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Sobre este blog

No nos gusta la palabra “discapacitado”. Preferimos retrón, que recuerda a retarded en inglés, o a “retroceder”. La elegimos para hacer énfasis en que nos importa más que nos den lo que nos deben que el nombre con el que nos llamen.

Las noticias sobre retrones no deberían hablar de enfermitos y de rampas, sino de la miseria y la reclusión. Nuria del Saz y Mariano Cuesta, dos retrones con suerte, intentaremos decir las cosas como son, con humor y vigilando los tabúes. Si quieres escribirnos: retronesyhombres@gmail.com

Historias de un niño con autismo

Portada del libro Mis tardes con Mateo

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En muchos de sus ensayos, Mario Vargas Llosa sostiene que leer amplía la experiencia de vivir. Esa es, precisamente, mi invitación hoy: adentrarnos en el libro de Ana Isabel Alvea Sánchez, Mis tardes con Mateo. Historias de un niño con autismo (ed. El Loto Azul). Quienes me leen habitualmente saben que suelo traer a este espacio libros que narran la discapacidad como una forma de ensanchar nuestra mirada y, en definitiva, nuestra experiencia vital.

Lo novedoso de esta obra reside en su punto de vista: quien narra es la propia autora, tía de un niño con autismo. Desde esa cercanía afectiva, el libro construye un retrato de la infancia que Alvea Sánchez vincula a la felicidad, pero sin eludir la otra cara de la moneda. Aparecen así los desafíos a los que debe enfrentarse un niño con este diagnóstico y su familia: los límites de la Atención Temprana, las dificultades en el ámbito educativo, la relación con otros niños, además de los rasgos y comportamientos propios del autismo.

Pero quizá lo más valioso del libro sea su capacidad para detenerse en lo cotidiano y convertirlo en relato. Mejor que explicarlo es leer a la autora, que generosamente nos permite reproducir este fragmento de sus tardes con Mateo:

“Retrocediendo en el tiempo, te recuerdo muy pequeñito, gateando como un bólido a ras de suelo, un Ferrari en una estrepitosa carrera de coches recorriendo a cuatro patas y a toda velocidad las baldosas de gres del piso en un santiamén. Y también adorabas trepar, subías a la silla para llegar a la mesa y elevarte a… Cuando querías encaramarte a la mesa, descubriste rápido la solución de buscar una silla y, desde ahí, auparte. Tenías madera de aventurero, capaz de colarte como un gato por rendijas y espacios estrechos y correr hacia lo desconocido. Resolvías bien tus primeras trabas y obstáculos, igual que un entrenado atleta salta las vallas. No sé si puedes imaginarte cómo te ilusionaban las barras de mono y lo ávido que escalabas por sus cuerdas. No te perdía de vista ni un minuto: podíamos recibir un susto tremebundo. Te soltabas de los columpios en cualquier momento. ¡Qué divertido y gratificante te resultaba el vértigo! Había que tener cien ojos puestos en ti. Y los pasos de cebra te chiflaban; como veías que los coches paraban delante de ti para que cruzaras, querías atravesar una y otra vez por esas anchas líneas paralelas, un pequeño príncipe en su reino peatonal pisando la alfombra blanca.

Se veía muy claro que tenías menor consciencia del peligro que otros niños o niñas. Eras un agitado terremoto de escasa estatura.“

En estas páginas hay ternura, pero también verdad. Nos muestra, sin artificios, una forma distinta de habitar la infancia. Leer libros como este no solo nos acerca a la realidad del autismo; también nos ayuda a comprender mejor la complejidad de la vida que, tantas veces, permanece invisible.

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