El pequeño pueblo en el que disfrutar de sus acantilados, petroglifos y un monasterio del siglo XII
Oia es toda una joya situada en la agreste costa sur de Galicia. Situado entre Baiona y A Guarda, el municipio ofrece un paisaje único, con un océano Atlántico que golpea con fuerza su litoral rocoso de dieciocho kilómetros. Esta franja costera es conocida popularmente como la famosa Costa de los Castros. Su ubicación singular está enmarcada por los montes de la Sierra de la Groba. Esta combinación de mar y montaña crea una atmósfera salvaje y muy virgen. La naturaleza y la historia convergen en cada rincón de este pequeño pueblo, en el que los agradecidos visitantes encuentran un destino auténtico, tranquilo y poco masificado.
El monumento más emblemático de toda la región es, sin duda, el imponente monasterio de Santa María. Fundado hacia el año 1137 bajo el patrocinio real, es un hito histórico, destacando el hecho de ser el único monasterio cisterciense de Europa construido frente al mar. Durante siglos, sus muros han sido testigos directos de los temporales del Atlántico. Los monjes vivieron en este enclave siguiendo la regla reformada de San Bernardo. Su arquitectura original refleja la sobriedad y pureza propias de la orden del Císter. El templo, inicialmente románico, incorporó con el tiempo detalles góticos y barrocos. Actualmente, este edificio es un Bien de Interés Cultural con la máxima protección.
Este cenobio de Pontevedra no fue solamente un lugar dedicado a la oración y el silencio. Debido a su posición estratégica, funcionó como un baluarte defensivo de la costa. Los religiosos se hicieron famosos como los “monjes artilleros” por su gran valentía. En 1624, repelieron desde sus muros un ataque de cinco bajeles piratas turcos. Esta hazaña militar les valió nuevos privilegios concedidos por el rey Felipe IV. La abadía recibió entonces el título de Real e Imperial Monasterio de Oia. En su interior llegaron a mantener una guarnición y un gran arsenal militar. Esta doble función religiosa y defensiva lo convierte en un lugar místico.
El siglo XIX trajo consigo el fin de la larga presencia de los monjes. La invasión napoleónica y la desamortización de Mendizábal provocaron su expulsión final. Tras el abandono, la iglesia se convirtió en sede parroquial hacia el año 1838. El resto del complejo pasó por diversas manos privadas durante mucho tiempo. Durante la Guerra Civil, el monasterio fue utilizado como una cárcel de reclusos. Más de tres mil prisioneros llegaron a habitar entre sus viejos muros históricos. Posteriormente, los jesuitas portugueses también lo usaron como un colegio privado. Pasear por el monasterio permite observar una evolución arquitectónica de muchos siglos. La iglesia presenta una planta de cruz latina con una fachada muy sobria. En su interior destacan el coro del siglo XVI y un retablo mayor manierista. La torre del campanario y otras ampliaciones fueron añadidas en el siglo XVIII. El conjunto cuenta con la Plaza de Armas y dos hermosos patios interiores. El Patio de los Naranjos y el de los Limones son espacios singulares. Existe un claustro renacentista construido sobre uno románico previo del siglo XIII. Cada piedra narra la adaptación de la comunidad a la vida espiritual y marina.
Mucho antes que los monjes, eso sí, antiguas civilizaciones dejaron su huella en Oia. El territorio atesora una enorme concentración de arte rupestre y petroglifos prehistóricos. Estos grabados se encuentran repartidos por las laderas de los montes locales. La mayoría de estos paneles de piedra datan de la lejana Edad del Bronce. La densidad de restos arqueológicos en esta zona es excepcionalmente elevada y rica, representando un patrimonio cultural único que atrae a muchos estudiosos y expertos. Algunos motivos son abstractos y otros representan animales o figuras humanas. Ofrecen una ventana directa a la vida de hace unos cuatro mil años.
Un lugar clave para descubrir este legado es A Cabeciña, situado en Mougás. Allí se combina un castro de la Edad del Hierro con arte rupestre. El asentamiento fortificado fue ocupado entre los siglos IX y IV antes de Cristo. Presenta un complejo sistema defensivo compuesto por varias murallas y fosos. Y, justo al lado del fuerte, se encuentra una concentración única de grabados. Destacan unos semicírculos concéntricos muy poco comunes en todo el noroeste. Las excavaciones han permitido identificar viviendas circulares y objetos metálicos antiguos. El sitio une el valor arqueológico con unas vistas impresionantes de la costa.
Conexión milenaria
La denominada Ruta Mágica de Oia conecta diversos grupos de petroglifos importantes. A lo largo de quince kilómetros se pueden descubrir motivos antiguos muy diversos. En Figueirido existen grabados únicos que representan embarcaciones de tipo mediterráneo. Otras zonas como O Alto do Visiño se centran en figuras de animales. Los caballos están representados allí con un estilo distintivo y muy singular. Algunas escenas parecen mostrar incluso los primeros ejemplos de equitación humana. Estos grabados son testimonio de una conexión milenaria del hombre con la naturaleza. La variedad de temas sugiere la existencia de una cultura simbólica compleja.
El paisaje natural de Oia está definido también por sus espectaculares y altos acantilados. En esta zona, el océano Atlántico golpea la costa rocosa con muchísima fuerza. Estos acantilados ofrecen miradores perfectos para disfrutar de puestas de sol. Caminar cerca del borde transmite una sensación de belleza salvaje y pura, un entorno en el que se mezclan el azul del mar y el verde de la vegetación. Oia también es famosa por tradiciones vivas como la célebre ‘rapa das bestas’. Esta costumbre ancestral involucra a los caballos salvajes que viven en libertad, animales que fueron introducidos originalmente en la zona por los monjes. Hoy, el municipio es una parada vital del Camino de Santiago Portugués. Los peregrinos disfrutan de dieciocho kilómetros con vistas constantes al gran océano y, tras la caminata, la gastronomía local ofrece productos frescos del mar Atlántico para reponer fuerzas. Desde sus piedras prehistóricas hasta sus muros cistercienses, Oia sigue siendo auténtica, un destino donde la historia y la naturaleza son inseparables.
0