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Rajoy está al borde del abismo

El PP está acabado, a la deriva de los acontecimientos y lo único que cabe esperar del mismo es que los dirigentes que creen que aún tienen posibilidades se desmarquen de Rajoy.

Ciudadanos tiene la sartén por el mango. Si consigue que el PP deje caer a Cristina Cifuentes y la sustituya, aparecerá como el triunfador de la crisis del máster.

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Se ha contado más de una vez que buena parte del tiempo de las conferencias internacionales importantes se dedica a preparar el comunicado final, es decir, a acordar qué se va a contar a la prensa. Cabe suponer que algo parecido debe estar ocurriendo en estos momentos en la cúpula del PP. Que lo que ahí se está debatiendo es cómo anunciar que se han cargado a Cristina Cifuentes sin que los abrazos y las ovaciones que le dieron en Sevilla suenen a estupidez. Y no es fácil. Hasta el punto de que no se puede descartar que al final no encuentre la manera de hacerlo. Aunque esté en juego su supervivencia.

La advertencia que este martes ha lanzado Albert Rivera –“si Rajoy quiere seguir tapando la trama de corrupción habrá cambio de gobierno”- no debe ser tomada como una balandronada. Es probable que el líder de Ciudadanos haya hecho esa amenaza tras conocer los resultados de una encuesta por él encargada para saber qué se piensa sobre lo que ha de hacer su partido en estos momentos. Y si ese sondeo coincide con lo que se palpa en la calle y, en concreto, en los ambientes de centro-derecha, Rivera debe saber que la opinión pública no está por componendas, que lo de la señora Cifuentes resulta intolerable para una gran mayoría y que si todo el PP ha de pagar por ello, que lo pague.

Ciudadanos no ha tenido más remedio que ir cambiando de posición a medida que el escándalo ha ido creciendo. Inicialmente y hasta este fin de semana, su planteamiento era el golpear al PP pero sin llegar a mayores. La fórmula que lo concretaba era la comisión de investigación en la Asamblea de Madrid. Pero Rajoy y los suyos se la han arruinado. Y ya no hay entendimiento posible entre el PP y Ciudadanos que no pase por el cese de la señora Cifuentes.

¿Por qué el PP ha llevado las cosas hasta ese punto, por qué no ha cedido en algo si eso podía salvarle la cara a Albert Rivera? Lo que está ocurriendo en la Universidad Rey Juan Carlos puede servir para entenderlo. Porque ahí, a pasos agigantados, se está cayendo todo el entramado. Y todo indica que, al final, con la policía, los jueces y la indignación de alumnos y padres de por medio, no va a quedar títere con cabeza. La sensación de que algo parecido podría ocurrir en el PP, empezando por el de Madrid y siguiendo quién sabe por dónde, debe de estar consolidándose entre los dirigentes populares, puede que se generara el día mismo en que este diario empezó a revelar el escándalo.

Porque las barbaridades que ellos y cientos, si no miles, de sus cuadros han venido haciendo son del dominio público en esos ámbitos. Y los que saben de esas andanzas son legión. En el PP funciona el cotilleo sobre lo que hacen los demás como en cualquier oficina de cualquier empresa española. Los jefes y jefecillos dedican a ello una parte no pequeña de su jornada de trabajo. Puede que no hubiera datos sobre el máster de Cristina Cifuentes, pero sospechas de que la cosa no era trigo limpio debían de cundir hace mucho tiempo.

Y Nacho Escolar ha anunciado que eldiario.es va ahora a revelar los nombres de no pocos personajes que han hecho lo mismo. A la luz de lo uno y de lo otro no es difícil imaginar el estado de ánimo que desde hace día existe en las filas del PP. Se ven al borde del abismo. Creen que esta vez va a ser la definitiva, que les van a denunciar en masa. Porque cuando salieron los otros escándalos, los de Valencia, la Gürtel, los papeles de Bárcenas y al menos hasta que pillaron a Ignacio González, Rajoy tenía aún capacidad de maniobra si no para taparlos, sí para neutralizarlos. Pero que ahora ya no la tiene y la cosa puede terminar muy mal.

Y en esas condiciones la conclusión a la que puede haber llegado la cúpula popular es que de poco vale negociar una salida con un partido, Ciudadanos, cuyo principal objetivo es hundir electoralmente al PP. Y que la única alternativa es la numantina, la de aguantar sin hacer concesión alguna, con el único fin de ganar tiempo.

El PP está acabado, a la deriva de los acontecimientos y lo único que cabe esperar del mismo es que los dirigentes que creen que aún tienen posibilidades se desmarquen de Rajoy. El gallego Núñez Feijoo ya ha empezado a hacerlo.

Ciudadanos tiene la sartén por el mango. Si consigue que el PP deje caer a Cristina Cifuentes y la sustituya, aparecerá como el triunfador de la crisis del máster. Esa es la opción que prefiere. Pero si Rajoy se enroca no tendrá más remedio que dar un paso adelante. Esa es la gran novedad de las últimas horas. Albert Rivera ha debido comprender que en el punto al que han llegado las cosas muchos de sus potenciales votantes no entenderían otra postura. Él ha amenazado con un “cambio de gobierno”, ha de entenderse que a escala española. Pero también está la moción de censura del PSOE y Podemos en la Asamblea de Madrid a la que podría sumarse. Veremos por donde va a ir, pero no parece que vaya a dar marcha atrás en su ataque.

Una crónica como ésta no puede terminar sin hablar de Federico Jiménez Losantos. Enrabietado con la decisión del juez de Schleswig-Holstein de liberar a Puigdemont y de rechazar la acusación de rebelión, el director de Libertad Digital, al igual que otros ultraderechistas españoles, se ha lanzado contra todos los alemanes. Y no con la boca pequeña, si no amenazando con posibles acciones de represalia a los 200.000 que según él viven en España y a las muchas cervecerías “que hay en Múnich”.

Ningún fiscal le ha abierto diligencias por incitación a la violencia. Siendo eso incomprensible y gravísimo, no lo es menos que un personaje tan representativo de la ultraderecha –que existe y no es despreciable- reaccione de esa manera ante un contratiempo del nacionalismo español en la escena europea. Más de una vez se ha dicho en el pasado reciente que calentar ese nacionalismo para contrapesar el impacto del independentismo catalán, como han hecho el PP, Ciudadanos y varios medios, podía resultar relativamente fácil. Pero que no iba a serlo tanto devolverlo a sus cuarteles de invierno. En un momento en el que el poder político existente se resquebraja y no está claro el futuro, esa dificultad se hace aún más inquietante.

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