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Solo el monstruo puede parar al monstruo
La democracia estadounidense siempre ha convivido con sus propios demonios, el racismo estructural, el supremacismo institucional, el poder del dinero y el autoritarismo. Donald Trump no ha inventado ninguna de esas patologías, las ha encarnado, las ha convertido en estrategia de poder, en espectáculo y amenaza.Solo el monstruo, en su versión democrática y constitucional, puede detener al monstruo de la autocracia.Trump regresa como un caudillo en campaña permanente, apelando al resentimiento como si fuera el nuevo contrato social. No promete gobernar, sino vengar; no desea representar, sino imponer. Cada palabra, cada mitin, cada amenaza contra jueces, fiscales, periodistas o países...constituye una erosión directa del principio republicano. Sin embargo, la Constitución de los Estados Unidos no es ajena ni ingenua frente a la posibilidad del tirano. Los Padres Fundadores diseñaron un sistema de contrapesos precisamente para contener a cualquier presidente que confundiera su cargo con un derecho divino.Y ahí entra el Congreso, esa criatura imperfecta, contradictoria y aterrorizada por la polarización. El Legislativo no solo es el órgano que aprueba leyes y sanciona presupuestos, es la auténtica muralla que separa la democracia de la tentación cesarista. Su poder de impeachment, su control presupuestario, su capacidad de confirmación de nombramientos, su solemne deber de fiscalización, son las herramientas que pueden frenar al Trump desatado. Pero solo si lo usa con valentía. La cobardía parlamentaria es el oxígeno del demagogo.El precedente de 2021 aún resuena: un impeachment abortado por la servidumbre partidista, pese a la evidencia del asalto al Capitolio. Ese día, el Congreso fue simultáneamente víctima y juez, herido y paralizado. Hoy, el dilema moral es aún más punzante, o el Congreso se reafirma como poder soberano del pueblo, o se resigna a ser un decorado de mármol en la coronación del populismo autoritario.La paradoja es que Trump, como buen monstruo político, solo puede ser contenido por una criatura igual de poderosa: el propio Leviatán institucional de la República. Solo un Congreso consciente de su fuerza, dotado de coraje cívico y convicción constitucional, puede devolver a la presidencia sus límites y a la democracia su dignidad. Si fracasa, no será porque el sistema no previera al monstruo, sino porque el sistema renunció a utilizar su poder.La historia norteamericana podría resumirse en esa tensión perpetua entre libertad y poder, entre el ciudadano y el caudillo. En 2026, el nombre del dilema es Trump. Y la respuesta no está en los tribunales, ni en los medios, ni siquiera en la calle, está en el Capitolio. Porque, al fin y al cabo, solo el monstruo puede parar al monstruo.