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Si Barcelona fuera italiana

Si Barcelona fuera una capital italiana, hoy Ada Colau sería alcaldesa. O estaría a punto de ganar la segunda vuelta de las elecciones municipales

Si hace cuatro años nos congratulamos de la elección de Manuela Carmena, ¿por qué ahora algunos esgrimen que debe ser Maragall alcalde por esos 4 000 votos de diferencia?

La candidata de Barcelona En Comú a la Alcaldía de Barcelona, Ada Colau, tras conocer la pérdida de la alcaldía de Barcelona.

La candidata de Barcelona En Comú a la Alcaldía de Barcelona, Ada Colau, la noche del 26M. David Zorrakino | Europa Press

Elección directa. Si Barcelona fuera una capital italiana, hoy Ada Colau sería alcaldesa. O estaría a punto de ganar la segunda vuelta de las elecciones municipales. En 1993 el primer ministro Giuliano Amato  impulsó una reforma según la cual los alcaldes serían elegidos directamente por los ciudadanos. En las elecciones locales habría dos urnas, una para el alcalde y otra para los concejales. Si en la primera vuelta ningún candidato o candidata obtiene la mayoría absoluta, se celebra una segunda vuelta en la que se elige entre los dos finalistas. De este modelo surgieron figuras celebres como Massimo Cacciari (exalcalde de Venecia) o Francesco Rutelli (exalcalde de Roma), íntimo amigo de un Pasqual Maragall que se inspiró en Italia y EUA para modernizar las formas de hacer política en Barcelona, Cataluña y España.

El caso español. Se puede aventurar que Ada Colau sería hoy alcaldesa si fuéramos una ciudad italiana porque así lo indicaban las preferencias electorales en todas las encuestas y porque el consejo municipal surgido de las urnas tiene una mayoría apabullante de fuerzas de progreso, 28 de 41. No sólo eso. Si analizáramos el bloque de centroizquierda, 18 de los 28 concejales optarían por la actual alcaldesa. Casi dos de cada tres. En todo caso, y de momento, no somos una ciudad italiana y aún no ha surgido un Amato en la política española, de modo que la elección del alcalde o alcaldesa está regido por la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General según la cual si un candidato tiene mayoría absoluta (la mitad más uno), es escogido alcalde. En caso de que nadie consiga esos votos, es proclamado alcalde o alcaldesa el cabeza de lista de la fuerza más votada.  

Los antecedentes. Si estas son las reglas del juego, no vale apelar a la superioridad moral de un candidato frente a otra candidata. Será alcalde o alcaldesa quien tenga la mayoría absoluta de los concejales del consejo municipal. Así conquistó la alcaldía de Madrid Manuela Carmena hace cuatro años. Carmena, habiendo quedado segunda detrás de Esperanza Aguirre, consiguió sumar los concejales del PSOE a los de Ahora Madrid y ser escogida alcaldesa. Si hace cuatro años nos congratulamos de la elección de Carmena, ¿por qué ahora algunos esgrimen que debe ser Ernest Maragall alcalde por esos 4 000 votos de diferencia? Y tampoco deberíamos olvidar que el mismo Maragall fue consejero de Educación entre 2006 y 2010 de un gobierno de PSC, ERC y ICV, presidido por el socialista José Montilla que había perdido las elecciones catalanas frente a Artur Mas, no sólo en escaños (37 socialistas frente a 48 convergentes) sino también, y a diferencia de Pasqual Maragall, en votos (796.173 socialistas frente a 935.756 convergentes).

Responsabilidad compartida. Dos semanas después de las elecciones, se impone como opción con más apoyo ciudadano un gobierno de izquierdas que ponga por encima de todo la ciudad y orille los intereses partidistas, y, sobretodo, el frentismo nacional. Los comunes, liderados por Ada Colau, hemos dado un paso adelante. Corresponde a socialistas y republicanos trabajar para que la composición del futuro gobierno de Barcelona sea la de un gobierno de progreso de amplio espectro, de la misma forma que los están haciendo en otras ciudades del país.

Renovar la alcaldía. Más allá de la fantasía italiana, apunto dos argumentos para fundamentar por qué Colau debe repetir como alcaldesa al frente de este gobierno de progreso. En primer lugar, por propia responsabilidad de gobierno. En los últimos cuatro años se han iniciado políticas valientes, innovadoras, convirtiéndonos en la ciudad con mayor inversión social del estado, desplegando el plan de barrios, impulsando el dentista municipal, haciendo un esfuerzo colosal en vivienda, luchando contra el fraude fiscal de las grandes corporaciones, regulando de forma pionera el turismo, promoviendo estándares éticos digitales en tecnología y creando una oficina municipal de datos, apostando por la ciencia y la innovación frente modelos económicos depredadores. Pero hacen falta cuatro años más para garantizar que estas políticas sean irreversibles. Para que la huella de cambio no sea borrada y perdure para las próximas generaciones. Cuanto mayor sea el apoyo del consejo municipal, más calado tendrán las transformaciones que impulsemos en los próximos cuatro años.

La hora de construir puentes. Y segundo argumento, que va incluso más allá de las políticas de cambio. Desde distintos ámbitos se presiona a Barcelona en Comú para situarla en un lado u otro de la trinchera nacional. Frente a esto, debemos reivindicarnos como una fuerza plural, en la que conviven diversas sensibilidades, capacitada como ninguna otra para tender puentes entre adversarios. Ésta es nuestra riqueza, y por esto se nos ataca una y otra vez. Siempre ha sido así, las personas u organizaciones capaces de tender puentes son la diana de las mayores ofensas. Ahora bien, la misma alcaldesa que fue considerada por muchos una molestia puede convertirse ahora en imprescindible para abrir una nueva etapa y superar la dinámica de bloques. Lo último que necesitamos en un país atenazado por una parálisis letal que a duras penas se puede disimular con juegos de pancartas es exportar esta dinámica al otro lado de la plaza Sant Jaume. Si soñamos con otra Barcelona, pero también con otra Cataluña e incluso con otra España, no hay ninguna duda respecto a quién debe liderar la ciudad a partir del 15 de junio.

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