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Repite, reitera, recalca, remarca

Pensar que el individuo es todopoderoso y que, a partir de su actuación individual, puede ayudar al planeta, al tercer mundo o auto-ayudarse a sí mismo, es tan moderno como engañoso

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¡Reacciona! Este es el ruego con el que culmina el eslogan de la última campaña por el reciclaje de la Generalitat: "Reduce, reutiliza, recicla, reacciona". La protagonizan un niño y una niña que muestran una gran preocupación por su futuro. ¿A quién se dirige esta petición? Parece que, por enésima vez, al consumidor. Ya no es simplemente el "librecomprador", el que ha hecho de su casa una república independiente, sino que, cada vez más, es considerado el único agente al que interpelan muchos de los que buscan un cambio social (campañas públicas, ONGs, programas de televisión ...)

Cuando se habla de telebasura, quien tiene el poder para acabar con ella es el espectador (el consumidor de televisión) con el mando. Cuando se trata del café o el chocolate, es el consumidor quien debe elegir las de comercio justo. Cuando la cuestión es la explotación, en países asiáticos, de productoras de ropa o juguetes, es, de nuevo, el consumidor quien debe buscar productos fabricados en el propio país, el mismo consumidor que debe mirar que el coltan de su móvil se haya obtenido, presuntamente, de forma lícita... Es este consumidor quien debe conocer sus derechos para poder reclamar todo lo que sea necesario cuando se retrasa una avión, un hotel no cumple las expectativas o la compañía telefónica ha cobrado una tarifa inadecuada.

Estas acciones tienen su importancia, y seguro que podemos afirmar que, en general, es mejor consumir productos ecológicos, de proximidad, sostenibles, ..., pero, en definitiva, sólo tiene sentido si tenemos en cuenta que todo el mundo tiene que consumir, y no sólo para sobrevivir, sino para disfrutar de la vida y desarrollarse plenamente, por lo que no podemos cargar las tintas sobre quien consume. El problema del consumo no es el consumidor, sino el consumismo. Es por ello que hay que abrir el foco del análisis, y lo haremos a partir de dos consideraciones básicas.

¿En primer lugar, es que quizás la economía se reduce al consumo? ¿Todos estos artículos que nuestro inagotable consumidor adquiere, aparecen mágicamente de la nada? ¿O bien han sido producidos, transportados, almacenados, vendidos y revendidos previamente? ¿La Generalitat no tiene nada que decir, pues, a las empresas que se dedican a estos procesos, indispensables para que el consumidor pueda llevar a cabo su parte? ¿Es que estas empresas no contaminan?

¿Es que no son ellas las que utilizan envolturas y adornos superfluos para distinguir sus productos de la competencia y hacerlos parecer más atractivos? ¿No son estas mismas empresas las que condenan a vidas de miseria a las trabajadoras de los países periféricos? ¿Y las que compran el famoso coltán a proveedores de dudosa legalidad, sabiendo que, seguramente, la extracción de ese mineral ha comportado el sufrimiento de muchas personas, especialmente mujeres? Si es así, será necesario que emprendamos acciones que van mucho más allá de nuestro papel como consumidores, entre otros, exigir que los parlamentos promulguen leyes contra estas prácticas y apliquen sanciones a estas empresas y a sus propietarios. Unas exigencias que enlazan con la siguiente reflexión.

¿En segundo lugar, el receptor de todos los mensajes que mencionábamos al inicio, aparte de ser consumidor, no es también ciudadano? ¿Y, como tal, no debería conocer sus derechos? ¿No los tendría que defender? Seguramente, no le haría falta llamar enfurecido a quien ocupa el escalón más bajo de la cadena comercial, exigiendo sus derechos como consumidor, si tuviera garantizados los derechos de ciudadanía. Posiblemente, todo el mundo tiene claro qué quiere decir ser consumidor. ¿Sin embargo, ser ciudadano, tenemos claro lo que significa? Seguramente no, por eso dejamos que nos traten como consumidores.

Si a todo ello añadimos los datos del paro y la renta, constataremos que, en un país como el nuestro, muchos de los consumidores no pueden elegir qué consumen. Una amplia franja de la sociedad, la que ocupa las capas económicamente más débiles, apenas si llega a consumir los mínimos para poder vivir con dignidad. Más aún, el consumo de este mínimos, lejos de estar garantizado para todos, conlleva un proceso de desposesión, a partir del pago del alquiler o la hipoteca, la factura del gas, de la luz, etc., que deja a las familias sin recursos. ¿Cómo podrán, pues, estos consumidores elegir si gastan o no un mayor porcentaje de sus ingresos en determinados productos, de forma social y económicamente más responsable?

Precisamente, si centramos la responsabilidad en el consumidor, estamos culpabilizando a este colectivo de personas que no puede tomar más decisiones, como consumidoras, que comprar los productos más asequibles, sin tener en cuenta cómo han sido producidos, su calidad o sus efectos sobre el planeta o sobre su propia salud. Y cometemos, aún, una doble injusticia si olvidamos que esta situación es fruto de los sueldos de miseria y las condiciones de trabajo precarias que ofrecen muchas empresas de nuestro país.

Finalmente, pensar que el individuo es todopoderoso y que, a partir de su actuación individual, puede ayudar al planeta, al tercer mundo o auto-ayudarse a sí mismo, es tan moderno como engañoso. Cualquier persona necesita a las demás. El ser humano es un ser social. Sospechemos, por tanto, de las campañas que nos hablan en singular y nos impulsan a actuar individualmente, ya que no hacen más que reforzar la falsa idea de que las soluciones a los problemas sociales son individuales. Además, nos cargan de una inútil culpabilidad, alejándonos así, cada vez más, de la acción conjunta que nos podría sacar del callejón sin salida. El niño y la niña del anuncio tienen motivos de preocupación con respecto a su futuro, pero, en vez de "reacciona", deberían decir "uníos", como lo hace un antiguo eslogan, en un implacable plural.

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