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¿Qué significa pertenecer a la “periferia europea”?

La intensificación de las diferencias económicas y sociales entre los países europeos contribuyó a su división en distintos grupos

Edificio Berlaymont, Sede de la Comisión Europea, Bruselas. Foto: Amio Cajander CC

Edificio Berlaymont, Sede de la Comisión Europea, Bruselas. Foto: Amio Cajander CC

Periferia es un término cada vez más común en el lenguaje relacionado con la Unión Europea (UE) por lo que entender su significado tiene actualmente una relevancia especial. Desde el estallido de la última gran crisis, la intensificación de las diferencias económicas y sociales entre los países europeos contribuyó a su división en distintos grupos. Inicialmente, el acrónimo peyorativo “PIGS” –referente a Portugal, Italia, Grecia y España– o el término “sur de Europa” fueron utilizados para agrupar a aquellos países que más estaban sufriendo las consecuencias de la mencionada crisis o, incluso, para identificar a los causantes de la misma. Junto a dichos términos, también se acuñó el de “periferia europea”, el cual arrastra un contenido teórico mucho más potente desarrollado desde la mitad del siglo XX por el Estructuralismo latinoamericano y la Teoría de la Dependencia, corrientes entre las que destacó el recién fallecido Samir Amin.

El reconocimiento de la valía de dichas aportaciones, alejándose de perspectivas eurocéntricas, permite reconocer y valorar en mayor medida la riqueza del contenido de la propia categoría “periferia europea”. En este sentido, a continuación se exponen una serie de implicaciones derivadas de la pertenencia a ese grupo de países periféricos. En primer lugar, el proceso de desarrollo de dichos países queda expuesto a los intereses de los países centrales, los cuales ocupan la posición de privilegio en la UE. Esto supone que la periferia europea experimenta un proceso de desarrollo dependiente. Por tanto, para comprender el significado de la periferia europea es imprescindible analizar sus relaciones económicas con los países que ocupen la posición central, o de dominio, en el marco de análisis que se esté abordando.

Ese desarrollo dependiente mencionado se manifiesta en diversos ámbitos. Un ejemplo muy claro es la dependencia tecnológica. Mientras Alemania ostentó más de 500 patentes por cada millón de población trabajadora activa, España registró únicamente 53 (Fuente: Eurostat, promedio de 1995 a 2014). Esto conlleva que los procesos productivos más innovadores sólo se podrán llevar a cabo en España mediante la intervención de las empresas alemanas que hayan registrado las patentes o mediante el pago de una contraprestación económica. Este es sólo un ejemplo que muestra cómo la dependencia de la tecnología externa es mayor cuanto menor es la que un país desarrolla internamente, perfil que concuerda con los países periféricos.

Otro ejemplo se puede obtener mediante los datos del saldo de rentas obtenidas por las inversiones extranjeras. Francia obtuvo, entre 2005 y 2014, unos 43.000 millones de dólares americanos anuales de sus inversiones en el extranjero (ya descontados los beneficios de las empresas extranjeras en territorio francés). En cambio, la República Checa perdió cada año más de 12.000 millones de dólares fruto de los beneficios que las empresas extranjeras obtienen con su actividad en dicho país (Fuente: FMI). Esto demuestra cómo la intervención de las empresas extranjeras no es gratuita: mientras para unos países es una fuente de recursos, para otros es una importante vía de pérdida de recursos que ya no pueden utilizar internamente.

Al fin y al cabo, lo que muestran estos ejemplos son los límites al desarrollo a los que tienen que hacer frente los países periféricos. No es que estos países no consigan crecimiento económico e incluso cierto desarrollo –eso sí, de carácter capitalista, es decir, desigual y contradictorio–, sino que no cuentan con una completa independencia respecto a los países centrales. Por tanto, la caracterización de un país como periférico no implica que sus posibilidades de desarrollo queden anuladas, sino que son limitadas a ciertas decisiones externas. El proceso de integración en la UE evidencia esa pérdida de autonomía de forma aún más clara que en otras áreas mundiales, ya que la cesión de un gran número de políticas a las instituciones europeas ha simplificado el dominio de unos países sobre otros.

Junto al creciente uso del término periferia europea, se han ido elaborando diversas agrupaciones de los países de la UE: del extendido PIIGS, que añadía a Irlanda, a la “periferia del Este” o “periferia excomunista”. Sin obviar las dificultades y las precauciones necesarias a la hora de desarrollar una clasificación centro-periferia en la UE, el siguiente gráfico muestra una clasificación basada en catorce indicadores económicos referentes a la oferta productiva, la distribución de la renta, la demanda y la inserción exterior de cada uno de los países analizados. La clasificación incluye a 20 de los 28 integrantes de la UE debido a la falta de disponibilidad de datos para el resto. Sin embargo, tal limitación no compromete la representatividad de la muestra ya que los 20 países analizados representan el 90,33% de la población total de la UE y un 96,59% del PIB total de la UE (Fuente: Ameco, año 2014).

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Los resultados obtenidos tras el cálculo de la mencionada clasificación[1] agrupan en la periferia europea a los países que aparecen en el Gráfico en color gris claro mientras que los de color gris oscuro representan a los países centrales. Los datos numéricos se refieren a los datos obtenidos de cada país en el conjunto de los catorce indicadores que componen la clasificación como, por ejemplo, el gasto en I+D, la tasa de desempleo, el salario por hora de trabajo, el saldo comercial o la proporción de inversión extranjera en el total de la inversión productiva. Como se puede observar, el liderazgo de Alemania es absoluto ya que su distancia con el segundo país, Reino Unido, es la más amplia entre dos países con posiciones consecutivas. Asimismo, Italia, que perteneció al grupo de países centrales hasta el inicio del siglo XXI, aparece en la clasificación como país periférico debido al importante deterioro experimentado en la mayoría de los indicadores seleccionados. Esto demuestra que la clasificación propuesta no es estática, aunque ciertamente la movilidad entre los dos grupos de países establecidos es mínima: sólo Italia ha visto deteriorada su posición de país central a país periférico mientras que ningún país ha conseguido recorrer el camino contrario: de país periférico a país central. Por último, resaltar también que el resto de PIGS o de miembros del “sur de Europa”, es decir, España, Portugal y Grecia, quienes también han perdido posiciones desde el estallido de la crisis, aparecen entremezclados con diferentes países de la Europa del este.

En suma, en la UE hay diferencias estructurales significativas que permiten dividir claramente a los Estados miembros en grupos diferenciados. Los países periféricos son los que están en una posición más débil, la cual se materializa en una serie de limitaciones a su desarrollo. De esta manera podemos entender por qué España, tras más de treinta años de pertenencia a la UE, continúa estando por debajo de la media o incluso en la cola de muchos indicadores económicos y sociales.

[1] A partir de los datos de los 14 indicadores de cada país, ésta ha sido elaborada mediante dos metodologías estadísticas: el análisis factorial y el análisis cluster. Todos los cálculos pueden ser consultados escribiendo a comunicacion@ecosfron.org.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

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