El ruido del tráfico es tan dañino como los gases de los tubos de escape

Raúl Rejón

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Los humanos, aunque lo crean, no se acostumbran al sonido constante de coches transitando cerca. Lo padecen. El ruido del tráfico es un contaminante tan dañino como los tóxicos que emite: empeora enfermedades cardiovasculares, la depresión o la diabetes y hace que los niños aprendan peor. Las evidencias se acumulan y, sin embargo, “pasa desapercibido”, explican los investigadores.

El Gobierno fija cuatro vías para sacar coches de las ciudades el año que viene

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El 70% del ruido en una ciudad proviene de los coches. “Y a más ruido, más ingresos hospitalarios”, explica Julio Díaz, codirector de la Unidad de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII). “En partos prematuros, ansiedad, depresión o alzhéimer tiene más peso que los contaminantes químicos”, detalla.

“Hemos visto que para varias patologías ejerce más influencia que el dióxido de nitrógeno [NO2] y actúa tanto como una inflamación celular”, subraya. En la Comunidad de Madrid, las revisiones de Díaz muestran que cada año unos 8.000 ingresos a corto plazo (hasta 15 días después de la exposición) son atribuibles al NO2 y unos 5.000 al ruido, según los datos todavía sin publicar de este equipo científico. “Suponen unos 85 millones de euros de gasto hospitalario al año”, indica este investigador de la Escuela Nacional de Sanidad.

Los coches son el problema. Si aumento el tráfico, aumentan los ingresos hospitalarios. Si lo reduzco, bajan. Es una ecuación sencilla

El ruido de los vehículos no es de alta potencia, pero es incesante en una ciudad como Barcelona, Madrid, Valencia o Málaga. Supone “un estrés diario, constante, aunque nos parezca de baja intensidad”, explica María Foraster, epidemióloga experta en ruido del Instituto de Salud Global (ISGlobal). Eso genera una respuesta: “El organismo reacciona ante un estrés que no es percibido conscientemente. El cuerpo lucha a pesar de que creamos que no, aunque pensemos que estamos acostumbrados”.

“Un ruido más fuerte pero corto tiene un impacto parecido a otro menos intenso que se prolonga en el tiempo”, remacha el investigador del ISCIII. “Esto se comenzó a estudiar en trabajadores de obras o salas de máquinas, donde el ruido es muy fuerte, y se terminó por rebajar los turnos de exposición. Luego se pasó a preguntar: ¿y si en lugar de 85 decibelios hablamos de 70? Y se estudiaron los entornos de los aeropuertos. El siguiente paso fue: ¿y 60 decibelios todo el día? Eso es el tráfico de una ciudad. Ahí se pasa de un problema de salud de un colectivo concreto, como los obreros, a otro de salud pública porque afecta a toda la población”.

Tanta población como para que 60 millones de personas adultas en Europa estén sometidas a un nivel de ruido perjudicial causado por los vehículos, según comprobó un estudio del ISGlobal. En Madrid supera el 43% de los habitantes. En Barcelona, el 55%. “Ese ruido constante provoca aumento en la presión arterial y de las hormonas del estrés, lo que puede llevar a problemas fisiológicos”, concluye María Foraster. “Se estima que este contaminante es el segundo factor ambiental más relevante que afecta a la salud en Europa”.

Su relevancia aparece en cifras como que “en 2015 pudimos atribuir a 10 microgramos de PM 2,5 hasta 250 muertes por motivos cardiovasculares y una exposición similar de ruido conllevaba 220 fallecimientos por las mismas patologías”, afirma Julio Díaz.

Cuando se habla de ruido en las ciudades, se habla, esencialmente, de coches. “El ruido del tráfico rodado es el más relevante en cuanto a número de personas expuestas y este se genera sobre todo en el motor y con la fricción con el aire y el asfalto”, explica el ISCIII. En una urbe, al no rebasarse una velocidad media de 60 km/h, la fuente del ruido habitual es el motor.

La Organización Mundial de la Salud estableció en 2018 unos valores guía para evitar daños. Recomienda una exposición media máxima de 53 decibelios (dB) durante las horas diurnas y un tope de 45 decibelios durante la noche. El estudio que ultiman en la Unidad de Salud y Medio Ambiente muestra un ruido promedio de 55,8 dB en la Comunidad de Madrid (en la ciudad supera los 60 dB).

A pesar de la acumulación de evidencia, la contaminación acústica “pasa desapercibida”, coinciden ambos científicos. “En Barcelona se dan más quejas por el ruido de ocio que por tráfico, quizá porque se piensa que sobre eso se puede actuar y sobre el tráfico no”, intuye María Foraster.

