El alcázar de esta ciudad tuvo 12 torres y es considerado el edificio almohade más antiguo conservado de la península
El Alcázar de Jerez de la Frontera es, para los estudiosos del patrimonio almohade, todo un testimonio imponente del poder político y militar que dominó la antigua Šariš almohade. Ubicado en el extremo sur del recinto amurallado de la medina, este complejo arquitectónico servía originalmente como la alcazaba destinada a alojar y proteger al gobernador y sus gentes de confianza. Su nombre deriva del término árabe al-qasr, que define un conjunto de edificios fortificados que funcionaban como una pequeña ciudad autónoma, actuando como sede de la autoridad que regía tanto el casco urbano como su territorio circundante. La relevancia histórica de este monumento se consolidó en el siglo XII, durante el periodo almohade, cuando Jerez se convirtió en una de las ciudades más importantes de la Baja Andalucía.
En aquella época, la ciudad experimentó un notable crecimiento económico y político, lo que motivó la construcción de una imponente muralla de cuatro kilómetros de perímetro que protegía a una población de aproximadamente 16.000 habitantes. Este Alcázar fue el núcleo defensivo central de este sistema, diseñado por los almohades, quienes eran maestros en la creación de fortalezas prácticamente inexpugnables. La estructura defensiva del recinto destaca por su planta sensiblemente rectangular, construida mayoritariamente con tapia de argamasa de cal. Originalmente, el perímetro contaba con doce torres de planta rectangular que reforzaban los muros, además de una singular torre octogonal situada en el vértice sur. Aunque el frente noroeste de la muralla ha desaparecido con el tiempo, las investigaciones arqueológicas han permitido identificar los restos de sus lienzos y torres, confirmando la magnitud original de la fortificación medieval.
El acceso a la alcazaba se gestionaba a través de dos puertas estratégicas que demuestran la sofisticación militar de la época. La denominada Puerta de la Ciudad era el ingreso principal desde la medina y presentaba una entrada en recodo alojada en una torre rectangular, protegiendo el paso con arcos de herradura y bóvedas vaídas. Por otro lado, la Puerta del Campo, situada en el frente sureste, permitía una salida hacia el exterior de la ciudad en caso de amenaza; su diseño era mucho más complejo, contando con un triple recodo y pasadizos angostos para dificultar cualquier intento de incursión enemiga.
Entre los elementos más distintivos del conjunto se encuentra la torre Octogonal, una atalaya situada en el punto más alto del recinto y que lógicamente servía para vigilar y controlar el entorno. Esta torre albarrana presenta una planta inscrita en un círculo de ocho metros de diámetro y contiene una escalera de caracol que asciende alrededor de un grueso pilar central, permitiendo a los defensores acceder a las almenas desde donde se obtenían vistas panorámicas estratégicas. Su construcción combina el uso de tapia con verdugadas de ladrillo, manteniendo una estética funcional y robusta que ha perdurado hasta la actualidad.
El patrimonio religioso del Alcázar es igualmente excepcional, albergando la única mezquita conservada de las dieciocho que existieron en el Jerez musulmán. Este pequeño oratorio privado, que data del siglo XII, conserva elementos clásicos como el alminar para la llamada a la oración, un patio de abluciones para la purificación ritual y la sala de oración presidida por el mihrab, que orienta a los fieles hacia la Meca. Tras la conquista cristiana, el rey Alfonso X el Sabio consagró este espacio al culto de Santa María, dejando constancia de ello en lápidas de mármol que aún se conservan en el altar. En el ámbito residencial, destaca el pabellón del patio de Doña Blanca, considerado el único palacio almohade del recinto original que aún permanece en pie. Este edificio, utilizado inicialmente como pabellón de descanso o recreo, cuenta con una qubba palatina cubierta por una cúpula octogonal sobre trompas y dos alcobas laterales para el descanso. Su diseño original incluía un pórtico de entrada y una alberca frontal, elementos típicos de la arquitectura residencial andalusí enfocada para el disfrute y el confort de sus habitantes.
El cuidado del cuerpo y la higiene ritual también tenían su espacio en los baños árabes o hammam, destinados al uso privado de los residentes de la alcazaba. Herederos de la tradición de las termas romanas, estos baños se dividían en tres salas: una fría de tránsito, una templada más amplia para masajes y enjabonado, y una sala caliente donde se tomaban baños de vapor gracias a un sistema de calefacción bajo el suelo. Las bóvedas de estas estancias cuentan con lucernarios que permiten la entrada de luz cenital, creando una atmósfera de serenidad característica de estos espacios.
La historia del Alcázar de Jerez, eso sí, cambió drásticamente en el año 1264, cuando las tropas de Alfonso X el Sabio conquistaron la ciudad definitivamente el 9 de octubre. Con la expulsión de la población islámica, la fortaleza pasó a ser propiedad de la corona de Castilla y residencia de los alcaides encargados de custodiar la frontera. Durante este periodo cristiano se configuró también el Patio de Armas, un espacio destinado a la instrucción de la guarnición, la revista de tropas y la celebración de actos solemnes de gran importancia para la ciudad. En el siglo XV, tras un periodo de deterioro, el recinto vivió una fase de renovación bajo el mando de Rodrigo Ponce de León, Marqués de Cádiz. Hacia 1470, se levantó la torre del Homenaje en el ángulo oeste, una construcción de tres plantas que servía tanto como último reducto defensivo en caso de asedio como residencia para el marqués. Esta torre se integró a la estructura almohade preexistente, coronándose con almenas piramidales que reforzaban su carácter militar y residencial en una época de transición para la fortificación.
Apertura al público en 1988
Una nueva transformación llegó en el siglo XVIII, cuando la familia Villavicencio obtuvo la tenencia del Alcázar y levantó un palacio barroco sobre las ruinas de las estructuras islámicas centrales. Este palacio se convirtió en la residencia de uno de los linajes más poderosos de la ciudad, recuperando parte del esplendor perdido durante siglos de abandono. Además, en esta época se construyó un molino de aceite o almazara, reflejo de la importancia del cultivo del olivo en la campiña jerezana hasta mediados del siglo XIX. Finalmente, el Alcázar de Jerez fue declarado monumento histórico-artístico en 1931, tras haber pasado por manos privadas de la alta burguesía jerezana.
Años más tarde, concretamente en 1968, el Ayuntamiento de Jerez adquirió la propiedad y comenzó un proceso de restauración científica para recuperar la integridad del conjunto monumental. Tras décadas de esfuerzos por poner en valor su riqueza arquitectónica, el recinto abrió sus puertas al público general en mayo de 1998, permitiendo que hoy sea uno de los ejemplos más notables de arquitectura almohade de toda la península ibérica. Para comprender mejor su evolución, podemos imaginar el Alcázar como un palimpsesto de piedra, donde cada civilización ha escrito su propia historia sobre las huellas de la anterior, permitiendo que convivan en un mismo espacio la sobriedad militar almohade con la elegancia del barroco andaluz.
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