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Vivir pensando que se está enfermo: “Tenía un miedo real, pero también sabía que seguramente era hipocondríaco”

Will Rees

Ariadna Martínez

21 de marzo de 2026 21:47 h

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Para Will Rees (1989, Newport, Reino Unido), todo comenzó durante su etapa universitaria con un dolor de cabeza persistente. Estaba tan seguro de que se iba a morir como de que “sencillamente, se lo inventaba todo”. Sentado en las salas de espera de urgencias, se imaginaba las cosas espantosas que iban a ocurrirle, o se pasaba noches en vela sumergido en páginas de internet sobre medicina. 

La agonía de este editor, ensayista, y cofundador de la editorial británica Peninsula Press, terminó hace más de una década, pero le suscitó tanto interés que tuvo que escribir un libro con el que se propuso, entre otras cosas, rescatar la visión de figuras como Freud, Molière, Charlotte Brontë, o Kafka, sobre este trastorno.

Se trata de un ensayo que la editorial Alpha Decay ha publicado este febrero en nuestro país con el título Hipocondría. Afección que pasó a llamarse en 2013 “trastorno de ansiedad por enfermedad” o “trastorno de síntomas somáticos” según el manual de trastornos mentales DSM-5, y que puede, según Rees, hacernos reflexionar sobre los límites de nuestro conocimiento al poner sobre la mesa, con su mera existencia, preguntas verdaderamente complejas. 

¿Cómo le explicaría a alguien que nunca ha sufrido de este trastorno lo que es vivir como “hipocondríaco”?

Pasas mucho rato pensando en ti mismo, en tu cuerpo, y eso te quita mucho tiempo que podrías dedicar a cosas más productivas. Creo que esa es la mayor pérdida para el hipocondríaco: las incontables horas invertidas en citas médicas o en investigar enfermedades por internet. Además, hay muchas ironías con la hipocondría. Yo lo vivía desde un miedo auténtico, real, pero al mismo tiempo también pensaba que no estaba enfermo, que seguramente era hipocondríaco. Lo vivía desde esa especie de duplicidad. 

¿Cuál era su propósito al escribir este libro?

Lo escribí como alguien que no es experto en hipocondría, pero que la ha sufrido. Me centro, entonces, en su historia literaria y en sus expresiones contemporáneas, y lo hago desde la perspectiva de un observador aficionado de la cultura.

Además, me parecía que la manera en la que se tiende a representar la figura del hipocondríaco en la cultura —como alguien ridículo— corría el riesgo de estar oscureciendo toda una serie de cuestiones políticas importantes. Como, por ejemplo, a quién se le considera, y a quién no, un narrador fiable de su propia experiencia corporal. Quise ‘dejar al descubierto’ esas dimensiones políticas que a mi parecer suelen pasarse por alto. 

A priori, parece que lo que distingue a alguien hipocondríaco de alguien que no lo es que el primero sí se queda atrapado en una pregunta que, en realidad, es muy humana y lícita: “¿Hay alguna manera de saber con certeza que estoy sano?” 

Sí, absolutamente. Por eso es tan difícil discutir con los hipocondríacos. Porque, en cierto modo, tienen razón. No existe ninguna prueba que pueda decirte con total certeza que estás sano, que no estás enfermo. Es algo que tiene que ver con la certidumbre que ansiamos tener sobre nosotros mismos, sobre nuestra salud. Así que creo que la “cura” para la hipocondría siempre tendrá que implicar cierto grado de paz con la incertidumbre.

“Es menos probable que se les crea a las mujeres que a los hombres, o las mujeres negras que blancas, o a las personas de clase trabajadora que a las de clase media”

¿Cree que casi todo el mundo experimenta “destellos” de hipocondría al menos una vez en la vida?

