Las grandes cacerías de bisontes en Atapuerca eran sostenibles aunque nadie las planificaba así

Una cacería como la documentada en Gran Dolina podía generar entre 165.000 y 198.000 kilocalorías

Héctor Farrés

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Cazar sin destruir el equilibrio natural ha sido, durante miles de años, una necesidad más que una elección. La sostenibilidad en la caza se basa en un conocimiento detallado del entorno, en ciclos de explotación que permiten a las especies regenerarse y en decisiones grupales que no ponen en peligro los recursos del futuro inmediato.

Este principio no nació como una estrategia ambiental, sino como un mecanismo básico de supervivencia en contextos donde una sola caza mal gestionada podía suponer semanas de hambre. Lejos de prácticas indiscriminadas, muchos grupos prehistóricos aplicaban formas de caza que permitían mantener la estabilidad ecológica del entorno. Esa relación quedó registrada en un hallazgo reciente en la Gran Dolina de Atapuerca.

La caza sostenible surgió como una respuesta práctica a los desafíos del entorno

Los arqueólogos recuperaron las pruebas tras una larga secuencia de campañas, en capas profundas y con alta concentración de restos. El conjunto de más de 60 esqueletos de bisontes se ha recuperado a lo largo de dos décadas de excavaciones sistemáticas en el nivel TD10.2-BB, una unidad arqueológica clave en el estudio del Pleistoceno medio.

El equipo liderado por Guillermo Rodríguez-Gómez, de la Universidad Complutense de Madrid, y Antonio Rodríguez-Hidalgo, del Instituto de Arqueología de Mérida (CSIC-Junta de Extremadura), ha reunido un volumen excepcional de datos que permite reconstruir cómo se organizaban aquellas cacerías comunales. En el trabajo han participado también el IPHES-CERCA, el Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC (MNCN), la UNED, el CENIEH y la Fundación Atapuerca.

Los antiguos humanos cazaban, pero no alteraban las poblaciones

La clave del análisis ha estado en la interpretación del perfil de mortalidad: una curva donde se distribuyen bisontes de todas las edades, sin selección aparente. Esa variedad etaria se asocia a lo que en términos arqueozoológicos se denomina mortalidad catastrófica, un patrón que solo aparece cuando se abate a toda una manada a la vez, sin discriminar por edad ni condición física.

Esa característica, explican los investigadores en el artículo publicado en Scientific Reports, apunta a que los grupos humanos organizaban batidas colectivas con un alto grado de eficacia. Rodríguez-Hidalgo señala que “la distribución de edades muestra una mortalidad catastrófica, con individuos de todas las franjas de edad, lo que indica la ausencia de selección”.

La tasa de crecimiento de los bisontes indica que la presión humana era asumible

Aunque los cuerpos de los animales se encuentran fragmentados y dispersos, los análisis zooarqueológicos han permitido estimar una masa corporal media de 270 kg por ejemplar. A partir de esa cifra, el equipo calculó el potencial energético que habría aportado una de estas cacerías: entre 165.000 y 198.000 kilocalorías, una cantidad suficiente para alimentar a unos 30 individuos durante varias semanas.

La utilidad del hallazgo no reside solo en el volumen de carne aprovechada, sino en el hecho de que se trataba de un aprovechamiento compatible con la estabilidad demográfica de los propios bisontes. Según Rodríguez-Gómez, “la población de bisontes presentaba una tasa de crecimiento neta del 9,9% anual”.

Esa relación equilibrada entre caza intensiva y continuidad del recurso pone en cuestión algunas ideas heredadas sobre la supuesta sobreexplotación sistemática de los entornos por parte de los homínidos. La estructura demográfica de los animales, reconstruida mediante modelos de tablas de vida, sugiere que la presión humana no alteraba significativamente el equilibrio de la especie.

La magnitud de las matanzas revela una sociedad con alta capacidad de coordinación

Yacimientos como el de Gran Dolina permiten reinterpretar la forma en que nuestros antepasados gestionaban su entorno, no desde parámetros modernos, sino desde decisiones prácticas ajustadas a la disponibilidad de recursos. El propio Rodríguez-Hidalgo explica que “la caza no comprometía la estabilidad ecológica”.

Los restos de bisontes permiten calcular el valor energético de las cacerías prehistóricas

Este trabajo no solo documenta prácticas cinegéticas específicas, sino que ofrece un reflejo del tipo de organización social necesaria para ejecutar una caza de esa magnitud. Las matanzas colectivas requieren coordinación, distribución de tareas y aprovechamiento posterior de la carne y el hueso, todo ello en un entorno sin herramientas metálicas ni transporte.

La excavación del nivel TD10.2, dirigida por el IPHES-CERCA, ha permitido recuperar tanto restos animales como útiles líticos, lo que refuerza la idea de una ocupación planificada del espacio. Palmira Saladié, coautora del estudio, señala que “la calidad del registro es el resultado de más de 20 años de trabajo de campo riguroso, y nos permite entender las dinámicas colectivas y la eficiencia en el aprovechamiento de recursos de estos grupos humanos”.

La práctica de una caza compatible con el entorno no partía de una conciencia ecológica, pero sí de una lógica adaptativa que evitaba agotar la base alimentaria. En ese sentido, la información recuperada en Atapuerca amplía el conocimiento sobre la interacción entre homínidos y fauna en Europa antes de la llegada del Homo sapiens.

A través de la lectura minuciosa del registro fósil, los investigadores pueden observar decisiones colectivas que sostenían, sin previsiones a largo plazo, un sistema de subsistencia sorprendentemente equilibrado.

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