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Cómo despertar a bocados los sentidos y los placeres: un recetario para el disfrute gastronómico y el erotismo

Cocinero erótico (2)

Alejandro Luque

Sevilla —

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Más de 15 años entre fogones han servido a Diego José Rosquet para saber que comer es mucho más que alimentarse. En su libro Sabor y pulsión (Círculo Rojo) explora las posibilidades afrodisíacas de los alimentos a través de recetas originales, y en el que el cuerpo puede servir de plato para estimular todos los sentidos. “Sí, reducir la comida al simple acto de tragar es perder casi todo el placer que ofrece”, comenta. “El disfrute gastronómico, y el erotismo que puede contener, pasa por los cinco sentidos y cada uno aporta algo único”.

“La vista orienta y despierta la anticipación y el deseo. El olfato percibe los aromas que conectan directamente con emociones y recuerdos. El gusto activa los sabores del placer físico y químico en el cerebro. El tacto nos ayuda a encontrarnos con la textura y temperatura que intensifican la experiencia en la boca. El oído nos conecta con el crujido, el chisporroteo o el sorbo que convierten el acto en ritual y nos mantienen presentes”, enumera. “Ninguno funciona solo. El verdadero placer surge cuando los cinco sentidos se combinan y entonces cada bocado deja de ser solo alimento y se convierte en acto de presencia, provocación y memoria sensorial”.

Por otro lado, el cocinero reconoce que en el universo de los ingredientes afrodisíacos hay mucho mito… “Y una realidad más interesante de lo que solemos admitir. El problema es que durante siglos se ha buscado el afrodisíaco como una pócima mágica, casi alquímica, cuando en realidad el deseo no funciona como un interruptor, sino como un ritual complejo donde cuerpo, mente y contexto se entrelazan. Desde mi punto de vista, son pocos los ingredientes que pueden llamarse afrodisíacos ‘directos’. No existen alimentos que provoquen deseo de manera automática. Sin embargo, sí existen ingredientes que preparan el terreno, mejoran la circulación sanguínea, estimulan el sistema nervioso, regulan hormonas o activan neurotransmisores ligados al placer y la motivación, como la dopamina o la serotonina. Ahí encontramos al cacao puro, el chile, el jengibre, la canela o el azafrán entre otros”.

Química e intención

En Sabor y Pulsión, Rosquet sostiene que el verdadero afrodisíaco no es solo lo que se come, sino cómo se come, con quién y desde qué estado interno. “El aroma, la textura, el picante que sube lentamente, el dulzor que se derrite en la lengua… todo eso activa la memoria sensorial, anticipa el placer y despierta la imaginación. Y la imaginación, conviene recordarlo, es el órgano sexual más potente que tenemos. En el fondo, los afrodisíacos hablan menos de química y más de intención. Comer puede ser un acto automático o un gesto profundamente erótico. La diferencia no está en el plato, sino en la conciencia con la que se lleva a la boca. Y ahí es donde el mito se vuelve verdad”.

Esta concepción pasa, también por complementar la ciencia gastronómica con un profundo conocimiento del cuerpo. “La biología humana aporta el mapa, cómo funciona el deseo, qué hormonas intervienen, qué estímulos activan el sistema nervioso, por qué ciertos sabores excitan y otros calman, cómo influyen el ritmo, la temperatura o la textura en el cuerpo. Sin ese conocimiento, el discurso se llena de mitos bonitos pero vacíos”, subraya. “La cocina, en cambio, es el lenguaje. Es la forma en la que esa biología se vuelve experiencia. Un ingrediente puede ser estimulante sobre el papel, pero mal tratado en la cocina pierde toda su fuerza. El fuego, el tiempo, la combinación de sabores, el orden de los platos… todo eso es coreografía sensorial. Y el deseo, como el buen sexo, también necesita ritmo y técnica”.

Pero para Rosquet hay un tercer elemento que suele olvidarse: la conciencia. “Saber de biología sin sensibilidad convierte el placer en laboratorio. Saber de cocina sin comprensión del cuerpo lo reduce a espectáculo. Cuando ambas se integran, la comida deja de ser alimento y se convierte en acto íntimo, en un diálogo directo con el sistema nervioso y la memoria emocional. Así que no es una elección. Este campo exige entender el cuerpo como territorio y la cocina como ritual. Porque el deseo no se explica solo, se provoca, se acompaña y se sirve en el cuerpo”.

Ingredientes inhibidores

Pero de la misma manera que hay recetas y ritos afrodisíacos, también la mesa puede ser, en cierto modo, inhibidora. “Realmente no existen alimentos malditos, pero sí formas de alimentarse que apagan la pulsión vital, y cuando esta cae, el erotismo la sigue”, señala Rosquet. “Estos alimentos que, sin ser enemigos del deseo, actúan como apagadores de la pulsión cuando se consumen de forma habitual o en exceso. No por moral, sino por fisiología y sensibilidad”.

Entre ellos, cita “el azúcar refinado provoca picos rápidos de glucosa y una liberación intensa de dopamina seguida de una caída brusca de energía. Ese vaivén genera cansancio, irritabilidad y desregulación hormonal. Además, favorece la inflamación y reduce la sensibilidad corporal. Un cuerpo inflamado y agotado busca calma, no encuentro”.

