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Vox: entender para combatir

El dato que me parece más relevante y el más preocupante es cómo, en la última campaña, Vox y especialmente Santiago Abascal han intentado apropiarse políticamente de la representación del trabajo

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El presidente de Vox, Santiago Abascal, interviene en un acto público del partido en Pamplona.

El presidente de Vox, Santiago Abascal, en un acto del partido en Pamplona. Miguel Oses/ Europa Press

Entender la realidad es una condición imprescindible para intentar transformarla. Desconocerla o negarla es el camino más directo a su perpetuación. Esta es una enseñanza recibida de mis maestros sindicales que me viene al pelo para el debate sobre el fenómeno Vox.

Desde su primera aparición en las elecciones andaluzas hasta la irrupción como tercera fuerza parlamentaria, se vienen realizando todo tipo de análisis académicos, periodísticos y políticos sobre su naturaleza, su ideología, sus votantes. También sobre qué debemos hacer para combatirlos o cuál es el tratamiento que deben darle los medios de comunicación.

A mi entender, buena parte de estos análisis son un tanto simplistas, especialmente los que se produjeron después de las elecciones andaluzas, que expresaban sobre todo desconcierto y trazo grueso. Pretender que una fuerza política que ha obtenido más de 3,6 millones, el 15% de los votantes, responda a una sola causa parece poco creíble, como lo es pensar que la diversidad de sus votantes se refleja en el perfil mucho más compacto de los 52 diputados elegidos.

Si queremos combatir lo que Vox significa y propone debemos profundizar algo más. Comenzando por formularnos la pregunta de si únicamente se trata del viejo franquismo – con perfiles propios en relación al fascismo europeo- que nos vuelve a visitar o bien se trata de la manifestación de un futuro que ya es presente, del siglo XXI que nos viene a buscar.

Muy probablemente tenga algo de ambos factores y se trate de un fenómeno en mutación como puede verse en la evolución de algunos de sus mensajes entre las elecciones de abril y las de noviembre de este año. Para mí, lo más determinante es la incorporación de Vox al concurrido y variado recipiente ideológico del nacional populismo de derechas, que a mi entender tiene en común la voluntad de instaurar un nuevo orden social basado en liberalismo económico, conservadurismo moral y autoritarismo político. Todo en grado extremo.

Los datos parecen apuntar a que Vox ha sabido aunar en un mismo voto a sectores muy diversos: insumisos fiscales; conservadores morales; trabajadores que sienten desesperación y rabia; hombres, a los que acompañan algunas mujeres, que se sienten atacados en su identidad por el avance del feminismo que erosiona las bases de una sociedad que consideran inmutable. Quizás por eso sus mejores resultados se den en realidades tan diversas, al mismo tiempo en barrios que concentran riqueza y en otros que sufren la pobreza. Sin duda Vox ha sumado a colectivos que tienen intereses sociales confrontados, pero eso no es ninguna novedad y solo hace falta recordar de dónde salieron las mayorías absolutas del Partido Popular con cerca del 45% y 11 millones de votos.

No quisiera pasar por alto el dato de la menor presencia de Vox en Catalunya. La tipología de voto parece ser la misma, pero sus porcentajes son mucho más bajos. Sugiero que analicemos la hipótesis de si en Catalunya el partido de Abascal se ha encontrado ya ocupado una parte de su espacio por otra expresión local de nacional-populismo. Me refiero a esos sectores supremacistas, xenófobos, antieuropeos y claramente contrarios a la democracia liberal que han surgido al calor y bajo la sombra del independentismo. Soy consciente de que en apariencia se trataría de espacios ideológicos muy confrontados, pero igual solo es en apariencia. Insisto, solo es una intuición.

Tampoco tengo claro eso que se afirma como verdad indubitada en el sentido de que el conflicto catalán sea la principal causa. Creo que las causas son mucho más profundas y que la situación en Catalunya ha actuado de detonante, que no es exactamente lo mismo que causa.

