Es la construcción civil más antigua de esta ciudad gallega y alberga innumerables secretos y leyendas

En su fachada principal destacan tres puertas con grandes doelas, de las cuales dos rematan en elegantes arcos conopiales, sello distintivo de la arquitectura de la época

Alberto Gómez

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En el casco histórico de Pontevedra se alza un monumento que desafía al tiempo con su imponente presencia de piedra. La Casa das Campás (casa de las campanas) no es solo un edificio más entre las callejuelas medievales porque es, de hecho, la construcción civil más antigua y mejor conservada de la ciudad gallega. Situada en el número once de la calle Don Filiberto, esta joya arquitectónica representa el alma de una urbe que ha sabido proteger su legado a través de los siglos. Su estructura ha sido testigo de siglos de transformación, manteniendo intacta una esencia que cautiva a quienes recorren la zona vieja de la ciudad. Entrar en su radio de influencia es retroceder en el tiempo hacia una época de señorío, comercio y gran esplendor arquitectónico.

Arquitectónicamente, la casa es un exponente magistral del estilo gótico tardío que floreció hacia finales del siglo XV en esta región costera de Galicia. Se cree incluso que su diseño pudo estar vinculado al mismo maestro que trabajó en la Basílica de Santa María la Mayor por la similitud de los trazos. En su fachada principal destacan tres puertas con grandes doelas, de las cuales dos rematan en elegantes arcos conopiales, sello distintivo de la arquitectura de la época. Otro detalle curioso son las bolas de piedra que adornan la parte superior de los paramentos, lo que le valió el apodo de Casa de las Bolas. Sus vanos originales y las gárgolas que asoman desde las alturas completan un conjunto visualmente poderoso que narra la historia medieval de esta joya de Galicia.

La identidad de quienes habitaron estas estancias se revela a través de la heráldica tallada con precisión en los muros exteriores del inmueble. Entre las ventanas del primer piso se aprecian dos escudos de armas que vinculan la propiedad con linajes importantes de la historia pontevedresa. El más pequeño muestra esporas y calderos, símbolos inconfundibles de la familia Puga, señores de Regodeigón en la localidad de Ribadavia. Por otro lado, un escudo de mayor tamaño presenta una garza, atribuida por varios autores a la familia García-Camba, testimonio de los vínculos económicos con el vino. Estas labras en piedra son el registro mudo de una nobleza que encontró en esta casa un centro de poder estratégico.

Una cercana iglesia carecía de un campanario propio y utilizaba el carillón de esta joya arquitectónica, por lo que los vecinos comenzaron a llamarla Casa das Campás

El nombre de este edificio encierra una historia funcional que se remonta a los primeros documentos escritos de 1587. En aquel entonces, la cercana iglesia parroquial de San Bartolomé o Vello carecía de un campanario propio para poder convocar a sus fieles a misa. Por esta razón, se utilizaba el carillón de la entonces casa de los Puga para realizar todas las llamadas litúrgicas necesarias para la parroquia. Fue así como los vecinos comenzaron a identificar el inmueble por el sonido metálico que emanaba de sus alturas, ‘bautizándolo’ como Casa das Campás. Esta curiosa suplencia religiosa convirtió a una residencia privada en el reloj espiritual de todo un barrio pontevedrés.

La propiedad pasó eventualmente a manos de los monjes benedictinos del Monasterio de San Salvador de Lérez, quienes le dieron un uso práctico. Los religiosos convirtieron las robustas estancias de la casa en una bodega de gran capacidad para almacenar las rentas que percibían en forma de vino. Se estima que en un año regular, el monasterio atesoraba allí unos doce mil litros del preciado líquido, distribuidos en grandes toneles y pipas. Esta etapa vinculada al clero consolidó la importancia económica del edificio dentro del casco antiguo, funcionando como almacén estratégico. El olor a mosto y madera vieja impregnó los cimientos de la casa mientras los monjes gestionaban sus vastas posesiones medievales.

Con la llegada del siglo XX, la Casa das Campás vivió una transformación pintoresca que todavía muchos ciudadanos recuerdan con nostalgia. En los años de la posguerra, la planta baja albergó un establecimiento que se hizo famoso bajo el nombre popular de 'Bar Pitillo'. Este apodo surgió de una costumbre generosa del propietario, quien obsequiaba con tabaco a los clientes que acudían a consumir al local. Aquella etapa marcó un contraste absoluto entre el pasado noble del edificio y su nueva función como centro de reunión social. El bar se convirtió en un punto de referencia ineludible en la vida cotidiana de la ciudad antes de su posterior abandono.

Declive y recuperación

Tras décadas de actividad vibrante, el edificio sufrió un periodo oscuro de abandono durante los años ochenta que puso en riesgo su integridad. Sin embargo, su destino cambió radicalmente en el año 2000 cuando el ayuntamiento decidió adquirir la propiedad para su recuperación. Se inició entonces un ambicioso proceso de restauración que permitió salvar los elementos originales de piedra mientras se modernizaba el interior. El objetivo era devolverle al edificio el protagonismo que merecía dentro del patrimonio arquitectónico gallego, asegurando su resistencia estructural. En el año 2003, la casa reabrió sus puertas totalmente renovada y lista para desempeñar una nueva función académica.

En la actualidad, la Casa das Campás ha dejado atrás su faceta de bodega y bar para convertirse en un dinámico epicentro intelectual. Desde el año 2006, sirve como sede oficial del Vicerrectorado del Campus de Pontevedra y rectorado de la Universidad de Vigo. Sus 1.400 metros cuadrados albergan ahora despachos, salas de informática y un salón de actos donde se celebran conferencias y exposiciones. Lejos de ser un museo estático, el edificio palpita con la energía de estudiantes y académicos que recorren sus pasillos de madera y cristal. Es un ejemplo perfecto de cómo el patrimonio histórico puede integrarse con éxito en las necesidades educativas actuales.

Pero más allá de los datos históricos, lo que realmente fascina al visitante son los misterios que se esconden entre sus gruesos muros. La leyenda más extendida asegura que en algún rincón secreto de la casa se oculta el inmenso tesoro de Benito Soto. Este sanguinario pirata pontevedrés, capitán del barco Burla Negra, es recordado por su cruel máxima de que los muertos no hablan. Se dice que, antes de ser ajusticiado en 1830, escondió sus botines en este edificio, alimentando rumores eternos. Incluso se habla de supuestas cláusulas en contratos de venta para reclamar el oro si algún día las paredes deciden revelar su secreto.

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