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La ultraderecha data el funeral de la cooficialidad

Luis Valero Esteve

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Estimar: “apreciar el valor o la importancia de alguien o de algo”. Es una definición sencilla, casi inocente. Sin embargo, en valenciano, estimar no se queda ahí. T’estimo no significa simplemente querer, ni tener afecto, ni sentir estima en el sentido castellano del término. T’estimo es otra cosa: no habla de posesión ni de intercambio, sino de reconocimiento. De decir “esto que siento existe”, aunque no exija nada a cambio.

El Partido Popular se desvanece como grupo político al ponerse el traje de la ultraderecha. Tras un Carlos Mazón acorralado por la mentira, Juan Francisco Pérez Llorca recoge el poder, pero gracias al aro de Vox. A pesar de que el PP nunca ha sido un partido que se codee con el reconocimiento de las lenguas cooficiales, Vox despeja cualquier obstáculo. Hay un riesgo latente desde que Llorca fue investido como president de la Generalitat: la normalización lingüística pasa a ser un problema para el gran -y ansiado- reino español de la ultraderecha.

Las lenguas -también aquellas que todavía se califican erróneamente como dialectos- no son simples herramientas de comunicación. Son estructuras de pensamiento y Ludwig Wittgenstein lo formuló con claridad: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Cada idioma ordena la experiencia de una forma distinta, abarcando lo que otras lenguas no. Erradicar una lengua no es un pistoletazo político: es homogeneización.

Cuando una lengua se arrincona, se empuja a quienes la hablan a encajar en un molde ajeno, como piezas intercambiables de una misma cadena de montaje. Se arranca una parte del ser para facilitar una identidad única y dócil. No es integración, sino reducción.

El impacto más profundo de estas decisiones se mide en las aulas. En los primeros años de escolarización la lengua es un vínculo. Es lo que permite al niño conocer qué es pertenecer. Despojarlo de su lengua -o relegarla a lo residual- es privarlo del orgullo silencioso que nace al descubrir la raíz.

Cuando se implanta que no hay diferencia, que no hay singularidad, no se está fomentando la igualdad. Al contrario, se erosiona la pertenencia.

Si se elimina la lengua del entorno educativo, se elimina también la posibilidad de anclar la memoria a un paisaje cultural concreto. No queda un lugar al que volver, ni una voz propia desde la que recordarse. No habrá qué abrazar cuando se quiera recordar quién se es. Solo cuando uno sale de su contexto comprende hasta qué punto aquello que consideraba “normal” era, en realidad, una forma específica de estar en el mundo.

Erradicar el valenciano es una amputación cultural. Se le dice al niño que no hay nada que lo distinga ni nada que merezca ser conservado. ¿El producto? Individuos sin raíces, pertenecientes a una abstracción que no ofrece refugio. Es triste ser espectador del empobrecimiento que provoca una identidad diluida basada en esconder.

Una lengua es aprender a mirar de otra manera. A veces, incluso con cierta sorpresa. La extrañeza -y la risa- que provocaba descubrir que ceba no es una cebolla cualquiera, sino un “tubérculo individual de cebolla blanca”; que papallona no es solo una mariposa, sino una palabra que parece volar mientras se pronuncia. Parecen matices insignificantes para quien no los necesita. Pero en ellos se condensa una forma distinta de nombrar el mundo.

El flamante reino español resulta vago y falso. España no se ha construido nunca desde lo idéntico, sino desde la convivencia -a veces incómoda- de realidades distintas. Aunque sorprenda a la castellana ultraderecha, el dulce patriotismo que glorifica España culmina al aceptar toda cooficialidad.

La ultraderecha se lanza al abismo al confundir la unidad con uniformidad y vivir la diferencia como amenaza. En una fábrica individuos intercambiables, desprovistos de arraigo, el bagaje cultural será error y nunca riqueza.

Por eso, volver a t’estimo no es nostalgia, es política. T’estimo no exige nada, no reclama posesión, no impone reciprocidad. Simplemente reconoce. Reconoce lo que existe, lo que ha sido, lo que merece seguir siendo. Amar una lengua -y lo que representa- es exactamente eso: decir que importa, aunque no todos la entiendan, aunque no dé rédito inmediato.

Defender el valenciano no es excluir. Es afirmar que hay muchas maneras legítimas de estar en el mundo y que todas merecen un lugar. Porque una identidad que necesita borrar a las demás para sostenerse no es fuerte, sino frágil. T’estimo también significa eso: dejar ser.