“No se entiende que el ruido esté silenciado –ironiza su colega del Carlos III–. Es un tema del que no se habla”. Y pone un ejemplo: “A la hora de plantear las zonas de bajas emisiones [ZBE] no se les atribuye el beneficio que van a traer en cuanto a la reducción del ruido”. Todas las ciudades de más 50.000 habitantes deberán tener operativas en 2023 una ZBE, según establece la Ley de Cambio Climático. “Y ese beneficio es el más claro porque los gases de los coches sí pueden desplazarse bastante fuera de la zona, pero el ruido disminuye mucho con la distancia”.

Reducir el tráfico, ¿misión imposible?

La epidemióloga Foraster es clara: “Bajar los niveles de ruido mejora la salud”. Y Julio Díaz no le va a la zaga: “Los coches son el problema. Si aumento el tráfico, aumentan los ingresos hospitalarios. Si lo reduzco, bajan. Tanto por dióxido de nitrógeno como por ruido. Es una ecuación bien sencilla”.

“Desde luego el tráfico es la causa de muchos problemas por muchos factores. Por la polución química, por la acústica y por la crisis climática, así que es urgente rebajar el tráfico”, añade la investigadora del ISGlobal.

Las mediciones avalan esta línea de actuación. La reducción del tráfico en España por las restricciones del estado de alarma contra la pandemia de COVID-19 hizo que, en 2021, la calidad del aire fuera la mejor en 30 años. Disminuyeron todos los contaminantes que se analizan: el NO2, las micropartículas o el ozono troposférico, como refleja el informe sobre datos oficiales de Ecologistas en Acción. Y si hubo menos tráfico, también menos ruido de tráfico.

“Sabemos que es difícil recortarlo pero podría, al menos, alejarse de las personas. Planificar el urbanismo”, remata Foraster. Cosas como proteger las viviendas o los colegios del ruido incansable de coches y coches circulando.

Los humanos, aunque lo crean, no se acostumbran al sonido constante de coches transitando cerca. Lo padecen. El ruido del tráfico es un contaminante tan dañino como los tóxicos que emite: empeora enfermedades cardiovasculares, la depresión o la diabetes y hace que los niños aprendan peor. Las evidencias se acumulan y, sin embargo, “pasa desapercibido”, explican los investigadores.

El Gobierno fija cuatro vías para sacar coches de las ciudades el año que viene

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El 70% del ruido en una ciudad proviene de los coches. “Y a más ruido, más ingresos hospitalarios”, explica Julio Díaz, codirector de la Unidad de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII). “En partos prematuros, ansiedad, depresión o alzhéimer tiene más peso que los contaminantes químicos”, detalla.

“Hemos visto que para varias patologías ejerce más influencia que el dióxido de nitrógeno [NO2] y actúa tanto como una inflamación celular”, subraya. En la Comunidad de Madrid, las revisiones de Díaz muestran que cada año unos 8.000 ingresos a corto plazo (hasta 15 días después de la exposición) son atribuibles al NO2 y unos 5.000 al ruido, según los datos todavía sin publicar de este equipo científico. “Suponen unos 85 millones de euros de gasto hospitalario al año”, indica este investigador de la Escuela Nacional de Sanidad.

Los coches son el problema. Si aumento el tráfico, aumentan los ingresos hospitalarios. Si lo reduzco, bajan. Es una ecuación sencilla

El ruido de los vehículos no es de alta potencia, pero es incesante en una ciudad como Barcelona, Madrid, Valencia o Málaga. Supone “un estrés diario, constante, aunque nos parezca de baja intensidad”, explica María Foraster, epidemióloga experta en ruido del Instituto de Salud Global (ISGlobal). Eso genera una respuesta: “El organismo reacciona ante un estrés que no es percibido conscientemente. El cuerpo lucha a pesar de que creamos que no, aunque pensemos que estamos acostumbrados”.

“Un ruido más fuerte pero corto tiene un impacto parecido a otro menos intenso que se prolonga en el tiempo”, remacha el investigador del ISCIII. “Esto se comenzó a estudiar en trabajadores de obras o salas de máquinas, donde el ruido es muy fuerte, y se terminó por rebajar los turnos de exposición. Luego se pasó a preguntar: ¿y si en lugar de 85 decibelios hablamos de 70? Y se estudiaron los entornos de los aeropuertos. El siguiente paso fue: ¿y 60 decibelios todo el día? Eso es el tráfico de una ciudad. Ahí se pasa de un problema de salud de un colectivo concreto, como los obreros, a otro de salud pública porque afecta a toda la población”.

