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Ríos hormonados

España, es el país de la Unión Europea que más plaguicidas consume, más de 78.800 toneladas en 2014

Los plaguicidas, están diseñadas para ser tóxicos para los organismos que pretenden matar, pero también lo pueden ser para otros seres vivos. Además, se intenta que no se degraden fácilmente en el medio ambiente para que puedan ejercer su acción tóxica más tiempo

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Aguas subterráneas del sondeo Barriomar incorporándose al río Segura. A unos 400 metros del Ayuntamiento de Murcia en 2006

Foto: Francisco Turrión

El año 2016 se detectaron en los ríos españoles 47 plaguicidas diferentes, de ellos 35 están prohibidos y 26 son sustancias que son capaces de alterar el sistema hormonal de los seres vivos, según recoge el informe Ríos hormonados, que acaba de publicar Ecologistas en Acción.

Los datos proceden de los programas de vigilancia de las calidad de las aguas realizados por las diez confederaciones hidrográficas que contestaron a nuestra petición de información.

Estas 47 sustancias serían la cantidad mínima de plaguicidas presentes en los ríos, ya que no se analizan todas las sustancias plaguicidas en uso (más de 400 sustancias diferentes).

España, es el país de la Unión Europea que más plaguicidas consume, más de 78.800 toneladas en 2014. Este uso masivo de plaguicidas resulta en la creciente presencia de residuos de plaguicidas en los alimentos, como señalamos en el informe Directo a tus hormonas. Guía de alimentos disruptores y en el medio ambiente. Las estadísticas de Eurostat indican que se incumplen las Normas de Calidad Ambiental relativas a la presencia de plaguicidas en aguas en el 43% de los ríos analizados en Europa, siendo la agricultura la principal fuente de contaminación por plaguicidas de las aguas subterráneas y superficiales.

Los plaguicidas, están diseñadas para ser tóxicos para los organismos que pretenden matar, pero también lo pueden ser para otros seres vivos. Además, se intenta que no se degraden fácilmente en el medio ambiente para que puedan ejercer su acción tóxica más tiempo. Esto conlleva que además persistan en el medio ambiente y en los organismos de los seres vivos durante mucho tiempo y puedan acumularse a lo largo de la cadena alimentaria. Son precisamente estas propiedades de toxicidad y estabilidad, las que los convierten en agentes contaminantes nocivos, con elevados costes para el medio ambiente y la salud.

Muchos plaguicidas han sido prohibidos por causar cáncer, provocar malformaciones o por afectar a la reproducción de animales silvestres y seres humanos. Además, muchos de los que se comercializan se deberían prohibir por causar malformaciones y enfermedades de los sistemas inmunológico, neurológico u hormonal.

Son especialmente preocupantes los plaguicidas que pueden interferir en la acción natural de las hormonas, alterando el equilibrio hormonal y la fisiología a lo largo de la vida de un individuo, desde el desarrollo fetal hasta la edad adulta. La sustancias con estas propiedades se denominan disruptores endocrinos o alteradores hormonales.

La exposición de la fauna silvestre a disruptores endocrinos está relacionada con la inhibición o alteración de la metamorfosis en invertebrados y anfibios, reducción de capacidad reproductora en invertebrados, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos y con la alteración de ratios entre sexos en aves y reptiles; todo ello está relacionado con la reducción de las poblaciones de animales, como detalla un informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente .4.

Un estudio reciente advertía del colapso de las poblaciones de insectos en Alemania, donde en 10 años las poblaciones se han reducido en un 75%. Entre las causas que los autores señalaban se encuentra la exposición a plaguicidas, el cambio climático y la uniformidad de los paisajes agrarios.

La exposición de los seres humanos a disruptores endocrinos está relacionada, según la OMS, con infertilidad, malformaciones congénitas, tumores y otras enfermedades en órganos hormono-dependientes (mama, próstata, testículo, tiroides), enfermedades metabólicas (diabetes, obesidad), enfermedades inmunológicas y alteraciones en el desarrollo del sistema neurológico, entre otras.