Parece que el factor aglutinador de tanto voto distinto puede estar en la profunda erosión y deslegitimación del sistema democrático, que viene de lejos y tiene causas diversas, pero que se ha acelerado como consecuencia del impacto social que ha tenido la gran recesión económica de los últimos años. Y de las dificultades de la política para dar respuesta a problemas sociales, como el empleo o la vivienda, la incapacidad para gestionar los flujos migratorios que el país necesita en términos económicos pero rechaza en términos de ciudadanía. Factores muy bien utilizados por quienes pretenden sustituir un sistema democrático, con muchas limitaciones y defectos, por un orden social más desigual, conservador y autoritario al mismo tiempo.

De todos, el dato que me parece más relevante y el más preocupante es cómo en la última campaña Vox y especialmente Santiago Abascal han intentado apropiarse políticamente de la representación del trabajo, al estilo de lo que ya han hecho otras expresiones del nacional populismo en Francia, Italia, Polonia o Hungría, o el propio Trump, por citar solo unos ejemplos. Ello emplaza directamente a las izquierdas que en los últimos años han tenido dificultades o incluso han abandonado la centralidad del trabajo y el conflicto social como eje articulador de sus políticas. Es aquí donde veo un mayor riesgo de aumento de su presencia electoral y de penetración en sectores sociales castigados.

Durante estos meses se ha debatido mucho sobre cómo debían tratar a Vox los medios de comunicación, también sobre la reacción que debían tener con ellos las otras fuerzas políticas. No son debates fáciles, pero igual sí podemos alcanzar algunas coincidencias.

Por supuesto, no se trata de que los medios de comunicación oculten el fenómeno, como si tapando los ojos la realidad dejara de existir. Pero el tratamiento que desde hace tiempo están dando algunos – demasiados – medios de comunicación a los casos de corrupción que se presentan como generalizados, a los delitos graves y de gran impacto emocional, a las llegadas en patera de inmigrantes, que no son ni mucho menos las más numerosas, pero si las más visibles, son el caldo de cultivo perfecto para Vox. Y por supuesto la espectacularización de la información, como ha sucedido con los actos de violencia en Catalunya. No se trata de negar la realidad cuando ya ha emergido, pero tampoco de alimentarla y hacerla crecer. En este sentido, la crisis de modelo industrial de los medios de comunicación y la lucha insomne por la supervivencia son un factor determinante, a mi parecer más incluso que su orientación política o ideológica.

Algo parecido se puede decir del comportamiento que han tenido los otros partidos con Vox. Frente a los que han propuesto levantar un cordón democrático para aislarlos, como se ha hecho en otros países; el PP y Ciudadanos los han normalizado. Y lo que es más relevante, les han hecho la mejor campaña de voto útil que se puede hacer. Han enviado un mensaje al electorado de sus partidos, el de que podían votar a Vox sin riesgo de hacer peligrar las mayorías de derecha.

Hay quien opina que con esta actuación contribuyen a radicalizar posiciones y marcar una agenda muy descentrada. Y quizás se olvidan de que igual para el PP eso no es tan grave, porque el modelo de sociedad ultraliberal, conservador y autoritario tampoco les desagrada tanto. Y que en un futuro, que ya es presente, los yacimientos de voto no van a estar solo en el centro como estábamos acostumbrados, sino en los extremos, muchos y variados. Puede ser el signo de unos tiempos en los que el acuerdo, la capacidad de pacto, encuentra muchas dificultades.

En todo caso, no me parece que el combate político contra el nacional populismo patrio deba centrarse solo en las actitudes reactivas frente a ellos, sino en una estrategia que les robe el detritus del que se alimentan.

Trabajar por la relegitimación de la democracia – no en discursos sino en prácticas- y por recuperar la centralidad del trabajo y el conflicto social como ejes de las políticas de izquierda puede ser a medio plazo la mejor manera de privar a Vox de oxígeno y así asfixiarlos socialmente. Pero que nadie se crea que eso pasa por reconstruir un pasado maltrecho, la crisis de la democracia construida durante dos siglos es muy profunda y tiene nuevos riesgos, como los que se derivan de entregar al Ciberleviatán, del que habla José María Lasalle, el control de nuestras vidas.

Ánimos, que esta batalla va para largo y es para corredores de larga distancia, pero mejor recordar que solo se puede combatir aquello que se entiende.

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