Tanta población como para que 60 millones de personas adultas en Europa estén sometidas a un nivel de ruido perjudicial causado por los vehículos, según comprobó un estudio del ISGlobal. En Madrid supera el 43% de los habitantes. En Barcelona, el 55%. “Ese ruido constante provoca aumento en la presión arterial y de las hormonas del estrés, lo que puede llevar a problemas fisiológicos”, concluye María Foraster. “Se estima que este contaminante es el segundo factor ambiental más relevante que afecta a la salud en Europa”.

Su relevancia aparece en cifras como que “en 2015 pudimos atribuir a 10 microgramos de PM 2,5 hasta 250 muertes por motivos cardiovasculares y una exposición similar de ruido conllevaba 220 fallecimientos por las mismas patologías”, afirma Julio Díaz.

Cuando se habla de ruido en las ciudades, se habla, esencialmente, de coches. “El ruido del tráfico rodado es el más relevante en cuanto a número de personas expuestas y este se genera sobre todo en el motor y con la fricción con el aire y el asfalto”, explica el ISCIII. En una urbe, al no rebasarse una velocidad media de 60 km/h, la fuente del ruido habitual es el motor.

La Organización Mundial de la Salud estableció en 2018 unos valores guía para evitar daños. Recomienda una exposición media máxima de 53 decibelios (dB) durante las horas diurnas y un tope de 45 decibelios durante la noche. El estudio que ultiman en la Unidad de Salud y Medio Ambiente muestra un ruido promedio de 55,8 dB en la Comunidad de Madrid (en la ciudad supera los 60 dB).

A pesar de la acumulación de evidencia, la contaminación acústica “pasa desapercibida”, coinciden ambos científicos. “En Barcelona se dan más quejas por el ruido de ocio que por tráfico, quizá porque se piensa que sobre eso se puede actuar y sobre el tráfico no”, intuye María Foraster.

“No se entiende que el ruido esté silenciado –ironiza su colega del Carlos III–. Es un tema del que no se habla”. Y pone un ejemplo: “A la hora de plantear las zonas de bajas emisiones [ZBE] no se les atribuye el beneficio que van a traer en cuanto a la reducción del ruido”. Todas las ciudades de más 50.000 habitantes deberán tener operativas en 2023 una ZBE, según establece la Ley de Cambio Climático. “Y ese beneficio es el más claro porque los gases de los coches sí pueden desplazarse bastante fuera de la zona, pero el ruido disminuye mucho con la distancia”.

Reducir el tráfico, ¿misión imposible?

La epidemióloga Foraster es clara: “Bajar los niveles de ruido mejora la salud”. Y Julio Díaz no le va a la zaga: “Los coches son el problema. Si aumento el tráfico, aumentan los ingresos hospitalarios. Si lo reduzco, bajan. Tanto por dióxido de nitrógeno como por ruido. Es una ecuación bien sencilla”.

“Desde luego el tráfico es la causa de muchos problemas por muchos factores. Por la polución química, por la acústica y por la crisis climática, así que es urgente rebajar el tráfico”, añade la investigadora del ISGlobal.

Las mediciones avalan esta línea de actuación. La reducción del tráfico en España por las restricciones del estado de alarma contra la pandemia de COVID-19 hizo que, en 2021, la calidad del aire fuera la mejor en 30 años. Disminuyeron todos los contaminantes que se analizan: el NO2, las micropartículas o el ozono troposférico, como refleja el informe sobre datos oficiales de Ecologistas en Acción. Y si hubo menos tráfico, también menos ruido de tráfico.

“Sabemos que es difícil recortarlo pero podría, al menos, alejarse de las personas. Planificar el urbanismo”, remata Foraster. Cosas como proteger las viviendas o los colegios del ruido incansable de coches y coches circulando.

Los humanos, aunque lo crean, no se acostumbran al sonido constante de coches transitando cerca. Lo padecen. El ruido del tráfico es un contaminante tan dañino como los tóxicos que emite: empeora enfermedades cardiovasculares, la depresión o la diabetes y hace que los niños aprendan peor. Las evidencias se acumulan y, sin embargo, “pasa desapercibido”, explican los investigadores.

El Gobierno fija cuatro vías para sacar coches de las ciudades el año que viene

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El 70% del ruido en una ciudad proviene de los coches. “Y a más ruido, más ingresos hospitalarios”, explica Julio Díaz, codirector de la Unidad de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII). “En partos prematuros, ansiedad, depresión o alzhéimer tiene más peso que los contaminantes químicos”, detalla.