Seguramente. Creo que la mayoría de las personas experimentan cierto grado de ansiedad por su salud. Además, en cierto sentido la línea entre una preocupación sana, o al menos razonable, y la hipocondría patológica, parece algo realmente difícil de trazar. Y siempre, en cierto sentido, dependerá de un juicio ético. En la práctica, ese juicio lo suelen hacer los médicos. Ocurre, de hecho, que muchos pacientes que son tachados (abierta o veladamente) de hipocondríacos por sus profesionales médicos luego, trágicamente, resulta que padecían enfermedades muy reales. 

Señala que las mujeres y las personas negras son las que más tienden a sufrir este infradiagnóstico.

Así es. En el libro trato de pensar en la hipocondría no solo como un algo individual, sino también como algo político o social. Pienso que la hipocondría puede permitirnos poner de relieve ciertas cuestiones, y una de ellas es precisamente esta: la forma en la que a ciertas personas es menos probable que se las crea cuando van a su médico y presentan una narración de sus síntomas, de sus experiencias. Y sí, es menos probable que se les crea a las mujeres que a los hombres, o las mujeres negras que a las mujeres blancas, o a las personas de clase trabajadora que a las de clase media. Y las consecuencias pueden ser bastante graves. 

Como alguien que ha sufrido intensamente de este trastorno, si fuera usted médico, ¿de qué forma trataría con un paciente hipocondríaco? 

La verdad es que tengo mucha empatía por los médicos que están frente a pacientes como yo. Especialmente, en sistemas de salud con recursos limitados, donde el tiempo es muy valioso. Pero supongo que con empatía y con comprensión. Trataría de prestar suficiente atención a las cosas que le preocupan y, al mismo tiempo, quizás intentaría animarle con mucho tacto a considerar si, quizás, podría haber factores psicológicos implicados. 

“¿Cómo puedes convencer a alguien de que está bien? ¿Cómo convencerle de que no tenga miedo si lo tiene? ¿O de que acepte ese grado de incertidumbre?”

¿Por qué cree que la sociedad tiende a no tomarse en serio este trastorno?

Bueno, creo que los hipocondríacos son bastante molestos (se ríe). Seguramente un hipocondríaco siempre será el paciente menos favorito de un médico. También es algo muy difícil de tratar. ¿Cómo puedes convencer a alguien de que está bien? Si no es posible descartar al 100% que esa persona tenga alguna enfermedad o problema. ¿Cómo convencerle de que no tenga miedo si lo tiene? ¿O de que acepte ese grado de incertidumbre? Hay maneras de hacerlo, como la terapia psicológica, pero no todo el mundo se la puede permitir.

Ahora sabemos que no todas las enfermedades “dan la cara” a tiempo. Antes estar enfermo era, estrictamente, “sentirse mal”. Es algo que añade aún más incertidumbre.

Ahora sabemos, gracias a las mejoras en el diagnóstico y la tecnología médica que es posible tener una enfermedad, potencialmente terminal, durante meses o incluso años antes de que presente síntomas manifiestos. Y sí, es un conocimiento difícil de sobrellevar. 

También es más fácil ahora someterse a pruebas médicas. En la sanidad privada, si te lo puedes permitir, puedes pagar por casi cualquier tipo de prueba. También hay empresas que ofrecen resonancias magnéticas de cuerpo entero, una forma bastante inútil de diagnosticar la mayoría de las enfermedades y que, encima, arroja toda una serie de resultados anómalos ya que, al igual que el exterior de nuestro cuerpo tiene todo tipo de peculiaridades, también las tiene el interior. Así que lo que ocurre es que personas sanas sin síntomas manifiestos se someten a estas pruebas, lo que plantea nuevos interrogantes que requieren más investigación. Una investigación que, a menudo, genera mucha ansiedad innecesaria.

Y tenemos Google. 

Sí. Antes digamos que el conocimiento sobre las enfermedades era dominio exclusivo de los médicos. Luego la población comenzó a alfabetizarse progresivamente en este sentido, y ahora tenemos Internet.