Y el alcohol, ¿inhibe o estimula?  “Es un depresor del sistema nervioso. A largo plazo disminuye la testosterona en hombres y altera el equilibrio hormonal en mujeres, además de afectar a la calidad de la erección, la lubricación y la respuesta orgásmica. Apaga la presencia y sustituye el deseo consciente por automatismo. Lo que ocurre es que, en dosis bajas, inhibe primero las áreas del cerebro encargadas del autocontrol y la censura. Esa ”desactivación del freno“ genera una sensación aparente de estimulación, mayor euforia, desinhibición social y sensación de seguridad. Personalmente recomendaría una o dos copas (como mucho) de vino en la velada, porque a medida que aumenta la cantidad, el efecto inhibidor se vuelve evidente, disminuyen la coordinación, la atención y los reflejos”.

En todo caso, los peores alimentos para estos propósitos están bien definidos: “Los ultraprocesados industriales ricos en grasas trans, aditivos y sal, saturan el sistema digestivo y alteran la microbiota intestinal, íntimamente ligada a la producción de serotonina. Menos serotonina implica peor estado de ánimo, menos bienestar y menor disposición al placer. El cuerpo se vuelve torpe, pesado y desconectado”.

La sensualidad de Al Andalus

En el volumen, Rosquet hace también un buen repaso de la gastronomía erótica a lo largo de la Historia. “Si hablamos de quién realmente supo del arte de la gastronomía erótica, me quedo con la civilización islámica que destacaban en muchos aspectos. En los palacios andalusíes, especialmente durante el Califato de Córdoba y en la Alhambra de Granada, los banquetes no eran solo comidas, eran rituales de placer y sensualidad”, subraya. “Los cocineros de las grandes casas combinaban sabores, aromas y texturas con intención, frutas frescas y secas como dátiles, granadas, higos y almendras, mezcladas con miel y agua de azahar, para estimular el paladar y suavizar el cuerpo. Especias como canela, clavo y azafrán, que liberaban aromas cálidos y excitantes, a veces espolvoreadas sobre arroces, carnes o dulces. Texturas contrastantes, como nueces crujientes sobre cremas suaves, que provocan un juego táctil en la boca y todo ello acompañado por conversaciones, música y perfumes, potenciando la experiencia sensorial completa. Cada banquete era un acto consciente, no solo se comía, sino que se provocaba el deseo, la memoria y la emoción. La gastronomía se convertía en un lenguaje erótico que unía cuerpo, mente y espíritu, algo que pocos pueblos en la historia lograron integrar con tanta sofisticación”.

Y entre sus personajes históricos preferidos, no tiene dudas: “Giacomo Casanova no solo fue un aventurero del amor, sino también un maestro del placer refinado: sabía cómo seducir con palabras, gestos, miradas… y, por supuesto, con la comida”, dice. “Casanova entendía que el erotismo no es solo sexual, es sensorial, psicológico y ritual. Sus banquetes eran sutiles juegos de estímulos, frutas jugosas, vinos aromáticos, chocolates y dulces exóticos se servían para despertar anticipación y deseo, siempre acompañados de conversación, música y un entorno cuidadosamente diseñado. Cada bocado era parte de la coreografía del encuentro, y él lo sabía. Lo que hace a Casanova tan inspirador para mí es que encarnaba la unión de la mente, el cuerpo y la sensibilidad, el erotismo estaba en cada gesto, en cada sabor, en cada mirada. No se trataba de exceso, sino de arte de provocar y disfrutar plenamente, algo que sigue siendo el corazón de Sabor y Pulsión”.

Expansión emocional

Por último, Rosquet habla de una dimensión espiritual de la gastronomía más allá de la carne. “Es quizá la dimensión más fascinante y menos comprendida de la gastronomía afrodisíaca, el placer espiritual que va más allá de la carne. Porque el deseo no es solo físico, surge de la armonía entre cuerpo, mente y emociones, y la comida puede ser un vehículo directo hacia esa conexión”, asevera. “En esta dimensión, los alimentos no solo nutren, sino que despiertan la conciencia del propio cuerpo y del momento presente, como un mindfulness. Un aroma, un sabor, una textura bien combinada pueden abrir la atención a sensaciones internas, recuerdos, emociones reprimidas o estados de calma y excitación que muchas veces ignoramos. Comer deja de ser un acto automático y se convierte en ritual, meditación y exploración sensorial. Por ejemplo, el azafrán, la miel o el cacao puro no solo activan químicos del placer, sino que, tomados con presencia, pueden generar un estado de expansión emocional y receptividad”.

“La combinación de colores, aromas y texturas prepara al cuerpo y a la mente, alineando los sentidos y creando un espacio donde el deseo puede florecer de manera consciente”, concluye. “El acto de compartir y servir los alimentos con atención, ritmo y delicadeza transforma el encuentro en un intercambio de energía, donde el placer deja de ser individual y se vuelve colectivo, casi ritual. En suma, esta dimensión espiritual nos recuerda que el erotismo y la sensualidad comienzan en la presencia, en la conciencia de sentir, antes de tocar o probar. La gastronomía afrodisíaca, en este sentido, es menos un ‘disparador químico’ y más un arte de abrirse a la experiencia del cuerpo y del deseo con todos los sentidos y con la mente despierta”.

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