Una sepultura en Heraclea Sintica revela que una mujer afroeuropea formó parte de la alta sociedad del Imperio romano

El estudio de las tumbas muestra una vida marcada por esfuerzo y enfermedades

Héctor Farrés

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Las rutas largas siempre dejan huella en la gente que las recorre. Las provincias del sureste europeo bajo dominio de Roma incluían zonas que hoy forman Bulgaria, Grecia, Macedonia del Norte, Serbia o partes de Rumanía, y en ese espacio se movían soldados, comerciantes y familias durante años. Esa circulación hacía que una persona nacida en África pudiera acabar viviendo lejos del Mediterráneo, aunque hoy esas regiones balcánicas parezcan más homogéneas.

La idea de que todos eran blancos nace, en parte, de mirar el pasado con mapas actuales y sociedades más cerradas. También influye que los restos visibles durante mucho tiempo no mostraban bien esa diversidad. Para entender cómo funcionaba aquello de verdad, hace falta mirar casos concretos que rompen esa imagen.

Un análisis arqueológico aporta pruebas claras sobre la diversidad en una ciudad romana

En ese movimiento constante de personas aparece un caso que ayuda a verlo con claridad. Un estudio arqueológico en Heraclea Sintica, en lo que hoy es Bulgaria, identificó restos humanos con ascendencia europea y africana que evidencian diversidad en esa ciudad romana.

El trabajo se centró en enterramientos excavados en una necrópolis y permitió analizar huesos con técnicas actuales. Los resultados no se apoyan en suposiciones, sino en rasgos físicos medibles en los esqueletos. Esa evidencia sitúa la diversidad en un lugar concreto y en un momento bien fechado dentro del Imperio.

El dinamismo del Imperio romano favorecía sociedades diversas en zonas de paso

La ciudad donde se encontraron esos restos se había fundado siglos antes, en el siglo IV a. C., en la región de Tracia. Más tarde pasó a formar parte del dominio romano y creció como núcleo urbano con funciones administrativas y comerciales. Su posición facilitaba el paso entre el mar Egeo y el interior balcánico, así que atraía gente de distintos puntos. Allí se levantaron edificios públicos, termas y espacios de reunión que indican vida urbana activa. Esa estructura no surge en un lugar aislado, sino en una zona que recibía tránsito continuo.

El entierro de una mujer revela integración social en una posición elevada

El estudio que analizó los enterramientos examinó 156 tumbas y pudo obtener datos fiables de 137 individuos, a pesar de que muchas eran cremaciones. La mayoría de esas personas murió antes de los 40 años, y casi no aparecen individuos mayores de 60.

Los huesos muestran enfermedades y desgaste físico, además de casos raros como el síndrome de Klippel-Feil o la enfermedad de Legg-Calvé-Perthes. También se detectaron daños en articulaciones que apuntan a trabajos exigentes. En un caso concreto, una persona con limitaciones físicas graves llegó a adulta, algo que sugiere apoyo dentro de la comunidad.

Los datos obtenidos, junto con inscripciones procedentes de distintos puntos del Mediterráneo, apuntaban a una comunidad diversa

Entre esos enterramientos destaca el de una mujer adulta, situada en una tumba que indicaba estatus alto por su construcción y por los objetos que la acompañaban. El análisis osteológico identificó rasgos compatibles con ascendencia africana y europea, algo poco frecuente en este contexto arqueológico.

Monedas halladas en la sepultura sitúan su muerte en la segunda mitad del siglo IV d. C. Además, su esqueleto muestra problemas de columna como escoliosis y signos iniciales de espondilosis. Aun así, su entierro cuidado apunta a que ocupaba una posición respetada dentro de la ciudad.

El sistema romano impulsaba un flujo continuo de personas entre territorios lejanos

Este tipo de hallazgos obliga a revisar la idea de que las poblaciones antiguas en Europa eran uniformes. La presencia de una mujer con ese origen en una tumba de élite indica integración social en un entorno urbano concreto. No se trata de un caso aislado sin contexto, sino de una prueba material que encaja con otros indicios.

Inscripciones encontradas en la zona ya señalaban llegadas desde distintos puntos del Mediterráneo, incluso desde lugares como Cartago. La combinación de datos escritos y restos humanos construye una imagen más amplia de la sociedad de aquella época.

El Imperio romano funcionaba como un sistema donde la movilidad era habitual y constante. Las rutas militares llevaban a soldados lejos de su origen, y muchos se establecían después en nuevas ciudades. El comercio también movía personas junto con los productos, y esas redes atravesaban Europa, África y Asia.

En regiones balcánicas con ese tráfico, era normal que se cruzaran trayectorias distintas. Ese movimiento continuo explica por qué en un mismo lugar podían convivir personas con orígenes variados, algo que queda registrado en los huesos y en la forma en que fueron enterradas.

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