Los datos recopilados muestran la presencia de plaguicidas en todas la cuencas analizadas, aunque la presencia de estas sustancias tóxicas en las zonas con una agricultura más intensiva es mucho mayor. Así, en el Júcar se detectaron en 2016, 34 de los 57 plaguicidas analizados, 22 de ellos prohibidos y 21 posibles disruptores endocrinos. Varias sustancias se detectan muy frecuentemente (DDT, HCH, clorpirifós, imazalil, tiabendazol y endosulfan en más de 100 muestras) y varias en elevadas concentraciones, muy por encima del límite permitido. En el Ebro se detectaron en 2016, 21 de las 37 sustancias analizadas, 16 de ellas son o se sospecha que son disruptores endocrinos y no está autorizado el uso de 18 de los plaguicidas detectados.

Diversos estudios han mostrado como la exposición a mezclas de plaguicidas disruptores endocrinos puede multiplicar su toxicidad. Además, a esta mezcla de plaguicidas habría que añadir, otros muchos contaminantes presentes en los ríos, incluyendo productos farmacéuticos, sustancias utilizadas en cosmética y limpieza, plastificantes o contaminantes industriales.

Debido a su elevada toxicidad, el Reglamento europeo 1107/2009 prohíbe el uso de plaguicidas que contengan sustancias activas que sean disruptores endocrinos. Esta prohibición no se ha aplicado y tardará aún en aplicarse debido a la enorme presión que ejercen los fabricantes de plaguicidas tal como ha documentado la periodista Stéphane Horel en su informe Un asunto tóxico.

Llama la atención el gran número de plaguicidas prohibidos que se detectan en los ríos españoles. La presencia de sustancias organocloradas, como DDT o endosulfán, prohibidos hace décadas puede deberse a su gran persistencia en el medio ambiente; sin embargo la presencia de otras sustancias menos estables indicaría un uso ilegal muy extendido de plaguicidas prohibidos.

Los datos también muestran la herencia tóxica del lindano en España. Un insecticida que se fabricó hasta los años 90 y cuyos residuos fueron vertidos indiscriminadamente en vertederos de basuras, pozos, campos y carreteras a lo largo y ancho de la península. El resultado, décadas después, es la contaminación de las aguas de prácticamente todas las cuencas estudiadas.

En definitiva, los datos de los programas de control de la calidad de las agua muestran un panorama preocupante.

Esta situación también es percibida por la ciudadanía. Así, el último Eurobarómetro sobre Medio Ambiente en la Unión Europea señala que entre la contaminación de los ríos y la contaminación agrícola provocada por uso de plaguicidas y fertilizantes entre las cinco cuestiones ambientales que más preocupan a los ciudadanos europeos y españoles.

Consideramos que es urgente aplicar la normativa y prohibir cuanto antes el uso de sustancias activas con propiedades de alteración endocrina. El retraso de la Comisión Europea en desarrollar criterios para identificar los plaguicidas con estas propiedades y poder hacer así efectiva la prohibición de su uso a escala europea no impide al gobierno español adoptar medidas. Así, podría prohibir, por ejemplo, los plaguicidas que contengan clorpirifós, el insecticida detectado con mayor frecuencia tanto en los ríos, como en los alimentos en España.

Entre los años 2011 y 2015, Dinamarca consiguió reducir el uso de plaguicidas en un 40%. Francia ha puesto en marcha un plan para reducir a la mitad el uso de plaguicidas el año 2025. España necesita un plan de choque que consiga reducir el uso de al menos un 50% de los plaguicidas en los próximos 10 años, mediante la formación e información de los agricultores y de la ciudadanía y el impulso de la agricultura ecológica.

Frente al modelo industrial y globalizado de agricultura, que pone en riesgo el medio ambiente y la salud, se hace cada vez más urgente un cambio de rumbo hacia un sistema agroecológico respetuoso con la vida.

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