La Ruta de la Seda no cayó solo por política: el Taklamakán perdió sus ríos y aisló el comercio
El poder de una ruta antigua también se medía por los nombres que lograban cruzarla. La Ruta de la Seda reunió a viajeros, gobernantes y conquistadores que usaron sus caminos para comerciar, mandar, negociar o imponer su fuerza sobre territorios separados por miles de kilómetros. Marco Polo suele ocupar el lugar más conocido porque sus relatos llevaron a Europa una imagen duradera de Asia, aunque su figura no explica por sí sola el funcionamiento de aquella red.
Kublai Kan representa el poder mongol que protegió tramos extensos y facilitó el movimiento de mercancías durante los siglos XIII y XIV. Timur, en cambio, aparece ligado a las hostilidades que alteraron el comercio con China a comienzos del siglo XV. También cuentan los emperadores chinos, los dirigentes de los estados oasis y los comerciantes anónimos que mantenían abiertas las paradas. La relevancia de esos personajes nace de una misma realidad: la Ruta de la Seda dependía de decisiones humanas, pero también de condiciones que ningún gobernante podía controlar por completo.
Un estudio sitúa la gran caída en el Tarim
Un estudio publicado en Journal of Archaeological Method and Theory plantea que la gran caída del comercio terrestre coincidió con una sequía extrema en la cuenca del Tarim, en el noroeste de China. El trabajo, liderado por Kangkang Li, investigador de la Universidad de Wuhan y la Academia de Ciencias de China, se apoya en 164 dataciones de restos vegetales y 254 registros de crecimiento de chopos vivos. La investigación sitúa el periodo crítico entre 1500 y 1650 d.C., cuando los ríos del desierto de Taklamakán redujeron mucho su caudal y los corredores de oasis perdieron capacidad para mantener el intercambio.
El estudio también intenta explicar por qué la cuenca del Tarim ofrece tan pocos yacimientos fechados entre 1400 y 1650 d.C., pese al aumento de las investigaciones arqueológicas en la zona durante las últimas décadas. Algunos historiadores habían atribuido ese vacío a yacimientos posteriores superpuestos a los anteriores o a errores en dataciones basadas en cerámica y monedas. Los autores proponen otra lectura y escriben que se habían pasado por alto “los aspectos ambientales de la gran desaceleración del intercambio en la Ruta de la Seda”.
Esa explicación cambia el sentido del vacío arqueológico, porque la ausencia de restos puede apuntar a una salida de población o a una mortalidad elevada cuando los ríos dejaron de alimentar los oasis. El artículo añade que “una alta frecuencia de conflictos entre los estados oasis podría haber reducido su resiliencia para mantener el comercio de larga distancia”.
Los registros mostraron décadas con caudales muy bajos
Li y su equipo recorrieron durante diez años, de 2014 a 2024, antiguos cauces de la cuenca del Tarim hasta la zona terminal del lago Lop Nur, ya extinto. Los investigadores recogieron madera, corteza y cañas en el lugar donde habían crecido, y después aplicaron datación por carbono-14 para calcular la edad de esos restos orgánicos. La investigación añadió la edad de reclutamiento de 254 chopos vivos junto a ríos actuales, un dato que permite saber cuándo empezó a crecer un árbol en una orilla.
Cuando muchos ejemplares nacen en la misma época, el río tuvo agua suficiente durante un periodo prolongado. Con esas muestras y modelos estadísticos bayesianos, el equipo reconstruyó los cambios de caudal durante el último milenio en una región donde las lluvias anuales rondan los 20 milímetros y la evaporación supera los 3.000.
Los datos del Tarim se compararon con otros registros de agua en Asia Central y el noroeste de China. En las montañas Tianshan, al norte de la cuenca, los anillos de los árboles señalan un clima seco entre 1550 y 1700 d.C., además de caudales bajos en 1500-1560 y 1625-1690. El corredor de Hexi, otro tramo chino de la Ruta de la Seda, registró menos precipitaciones entre 1420-1520 y 1600-1720.
El lago Jili, al norte de Xinjiang, y el mar de Aral también redujeron sus niveles alrededor de 1500 d.C. Los autores resumen esa lectura al afirmar que el noroeste de China entró desde principios del siglo XVI en una fase de caudal muy bajo.
El nuevo estudio añade el papel de los ríos
Las explicaciones anteriores sobre el declive de la Ruta de la Seda habían señalado la fragmentación política posterior al Imperio Mongol, las hostilidades entre Timur y China a principios del siglo XV y el auge de las rutas marítimas. También se menciona las conquistas mongolas del siglo XIII, que despoblaron ciudades y dañaron sistemas de riego, además del aumento del pastoreo nómada frente a la agricultura irrigada a pequeña escala.
El nuevo estudio no borra esas causas, pero añade que los centros de los desiertos de las tierras bajas necesitaban canales fluviales conectados a escala local. Cuando bajó el agua disponible, crecieron los costes comerciales y la competencia por los recursos. Los autores escriben que “nuestra investigación demuestra la perogrullada de que la seguridad hídrica es fundamental para la conectividad social en Asia Central”.
Los datos históricos también ayudan a entender cómo cambió la vida en la cuenca del Tarim durante siglos. La reconstrucción hidrológica sitúa un caudal alto entre 1060 y 1500 d.C., con una caída breve alrededor de 1200 d.C. Esa etapa coincide con el auge del Imperio Mongol en los siglos XIII y XIV, cuando Marco Polo habría cruzado la cuenca hacia 1273 d.C. Los oasis estaban conectados y las rutas terrestres podían abastecer caravanas, animales, ciudades y cultivos.
Después, entre 1500 y 1650 d.C., el gráfico cae con fuerza, los árboles dejan de crecer en esas orillas y los canales pierden agua. El caudal volvió a recuperarse entre 1650 y 1900 d.C., aunque el comercio mundial ya se había desplazado hacia el mar y las grandes caravanas transasiáticas habían perdido el terreno que las había mantenido vivas.
El artículo habla de las tierras secas
El capítulo final del artículo mira hacia las tierras secas actuales, que ocupan el 41% de la superficie terrestre y albergan al 40% de la población mundial. El cambio climático acelerado y el aumento demográfico someten a presión a grandes ríos de esas zonas, sobre todo allí donde el caudal depende de glaciares y nieve.
Los autores citan avulsiones, deterioro de la calidad del agua y cortes aguas abajo como riesgos capaces de desestabilizar regiones enteras. También advierten que la restauración ecológica sigue siendo urgente para equilibrar el agua disponible en toda la cuenca, elevar la resiliencia local y reducir la desigualdad económica en Asia Central. El ejemplo más duro es el mar de Aral, que fue el cuarto lago más grande del mundo y se ha reducido un 90% desde la década de 1960 por el desvío de ríos para riego.
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