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Fotogalería | Cuando dormir con personas sin hogar es síntoma de normalidad

Un plato de comida para compartir y una 'dormida', pasar la noche al raso con quienes no tienen ni techo, es la acción de Solidarios para el Desarrollo para remover conciencias en el Día de las Personas Sin Hogar y visibilizar el drama cotidiano de la exclusión marginal.

"La presencia de las personas sin hogar en las ciudades no es causa de problemas, sino síntoma de una sociedad enferma", dicen los voluntarios sociales como máxima.

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Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

La metrópoli se sumerge en una bulliciosa actividad mientras arranca este reportaje. Quien vuelve del trabajo, quien acude a una cita, quien va de compras, quien pasea… El gentío escabulle sus vidas por las calles del centro histórico de Sevilla, en un incesante, casi maniático ir y venir. Colea la resaca del funeral de Cayetana Fitz-James pero una feria de luces artificiales bate con facilidad la oscuridad plena del cielo. Y pronto llegará el refuerzo navideño multicolor. A escasos metros del edificio consistorial, a horas tan solo del sepelio multitudinario de una duquesa, un grupo de voluntarios va a compartir un plato de comida y a pasar la noche con quienes no tienen nada. Ni techo. "La presencia de las personas sin hogar en las ciudades no es causa de problemas, sino síntoma de una sociedad enferma", dicen.

Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

Como todo lecho, entonces, el frío suelo de la sevillana plaza Nueva. "Desde que sales por la puerta de casa se hacen grandes pequeños detalles. Si te queda poca batería no vas a poder cargar el móvil, cómo hacer para que las cosas personales estén siempre cerca porque en la calle cualquiera puede robarlas… Esta noche parece que no hace mucho frío. Todo lo que les pasa a ellos, cada día", reflexiona Rocío Hoces, de Solidarios para el Desarrollo.

Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

"Creamos un clima de normalidad y convivencia en el que es muy importante la empatía". La iniciativa llega con motivo del Día de las Personas Sin Hogar, pero no es la única. A lo largo del año se hacen rutas de calle que generan "espacios de encuentro" donde compartir un café, compañía y cualquier ayuda a su alcance. Visitan así a quienes sufren exclusión social en un grado máximo. "El trato es de igual a igual, sencillo, y no establecemos relaciones basadas en la ayuda", subraya Rocío Hoces.

Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

María José (55 años) nunca estuvo en la calle. Hasta hace "año y medio". Vivía con su madre, pero falleció a los 95 años. Quedó sola, sin ingresos ni trabajo. Duerme en cajeros "para no pasar frío" y para resguardarse de posibles peligros. Cualquier noche puede acechar una amenazante sombra. A menudo come lo que coge de la basura o de contenedores cercanos a algunos mercados. No pide limosna. "Hay tanta gente pidiendo, me da pena quitarles un sitio. La gente me da, de todas formas. Comida, ropa, dinero… En la Feria de Abril, un extranjero me dio 20 euros –señala con una sonrisa–. La gente es buena, los medios la sensibilizáis". Con una mezcla de ternura y comprensión explica cómo "por las mañanas, las jovencitas que van al cajero y me ven se asustan. Yo las entiendo, claro, siempre he sido muy miedosa. Así que madrugo y me levanto antes de que lleguen".

Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

Ni siquiera es tarea sencilla recopilar unos cuantos cartones para extenderlos en el suelo a modo de mantel. La calle no lo pone fácil. Cotidianas bolsas de plástico mutan en talegas de otras épocas de donde salen víveres, algunos humeantes, de reciente cocinado. Albóndigas, caldo caliente, patatas, ensaimadas, refrescos, postres… La mesa es común. Todo es de todos. Es la 'dormida'. Cuando dormir con personas sin hogar es síntoma de normalidad.

Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

Antonio Vega tiene "nombre de cantante" y casi seis décadas de existencia "complicada". También varios años en la calle que pesan "demasiado". Es dura, no se cansa de repetir sobre la vida a la intemperie. "La persona que cae en la calle lo ve todo perdido. Por eso es fácil que caiga en la bebida o en la droga… Para olvidar, se hace para olvidar, pero lo que se consigue es empeorar las cosas". Testimonios que desgarran. "Mi familia no quiere saber nada de mi". Solía dormir "en un banco que está ahí al lado, con un ojo cerrado y otro abierto". El peligro es constante, sostiene. "Sí, he vivido situaciones malas. Agresiones. Una vez me abrieron la cabeza con un palo. Otra a un anciano le molieron la pierna. Unos niñatos fueron". Antonio dice que va a alquilar una habitación. "Ahora voy bien, no bebo y no gasto, quiero seguir así y levantarme".

Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

Ahí están Tomás, Antonio, Emilio, Manuel, José Manuel, José… abrazados como amigos de la calle. Cada uno con su historia personal a cuestas. Cada cual un poco Parry, aquel vagabundo encarnado por Robin Williams en la película 'El Rey Pescador'. Como él, puede ser, en busca del Santo Grial o de una segunda oportunidad. Al menos para tener de cerca personas que los tratan con la normalidad necesaria están voluntarias sociales como María José, Azucena, Pilar y Reyes, estudiantes universitarias que participan en rutas de calle y en la 'dormida'. Ellas "aprenden" y viven en la piel la experiencia: "La mayoría de la gente nos atiende bien y escucha por qué estamos aquí. Pero antes me he emocionado con una pareja por la mala reacción que han tenido. Hay de todo. Pero nos quedamos con lo positivo".

Personas sin hogar. / Juan Miguel Baquero

La gente pasa, mira extrañada, detiene sus pasos a veces. "¿Esto qué es?", dice una chica a su pareja. "Personas sin hogar", responden. Caminan de nuevo. A pocos metros, un hombre (60 y muchos años) tiene a un par de niños embobados, bailando al ritmo de una armónica, un pequeño altavoz y una marioneta que se mueve también al compás de su música. La 'dormida' sigue. Hasta mañana. Hasta que salga el sol. Hasta que la gente que escabulle su vida por el centro de las ciudades entienda una moraleja: "la presencia de personas sin hogar en las ciudades no es causa de problemas, sino síntoma de una sociedad enferma".

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