El español olvidado que se topó con la Antártida cuando solo quería contener una rebelión en Chile

Gabriel de Castilla había partido en marzo de 1603 desde Valparaíso, al mando de tres embarcaciones armadas por orden del virrey Luis de Velasco

Héctor Farrés

16 de junio de 2025 11:00 h

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Un marino neerlandés, hecho prisionero por los españoles a comienzos del siglo XVII, terminó embarcado en una flotilla contraria tras una cadena de decisiones inesperadas. No era un oficial, así que se le permitió quedarse. Años más tarde, testificó haber navegado hasta los 64 grados de latitud sur bajo bandera castellana. El detalle aparece en una declaración solitaria, sin documentos adicionales que lo respalden. Aun así, se convirtió en una de las pocas pruebas disponibles sobre la expedición que habría llevado a Gabriel de Castilla hasta las aguas antárticas.

La expedición de Castilla nació como respuesta a los ataques corsarios en el Pacífico sur

El navegante palentino partió en marzo de 1603 desde Valparaíso, al mando de tres embarcaciones armadas por orden del virrey Luis de Velasco, con el objetivo de frenar las incursiones corsarias en el litoral sur del Virreinato del Perú. A bordo del galeón Jesús María, acompañado por Nuestra Señora de la Visitación y Nuestra Señora de las Mercedes, cruzó el extremo austral del continente alcanzando una latitud que solo superaría James Cook más de un siglo y medio después. Así lo dejó registrado el marinero Laurenz Claesz, que en su testimonio detalló: “Estuvo en marzo en los 64 grados y allí tuvieron mucha nieve”.

Queda por resolver si ese avistamiento fue anotado, comunicado o incluso comprendido en su tiempo

Aquella travesía no pretendía explorar nuevas tierras, sino asegurar el control del Pacífico sur frente a los ataques de neerlandeses e ingleses. Castilla había combatido en la Guerra de Arauco y ejercido cargos de responsabilidad militar en varias ciudades del virreinato. Su conocimiento de la costa y su experiencia con las rutas meridionales le convirtieron en la elección lógica para la misión. Su nave principal, de 600 toneladas y treinta cañones, había sido reforzada con otras dos de menor porte pero buena maniobrabilidad.

La posibilidad de que alcanzara tierras cubiertas de nieve se deduce también del apéndice incluido por Casparus Barlaeus en una edición latina de la Historia de las Indias Occidentales, publicada en Ámsterdam en 1622. Allí se describe una zona situada a esa misma latitud, “muy alta y montañosa, cubierta de nieve, como el país de Noruega, toda blanca, que parecía extenderse hasta las islas Salomón”.

Aunque no se indica con claridad el nombre del observador, los historiadores han vinculado esa imagen con el viaje de Castilla o el de Dirck Gerritsz Pomp, otro navegante que, años antes, fue empujado hacia el sur por una tormenta.

El silencio de los cronistas y la falta de documentos oficiales empañaron el posible hallazgo

Las dudas persisten. Algunos relatos posteriores mencionan que Castilla bautizó unas islas como La Buena Nueva, situadas más allá de los 60 grados, aunque sin documentación directa que lo confirme. Otras fuentes indican que esas islas podrían ser las Shetland del Sur o incluso el archipiélago Melchior, más al sur, cerca del litoral continental. En cualquier caso, se trataría de la primera aproximación europea a la región antártica conocida.

Gabriel de Castilla da nombre a una base en la Antártida

Los cronistas de la época apenas dejaron constancia del suceso, quizá porque no se percibió como un descubrimiento, sino como una desviación involuntaria. Aun así, Castilla regresó a Chile y más tarde se estableció en Cuzco, donde contrajo matrimonio con Genoveva de Espinosa y tuvo al menos seis hijos. Su carrera pública incluyó los cargos de alguacil mayor, corregidor y administrador de varias encomiendas, aunque, según consta, terminó sus días con escasos recursos.

Pese a los indicios, parte de la comunidad académica continúa exigiendo más pruebas para atribuirle el avistamiento de la Antártida. La ausencia de informes oficiales, habitual en la burocracia virreinal, y el hecho de que otros marinos, como Francisco de Hoces, también hubieran navegado más al sur décadas antes, mantienen el debate abierto. Sin embargo, la figura de Gabriel de Castilla - que da nombre a una base antártica - ha ganado relevancia como representante de una época en la que el imperio español patrullaba incluso las fronteras más remotas del planeta.

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