de un país; es alucinante”. La consecuencia, que “el derecho internacional se está resintiendo y vivimos polarizaciones brutales”.
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