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El museo que habla, pero no escucha

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Los museos españoles llevan años preguntándose cómo atraer nuevos públicos. Organizan actividades, repiensan sus discursos y reivindican conceptos como accesibilidad, participación o democratización de la cultura. Han comprendido que ya no basta con conservar el patrimonio: hay que compartirlo. Sin embargo, siguen sin reconocer a quienes hacen posible esa misión.

Mientras el museo contemporáneo se define por su capacidad para dialogar con la sociedad, quienes sostienen ese diálogo ocupan, con demasiada frecuencia, uno de los lugares más precarios de la institución. Los equipos de información y mediación reciben, orientan, explican, acompañan y hacen inteligibles las colecciones para miles de personas cada día. Son quienes convierten una visita en una experiencia y un edificio en un espacio público. Pero siguen siendo considerados un servicio subsidiario y, por tanto, externalizable.

Se invierten grandes cantidades de dinero en conservar una obra durante siglos, pero aceptamos con demasiada naturalidad que quienes la ponen en diálogo con la ciudadanía vivan pendientes de una licitación que se renueva cada pocos años. Se proclama la cultura como un derecho, pero el trabajo que hace posible ese derecho se somete a la lógica de la oferta económicamente más ventajosa. Así se erosiona, casi sin advertirlo, la propia idea de servicio público.

Hace tiempo que muchas de estas profesionales aprendieron un lenguaje que nunca imaginaron necesitar. Saben leer pliegos administrativos, interpretar convenios, calcular subrogaciones, presentar alegaciones y defender derechos laborales con la misma naturalidad con la que atienden a un visitante o acompañan una actividad educativa. Han incorporado la incertidumbre a su rutina. Han asumido que, cada pocos años, su futuro volverá a depender de una adjudicación.

Tampoco parece casual que estas áreas estén profundamente feminizadas. Los trabajos vinculados al cuidado, la educación, la escucha o la mediación han sido históricamente menos reconocidos que otros considerados más técnicos o especializados. También dentro de las instituciones culturales. Como si explicar, acompañar o facilitar el acceso al conocimiento fuera una tarea secundaria y no una condición indispensable para que el museo cumpla su función social.

Quizá por eso, cuando estos equipos dejan de limitarse a atender al público y empiezan a reclamar condiciones dignas, no solo están defendiendo sus empleos. Están planteando una cuestión mucho más profunda: qué modelo de museo queremos construir. Y para quién. Estos días, la movilización del equipo de información y mediación del Museo Reina Sofía ha servido para hacer visible una realidad que lleva demasiado tiempo oculta bajo la aparente normalidad de los concursos públicos.

Un museo no se convierte en un espacio público por el simple hecho de abrir sus puertas. Lo es cuando cualquier persona puede entrar, comprender, emocionarse y sentir que aquello que contempla también le pertenece. Esa posibilidad no surge de manera espontánea. Se construye cada día gracias a un trabajo paciente, especializado y casi siempre invisible.

Defender la información y la mediación no es defender un servicio auxiliar. Es defender una idea de museo. Una institución que no solo conserva el patrimonio, sino que lo pone en circulación, lo comparte y lo convierte en un bien común. Todo lo demás (la investigación, la conservación, la excelencia científica) pierde parte de su sentido si se rompe ese vínculo con la ciudadanía.

Los museos españoles necesitan seguir hablando de accesibilidad. Pero, sobre todo, necesitan empezar a reconocer a quienes la hacen posible. Porque las colecciones conservan la memoria, pero son las personas quienes mantienen viva su capacidad de interpelarnos.

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