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Desdeelsur es un espacio de expresión de opinión sobre y desde Andalucía. Un depósito de ideas para compartir y de reflexiones en las que participar

El entusiasmo, etcétera

Xenia García

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A los Reyes Magos, desde bien pequeñita, siempre les pedí cosas insólitas. Sobre todo, desde que una tarde me contaron que tres magos de Oriente, después de llevarle incienso, mirra y oro al niño Jesús, dejaban sus regalos en cada salón de cada casa de cada niño mientras dormíamos. Eso sí, me dijeron, como sois tantos, tantísimos, los padres debemos contribuir y ayudarles.

Mis cartas a los Reyes eran extrañas y comedidas. Al principio –creía yo– para poner a prueba esa magia de la que todos hablaban y en la que yo no terminaba de confiar. ¿Regalos para todos los niños? ¿Con la ayuda de los padres? Luego, para probarme a mí misma: ¿Cómo saber que de verdad deseo algo, que lo necesito? ¿Cómo saber de dónde viene el entusiasmo que yo veía en los niños de los anuncios, pero que a mí apenas me rozaba? ¿De dónde la certeza de que ansiaba más una muñeca que otra, más un bolso que otro, más un libro que otro, una experiencia más que otra, etcétera?

Este primer amago de introspección que a todos nos ha supuesto la carta a los Reyes me llevó un año a desear, muy bajito y sin apenas un bamboleo de labios: Queridos Reyes Magos, este año necesito dejar de ser fea. Tendría once años y era la más escuchimizada y desgarbada de la clase. La más plana y velluda. La más gafotas. La más patosa y distante. La de los dientes torcidos y con el mapa de España en una de las paletas. Me sentía un cliché para ellos y deseaba dejar de serlo. En mi diario tengo páginas repletas de un “Que sí, que soy fea. Y qué”, que no era sino un atrevimiento tembloroso y poco honesto, un desafío más que a la niña que era entonces, a la mujer en la que quería convertirme.