Además, algo que me ocurrió a mí y que no cuento en el libro es que mi motor de búsqueda, debido al aprendizaje automático, empezó a reforzar lo que yo mismo buscaba. Y, si consultas repetidamente sobre una enfermedad que temes tener, puedes entrar en un círculo vicioso.

¿Cómo ha evolucionado la interpretación de este trastorno a lo largo de la historia?

La “hipocondría” procede del griego hypokhóndrios, que designa la región superior del abdomen, aunque el término no se usaba como hoy, sino para nombrar afecciones asociadas a esa zona del cuerpo. En la medicina antigua, esta región se relacionaba con estados de tristeza y temor, la llamada melancolía. Más adelante, durante el Renacimiento, estas teorías fueron cuestionadas y la hipocondría se fue distanciando de la melancolía. Adquirió una mayor autonomía para describir ciertos síntomas persistentes. 

Entre los siglos XVII y XVIII comenzó a interpretarse como un trastorno del sistema nervioso, pero no fue hasta el siglo XIX cuando pasó a considerarse un trastorno psicológico relacionado con la preocupación excesiva por la salud y el miedo a padecer enfermedades.

“Kafka creía que estaba enfermo y, al mismo tiempo, sospechaba que podría no estarlo”

De todos las figuras históricas que ha estudiado, ¿cuál es la que le hizo sentir más comprendido?

Probablemente Kafka. Por dos razones. Una es que, como expliqué antes, la hipocondría ha significado cosas bastante diferentes en distintos momentos de la historia, y Kafka sí escribe sobre una experiencia contemporánea de la hipocondría.

Pero también porque tenía una gran sensibilidad hacia las paradojas de la hipocondría. Kafka dudaba constantemente de sí mismo. Él creía que estaba enfermo y, al mismo tiempo, sospechaba que podría no estarlo. También sospechaba que su sospecha de no estar enfermo podría ser solo una ilusión suya. Así que duda de sus dudas sobre sus dudas. Creo que eso es algo realmente exasperante en la experiencia de la hipocondría, y Kafka lo capturó en sus escritos. 

Además, para mucha gente “la cura” para este trastorno es, precisamente, enfermar. Existe esa famosa frase de la lápida del cómico irlandés Spike Milligan que dice: “Ya te dije que estaba enfermo”. Sin embargo, Kafka se autodenominó a sí mismo hipocondríaco incluso después de contraer tuberculosis. 

Su libro ofrece más preguntas que soluciones. ¿Era esto importante para usted?

Sí, supongo que es porque escribo esto como alguien que no es experto. Además, personalmente, soy un poco alérgico a los consejos. Tampoco sé por qué deje de sufrir este trastorno. Simplemente hubo un momento en el que dejé de estar tan ansioso por mi salud. De hecho, en mi caso particular, tal vez me he ido demasiado al otro extremo, a la “hipocondría inversa”. Ahora no pienso en absoluto en mi salud, algo que tampoco es positivo.

¿Cómo lidia hoy con la incertidumbre de que nunca podrá saber con certeza, como ninguno de nosotros, que está cien por cien sano?

Creo que se trata de encontrar posibilidades en la incertidumbre. Cuando pienso en lo que se ve bloqueado por esta especie de alergia a la incertidumbre que tienen ciertas personas, entre ellas los hipocondríacos, pienso en la capacidad de sorprenderse. Eve Sedgwick, la gran teórica queer, en su ensayo sobre la lectura paranoica dice que el paranoico es alguien que tiene miedo a las sorpresas desagradables. Pero, para el paranoico, todas las sorpresas son malas sorpresas. Así que creo que lo que pierde la persona paranoica o desconfiada es la capacidad de sorprenderse gratamente. Hay una especie de apertura, una receptividad al mundo, que llega, creo, al aceptar la incertidumbre. Es entonces, quizás, cuando estas fijaciones pueden empezar a desaparecer.

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