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No frenaba invasiones, guiaba personas y rebaños: la otra gran muralla que cruzaba Mongolia, China y Rusia

El Sistema de Murallas Medievales no solo marcaba el terreno, también conectaba espacios y personas a lo largo del tiempo

Héctor Farrés

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Las grandes murallas se levantaron con la intención de delimitar, organizar y ejercer control sobre vastos territorios, muchas veces bajo la presión de gestionar fronteras porosas y pueblos en movimiento. No eran únicamente estructuras defensivas, sino también mecanismos de regulación social, económica y política.

A lo largo de la historia, distintas civilizaciones las construyeron para marcar su dominio, canalizar rutas de comercio o articular redes logísticas. Algunas fueron imponentes en altura y grosor, como la Gran Muralla China; otras, más simbólicas, como el Limes del Imperio romano; y también las hubo de carácter funcional y bajo perfil, como los muros de tierra de los pueblos del Sahel africano o el Sistema de Murallas Medievales en Mongolia. En el este de este país, un hallazgo arqueológico reciente ha vuelto a situar en primer plano una de estas construcciones olvidadas.

El sistema de murallas medievales conectaba regiones en lugar de separarlas

Un conjunto de excavaciones realizadas en la provincia mongola de Sukhbaatar reveló que una antigua muralla de tierra, antes interpretada como una línea defensiva, cumplía una función mucho más compleja. En lugar de formar una barrera infranqueable, sus tramos apenas alcanzaban unos metros de profundidad y altura, con fosos simples y montículos de tierra apisonada.

A juicio del equipo arqueológico liderado por la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Nacional de Mongolia, que han publicado su trabajo en Antiquity, esta estructura se diseñó para ordenar el movimiento, no para frenarlo.

Ese sistema, conocido como Arco Mongol y parte del denominado Sistema de Murallas Medievales (MWS), se extiende por más de 4.000 kilómetros entre Mongolia, China y Rusia. Dentro de ese entramado destaca especialmente el tramo denominado Muro del Gobi, una muralla de tierra compactada reforzada con piedra y madera que recorre 321 kilómetros por los desiertos altos del sur de Mongolia.

Según el arqueólogo Gideon Shelach-Lavi, responsable del estudio, lo relevante no es la muralla como obstáculo físico, sino su función como elemento organizador del espacio: “Creemos que su propósito era canalizar el paso hacia puntos de cruce específicos, donde se podía ejercer vigilancia”.

Las grandes murallas no se levantaron solo como defensa ante amenazas externas, sino como herramientas de control

Las zonas de paso estaban estratégicamente conectadas con pequeñas fortalezas, entre ellas el recinto conocido como MA03. Allí se localizaron restos que evidencian una ocupación constante. Se hallaron monedas de la dinastía Song, herramientas de hierro, cerámica doméstica y un sistema de calefacción por piedras, lo que apunta a una vida permanente más que al uso puntual como puesto militar.

La estructura rectangular y su distribución interna indican que se trataba de un espacio habitado, probablemente por personas encargadas del control de tránsito humano y animal o del mantenimiento de la muralla.

Este hallazgo ha obligado a repensar la imagen habitual de las poblaciones esteparias como grupos exclusivamente nómadas y sin asentamientos fijos. La presencia de un arado de hierro sugiere actividades agrícolas, mientras que los restos animales y las herramientas apuntan a una economía diversificada.

Ese tipo de organización solo resulta posible si hay cierta continuidad en el lugar, algo que contradice las ideas previas sobre la movilidad absoluta de estas comunidades.

La atribución de la muralla a la dinastía Xi Xia cambia el marco histórico del sistema

A nivel cronológico, el sistema se sitúa entre los siglos XII y XIII, coincidiendo con el dominio de la dinastía Jin. Sin embargo, el estudio ha determinado que el tramo principal del Muro de Gobi fue construido por la dinastía Xi Xia (1038–1227), fundada por los tangut, un pueblo asentado entre el oeste de China y el sur de Mongolia. Esta atribución precisa, respaldada por técnicas de datación arqueológica, supone un cambio relevante respecto a lo que se pensaba hasta ahora, cuando se asociaba su origen a otros imperios de la región.

Algunos elementos reforzaron esta hipótesis. Dentro del propio recinto MA03 apareció una tumba fechada hacia el año 1440. El enterramiento, que se produjo mucho después de que la muralla dejara de utilizarse, muestra una vinculación simbólica o cultural con el lugar.

La fortaleza MA03, integrada en el sistema defensivo, contenía objetos de uso cotidiano

En la sepultura se encontraron objetos personales, una cesta de corteza de abedul y tejidos cuidadosamente colocados. Estos elementos, junto con el hecho de que se eligiera un espacio monumental abandonado para depositar los restos, sugieren una intención de conectar con un pasado aún valorado por las comunidades locales.

No se trata de un caso aislado. Otras zonas del MWS también muestran reutilizaciones similares, lo que indica que la estructura mantuvo una presencia activa en la memoria de quienes vivían en la región. La muralla no desapareció por completo al caer el poder Jin. Aunque perdió su función original, quedó integrada en los usos posteriores del territorio.

El redescubrimiento de esta muralla permite reconsiderar su papel histórico, no como una línea de separación entre enemigos, sino como una herramienta de cohesión interna y gestión territorial. Lejos de la imagen tradicional de una frontera rígida, el MWS muestra cómo una muralla puede servir para conectar espacios, más que para dividirlos.

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