¿Desde cuándo comparten ritmo de sueño humanos y reptiles? La respuesta apunta a una estrategia antigua de supervivencia
A simple vista, las diferencias entre humanos, pájaros y reptiles parecen irreconciliables. Los cuerpos, las temperaturas, las formas de desplazarse o la textura de la piel dibujan mundos biológicos que no parecen tener punto de encuentro. Un mamífero camina erguido y regula su temperatura interna, un ave se eleva gracias a huesos huecos y músculos de vuelo, mientras que un reptil se arrastra o se inmoviliza para conservar energía.
Cada grupo ha seguido una ruta evolutiva distinta, marcada por hábitats, dietas y estructuras corporales que no se confunden. Y sin embargo, bajo esas diferencias externas persiste una organización fisiológica que los une, un mecanismo que atraviesa linajes y tiempos geológicos, y que solo la investigación científica reciente ha conseguido revelar con precisión. Con ello se ha abierto una vía para comprender cómo la evolución ha conservado funciones invisibles que permiten la vida más allá de su forma.
La investigación destapó un mecanismo conservado desde los primeros vertebrados
El estudio del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), publicado en Nature Neuroscience, identificó un ritmo cerebral y corporal ultralento presente en reptiles, aves y mamíferos, lo que demuestra su origen evolutivo común. Este patrón, de carácter ancestral, sugiere que las bases fisiológicas del sueño se formaron antes de la separación de los grandes linajes de vertebrados. La investigación se apoya en una observación que combina neurociencia y biología comparada: el mantenimiento de una oscilación que regula la alternancia entre descanso y actividad, conservada a lo largo de más de 300 millones de años.
La implicación evolutiva de este paralelismo es amplia. La coincidencia del ritmo en animales tan distintos indica que se trata de un mecanismo que la selección natural ha mantenido sin interrupciones. Su persistencia sugiere que el sueño es una función básica que condiciona la supervivencia. La permanencia del mismo patrón en linajes divergentes refuerza la idea de una raíz común que la evolución no ha sustituido por sistemas más modernos.
El equipo francés aplicó una estrategia metodológica poco habitual, diseñada para captar la fisiología completa del sueño. En lugar de limitarse a los registros eléctricos cerebrales, combinó mediciones de la actividad vascular, cardiaca, respiratoria y muscular. Con esta visión global, la observación permitió comparar los distintos sistemas del cuerpo durante el reposo, revelando cómo responden de forma coordinada a un mismo ritmo.
Los científicos monitorizaron diez especies que representan hitos clave de la evolución: siete reptiles, un ave y dos mamíferos. La integración de técnicas complementarias, como la imagen funcional por ultrasonidos, aportó una visión detallada del flujo sanguíneo y de las variaciones rítmicas del sueño en cada organismo. Esta multiplicidad de registros permitió detectar la misma oscilación en regiones corporales distintas, una sincronía que hasta ahora solo se había comprobado en mamíferos.
La coincidencia del patrón refuerza la idea del sueño como función básica
La publicación en Nature Neuroscience destacó que esta coincidencia es estructural. Las ondas lentas registradas en reptiles coinciden en frecuencia y amplitud con las observadas en el sueño profundo humano. Esta regularidad apunta a una relación fisiológica que trasciende las formas del cuerpo, y que podría explicar por qué el descanso reparador sigue siendo una necesidad universal en los animales con cerebro complejo.
Los resultados mostraron un ritmo constante y global, perceptible tanto en el cerebro como en otros sistemas orgánicos. Su existencia en reptiles y aves indica que el patrón se estableció antes de la divergencia entre estos grupos y los mamíferos, en el Carbonífero. En consecuencia, la oscilación se interpreta como un componente esencial del sueño que no ha cambiado a pesar de las transformaciones anatómicas y ecológicas de los vertebrados.
La investigación descarta, además, que los reptiles experimenten una fase de sueño paradójico semejante a la de los mamíferos. Aunque se observaron movimientos oculares y pausas musculares, ninguno de estos indicadores apareció reunido en un estado equivalente al sueño MOR humano. El ritmo lento identificado, en cambio, constituye un fundamento común que explica la organización del sueño en animales tan dispares, y sitúa el origen del sueño paradójico en una etapa evolutiva posterior.
Con ello, los científicos delinean una continuidad fisiológica que conecta a los humanos con especies separadas por cientos de millones de años, no por sus cuerpos, sino por la persistencia de un mismo compás biológico.
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