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Los valores del deporte

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Incluso quienes no somos seguidores acérrimos de ningún deporte nos cruzamos a veces con noticias que, aun a riesgo de caer en el sentimentalismo, nos conmueven e inspiran, y pueden servir de referente más allá de su ámbito. Este es el caso de la reciente retirada de Roger Federer: el suizo se retiró a los 41 años, en la Copa Laver, disputando un partido de dobles con su gran rival, Rafael Nadal, como compañero. Perdieron, pero la imagen que ha dado la vuelta al mundo poco tiene que ver con el marcador: ambos se despidieron emocionados, sin contener las lágrimas. También formaban parte del equipo Novak Djokovic y Andy Murray, piezas fundamentales de una generación sin parangón. Todos arrimaron el hombro para darle a Federer una despedida a la altura, todos se dedicaron elogios y gratitud.

La Copa Laver, que no reparte puntos pese a estar reconocida como torneo oficial, tiene un valor más simbólico que deportivo: cada año enfrenta a dos equipos, Europa y el Resto del Mundo, conformados por diversos jugadores de categoría. Este invento ha permitido que un deporte individual como el tenis (salvo Copa Davis, Juegos Olímpicos y categorías de dobles) junte en el mismo lado a grandes campeones que en condiciones normales son eternos rivales. Genera dinero, para los protagonistas y los organizadores, pero además tiene una vertiente emotiva: por una vez los tenistas encaran los partidos en compañía, se aconsejan, celebran juntos. En otras palabras, se incentivan la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Todo lo que se vio en la despedida a Federer.

La persona de quien se retira también tiene mucho que ver en ello: después de un atisbo de rebeldía en sus inicios, el suizo ha sido un jugador elegante dentro y fuera de la pista, que tiene como hito, más allá de los títulos, el hecho de no haberse retirado nunca de un partido. Un ejemplo de pundonor, de respeto por el oponente, de resistencia. Logró la Copa Davis para Suiza, por primera vez en la historia de este país, en un momento en el que a nivel individual ya lo había ganado todo y no se esperaba tanto compromiso de un veterano. Ha sido discreto con su vida personal, no ha estado involucrado en polémicas ni ha dado declaraciones fuera de tono. Hizo lo que tiene que hacer un profesional comprometido: centrarse en su carrera, dejar que los resultados hablen por sí solos.

Confiaba en volver a jugar en 2023, pero los problemas físicos se lo impidieron. Con todo, ni él ni Nadal esperaban seguir en activo a estas alturas, por lo que hay que valorar la perseverancia; en longevidad (longevidad competitiva) también han derribado muros. Al igual que Djokovic, son animales competitivos. Con el rival y consigo mismos. Porque, si algo han enseñado, es que la rivalidad bien entendida puede ser un gran estimulante para el potencial propio. Sin ir más lejos, al principio de su trayectoria se decía que Nadal era un jugador «diseñado» para vencer a Federer. A lo largo de los años, los tres tenistas del llamado «Big 3» han aprendido a reciclarse, a mejorarse a sí mismos, a buscar tanto nuevas tácticas de juego como a adaptarse a las necesidades cambiantes de su cuerpo.

Esta idea se extiende a otros ámbitos. En el arte y la literatura, abundan las generaciones y movimientos en los que sus miembros se espolearon entre ellos. En la investigación, los resultados de un estudio abren puertas a otros, se aprovechan los errores de unos para no repetir el mismo patrón. Vivimos en una sociedad individualista, se tiende a idealizar al héroe, al líder, pero hasta quienes destacan en una actividad individual como ciertos deportes les deben mucho a sus oponentes. Asimilar las derrotas, canalizar la frustración, no dejar que la rabia o la envidia sean más fuertes que la voluntad de mejorar y el espíritu de sacrificio, es fundamental para dar lo mejor de uno mismo.

Frente a los ejemplos de falta de deportividad que aparecen de tanto en tanto, la imagen de Federer y Nadal llorando debería enseñarse a los niños y adolescentes que compiten (y a algunos padres). Han sido grandes rivales, y por eso mismo tienen tanto en común: porque nadie conoce mejor el esfuerzo, la reinvención, la autoexigencia de un deporte. Entre los aficionados y la prensa, abundan los debates acerca de qué miembro del Big 3 es mejor: unos valoran los títulos, otros la elegancia del golpeo o el número de semanas como número uno. Al final, la emoción manda, y cada espectador se quedará con el que le haya subyugado más, con independencia de las cifras, por los mismos motivos por los que cada cual se hace a sí mismo a partir de unos determinados libros o películas que le atañen especialmente, al margen de los méritos formales o las distinciones de estos. Frente a los debates que privilegian la concepción individual del éxito, quizá sea más interesante quedarse con el Big 3 en conjunto, porque no serían quienes son sin el estímulo mutuo.

La derrota del último partido, más que deslucir, reviste ese momento de humanidad. Los ganadores también pierden: en los Juegos Olímpicos de 2016, Usain Bolt no terminó su carrera final por lesión y Michael Phelps compartió la plata con dos de sus contrincantes de siempre en una prueba que llevaba más de diez años dominando (y que esa vez ganó un nadador diez años más joven). Bolt contó en la rueda de prensa que un amigo le dijo que su ídolo, Muhammad Ali, también se había retirado tras una derrota. Phelps, junto a Chad Le Clos y Laszlo Cseh, los nadadores con los que empató, se echó a reír al ver los resultados en la pantalla. Y podrían seguir los ejemplos. No se puede estar siempre en lo más alto, competir conlleva acostumbrarse a perder y, con el tiempo, a aceptar el curso de la naturaleza. No importa: queda su legado. Y, si ha estado acompañado de una ética personal tan importante como la disciplina deportiva, deja un espejo en el que mirarse.

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