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Trinidad, la ciudad en la que Cuba paró el tiempo

La Iglesia Mayor de la Santísima Trinidad, reconstruida en 1892.

Cuba siempre es llamativa, pero si hay una ciudad que cautive por su autenticidad y su especial belleza, esa es Trinidad. Esta antigua ciudad colonial que vivió su apogeo a mediados del siglo XIX gracias a su potente industria azucarera es hoy una de las paradas imprescindibles de cualquier viaje a Cuba, y más si es tu primera vez. Junto a Camagüey es uno de los mejores ejemplos para conocer la Cuba del colonialismo español y pasear por sus calles es como trasladarnos a la Trinidad de 1850, porque la realidad es que su centro histórico poco ha cambiado desde entonces.

Trinidad no siempre fue turística, ni mucho menos. Levantó la cabeza en la década de 1950 cuando el presidente Fulgencio Batista aprobó una ley de conservación que puso en valor los encantos que habían caído en el olvido y los resultados no tardaron en llegar. En 1965 fue declarada Monumento Nacional y la UNESCO la reconoció como Patrimonio de la Humanidad en 1988, lo que la convirtió en uno de los atractivos con mayor magnetismo para los viajeros que visitan la isla caribeña.

Un poco de historia para comprender Trinidad

La ciudad fue fundada en 1514 por Diego Velázquez de Cuéllar como la Villa de la Santísima Trinidad y supuso el tercer asentamiento español tras Baracoa y Bayamo. Poco después, en 1518, Hernán Cortés dejó Trinidad prácticamente vacía de habitantes originales al pasar reclutando mercenarios para la expedición de conquista de México, y durante las siguientes décadas su subsistencia dependió de un grupo de taínos. 

A lo largo del siglo XVII Trinidad cayó en el olvido, las autoridades coloniales estaban en La Habana y las comunicaciones eran desastrosas, por lo que sin mucho esfuerzo se convirtió en refugio de piratas y contrabandistas. Pero todo cambió a principios del siglo XIX, cuando multitud de azucareras afloraron en el valle de los Ingenios y Trinidad era capaz de producir un tercio de todo el azúcar cubano. El comercio supuso riqueza y la riqueza levantó grandes edificios y lujosas mansiones que aún hoy siguen flanqueando sus calles. Todo acabó de golpe con las guerras de independencia, que arrasaron las plantaciones que daban vida a Trinidad, y la ciudad entró en un profundo letargo durante todo un siglo.

Un viaje al pasado colonial de Cuba

En realidad Trinidad no tiene muchas cosas que ver o hacer, pero lo que ofrece es tan intenso que sería imperdonable perdérselo. Es una ciudad que se disfruta caminando de un lado a otro, recorriendo sus calles empedradas y contemplando sus preciosas, coloridas y enormes casas coloniales. Hoy están divididas para albergar varias viviendas de altos techos, pero es fácil imaginarse esa época en la que pertenecieron a familias adineradas del mundo del azúcar. 

En Trinidad se respira calma. Tranquilidad. Un ritmo pausado que contagia a cualquiera. Y desprende una luz especial al atardecer. Cálida. De esas que hacen las delicias a los amantes de la fotografía. Ideal para sentarse a tomar una una canchánchara en, cómo no, la Taberna la Canchánchara, y mezclar el ron, la miel y el limón en una sola bebida refrescada con hielo. 

Trinidad de día y de noche

En Trinidad todos los caminos conducen a su Plaza Mayor, el núcleo de su casco histórico y nexo de importantes edificios como el Museo Romántico, el Museo de Arquitectura Trinitaria y el Museo de Arqueología. Además, claro, de la Iglesia Mayor de la Santísima Trinidad, reconstruida en 1892, y la Torre del Campanario del Convento de San Francisco, una de las imágenes más representativas de la ciudad. 

Por otro lado hay que acercarse a conocer el Museo Histórico Municipal, una enorme mansión ricamente decorada que merece una visita aunque solo sea por disfrutar de las vistas que se consiguen desde lo alto de su azotea. Además, siempre hay que dejar una parte de nuestro paseo para dedicárselo al barrio de las Tres Cruces, más humilde pero igualmente colorido. Y si queda tiempo siempre podemos acercarnos a Playa Ancón, a 11 km de Trinidad, o al valle de los Ingenios, a unos 7 km, donde aún se sigue cultivando algo de caña de azúcar.

Cuando cae la noche la ciudad se transforma y la calma deja paso al ritmo. Las escaleras de la iglesia se vuelven un punto de encuentro de locales y turistas, la salsa y el son se apodera del ambiente y hasta el más tímido se anima a improvisar unos pasos. La Casa de la Música sale a la calle con sus actuaciones y, para cenar, siempre podemos recurrir a la Taberna la Botija, con música en directo, o a restaurantes como Bistro Trinidad o La Redacción. Porque si saltarnos Trinidad en nuestro viaje por Cuba sería un delito, también lo sería irnos sin disfrutar de su gastronomía más tradicional.

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